13 de August de 2012 00:02

Los arpistas en el Ecuador, una raza que se extingue

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Existen tan pocos arpistas en el país que, en Guayaquil, dos profesionales de este instrumento de 32 cuerdas están dando clases gratis.

Se trata del arpista ambateño Julio Víctor ‘Atahualpa’ Poalasín, quien hace 7 años vive en Guayaquil, y del chileno Ernesto Guerra, radicado hace 26. Trabajan por separado, apenas se conocen, pero tienen una angustia en común: temen que la práctica de esta herramienta musical desaparezca del mapa de Ecuador.

El arpa es un instrumento muy antiguo. Hasta aparece en la Biblia. En Génesis 4:21 se menciona que Jubal (parte de la octava generación después de Adán y Eva) fue “padre de todos los que tocan arpa y flauta”. En países como Venezuela, Perú, Paraguay e Irlanda es considerado “instrumento musical nacional”.

La historia cambia en Ecuador. El reconocido arpista ‘Atahualpa’ Poalasín, compositor de 69 temas, jamás había dado clases , pero dice que ahora se siente obligado. En sus más de 60 años de carrera, se había dedicado exclusivamente a sus conciertos. Se ha presentado en el Lincoln Center, en el Central Park , en el Cristal Palace de Nueva York (EE.UU.), en el Teatro Cultural de Milán (Italia), en el Teatro Mimon de Lauren (Suiza), entre otros.

Sin embargo, preocupado al observar pocos colegas nacionales en su oficio, acaba de empezar a enseñar lo que él llama su “saber”. “No hay que esconder nuestro saber, hay que compartirlo”, dice como quien se repite una lección de vida. Posee 80 años y 90 discos. Aprendió empíricamente.

En similar labor se halla el oriundo de Valparaíso (Chile) Ernesto Guerra, con 37 años de carrera. El nombre del programa, que lanzó hace algunas semanas, sintetiza perfectamente su misión: “Al rescate del arpa de América en Ecuador”.

Los miércoles y los viernes, en el Museo Nahím Isaías -espacio estatal que le prestó sus instalaciones- ofrece clases a cualquier persona interesada. Hasta el momento, 10 alumnos -de entre 13 y 36 años- se han inscrito. Son gratis. Dice que es una iniciativa altruista suya, que ningún auspiciante le paga por hacerlo.

“En las universidades y escuelas del país no se enseña el arpa, simplemente, porque no hay profesores”, analiza Guerra, de 51 años.

Otro factor que observa Guerra, que juega en contra de esta práctica, es el tamaño del instrumento. Un arpa puede llegar a tener hasta 110 cm de altura. No es de fácil transportación. Además, adquirir uno podría resultar costoso.

Poalasín tiene un taller donde confecciona arpas. Los precios van desde los USD 400 (los de madera de cedro) hasta los USD 1000 (los de madera palisandro). Este hombre, que en su infancia fue pastor de ovejas, cuenta que hace poco viajó a pueblos andinos y regaló algunas arpas a los moradores de esos sectores para que aprendan el instrumento.

“Cuando alguien viene a mi taller, lo trato muy bien. Le doy un vaso de cola, le enseño el instrumento, le regalo un disco mío para que se vaya contento”.

Pero vienen muy pocos. Dice que “cada 4 ó 6 meses” apenas vende uno de estos instrumentos que poseen seis octavas.

Tiene planeado lanzar una línea más económica -arpas que cuesten menos de USD 400- para que más personas aprendan.

‘Atahualpa’ Poalasín considera que interpretar un arpa no es nada sencillo debido a que este es un instrumento diatónico. “Es como un piano sin las teclas negras”, ejemplifica. Para lograr ese sonido del que carece, “hay que hacer los medios tonos a la fuerza”.

La Orquesta Sinfónica de Guayaquil, debido a que existen pocos arpistas nacionales, tuvo que importar a la rusa Tatiana Makayenko. La Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador hizo lo mismo: trajo al alemán Stefan Kûhne.

En el 2010, la Orquesta Filarmónica Juvenil de Guayaquil invitó a la paraguaya Teresita Sosa para que se uniera a un concierto. De paso, dio unos talleres.

Poalasín grabó DVD con las lecciones para aprender a tocar arpa y pueden ser adquiridos en su taller ubicado en las calles Argentina 3311 entre la Novena y Décima, sur de Guayaquil.

Recuerda que en su niñez ciertas serenatas se hacían con arpas.

El sonido que desprende el instrumento es tan sereno que, históricamente, se ha representado a los ángeles interpretando arpas.

Cuando Guerra y Poalasín piensan en más arpistas profesionales en el país, los cuentan y les sobran los dedos de las manos: los ambateños Gonzalo Castro, Mesías Carrera, Oliverio Muso y Jorge Eugenio, el riobambeño Segundo Bastidas, el cuencano Carlos Saquicela, los quiteños Jimmy Córdova (que recorre con su arpa restaurantes de La Mariscal) y Cecilia Mena. Pueden existir más. Ojalá. Si conocen más, avisen urgente, es especie amenazada.

El arpa

Es un instrumento milenario de 32 cuerdas de  nailon (pero mucho más gruesas que las de guitarra) y  seis octavas.  

En la Edad Media (V-XV d.C.) su práctica fue muy común, especialmente entre trovadores.  Sin embargo, en el Renacimiento (XVI y XVII) se abandonó su uso.

Un arpa se compone por una caja de resonancia, los clavijeros, los brazos, un pilar, una  cabeza, la  tabla de armonía, un pie y una cubeta.


La cantante islandesa Björk  suele emplear un  arpa acústica y eléctrica en su obra. Lo interpreta Zeena Parkins.

En ocasiones,  la enseñanza del arpa ha sido empleada como un medio terapéutico, pues desprende un sonido que  relaja tanto a quienes interpretan el instrumento como a quienes lo escuchan.  

La  música ecuatoriana  también se interpreta a través de las cuerdas de este instrumento milenario. Temas como como el pasillo El aguacate, el albazo  Pan de pinllo, el pasacalle Ambato tierra de flores, entre  otros.    


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