22 de julio de 2018 00:00

Culpable, Oh Sí - Miénteme Como Ahora

Luis Miguel, la serie producida por Netflix y la cadena estadounidense en español Telemundo, se desarrolló a la antigua, con capítulos semanales, 13 en total. El primero se emitió el 22 de abril y último, el 15 de julio.  Humberto Hinojosa se hizo cargo d

Luis Miguel, la serie producida por Netflix y la cadena estadounidense en español Telemundo, se desarrolló a la antigua, con capítulos semanales, 13 en total. El primero se emitió el 22 de abril y último, el 15 de julio. Humberto Hinojosa se hizo cargo de la dirección. El mexicano Diego Boneta interpretó a Luis Miguel de adulto.

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Juan Fernando Andrade*  (O)

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Dicen que lo único que no se puede cambiar es el paso del tiempo, pero Luis Miguel lo hizo, o por lo menos aceleró y potenció la velocidad de las cosas, la rebelión del pensamiento y la intensidad de las emociones. Hace solo una semana que se transmitió el último –por ahora– capítulo de su bioserie y es tanto lo que se ha dicho, comentado, escrito y compartido en estos días que resulta imposible creer que se haya producido en tan corto plazo. Por eso lo único que me queda es dar mi versión de los hechos. Aquí va.

Durante más de tres meses casi todas mis conversaciones empezaron con la misma pregunta: ¿estás viendo la serie de Luis Miguel? A mí no me pasó lo que al resto. Mi vida en redes sociales es prácticamente inexistente y no pude compartir el fenómeno con las cientos de miles de personas que reaccionaron a la serie desde el principio. Fui encontrando mis cómplices de uno en uno y el comienzo fue duro. Luego de un par de entusiastas hallaba solamente gente escéptica, separatista o que se hacía la desentendida.

En mi mundo, poblado en gran parte por seres que consumen música y libros y películas y series, hablar de Luis Miguel era hablar de lo prohibido, del vicio inconfesable en cualquier intimidad. Hasta yo comencé con reparos, vi el primer capítulo sin grandes esperanzas, por morbo, y quedé enganchado como cuando a uno lo flechan el amor o las drogas: das un paso y cuando regresas a mirar ya es demasiado tarde. De repente mis días eran todos iguales y la única forma de saber que había pasado una semana era ver el siguiente episodio apenas aparecía colgado en Netflix.

La infancia truncada pero también superdotada de un niño explotado, engañado, usado; la adolescencia asustada pero también excitada de un joven para el que las cosas solo funcionaban bajo las luces del escenario; los primeros años de un adulto desamparado que nunca podrá crecer del todo ni tener una vida plena porque le faltan piezas: todo ese horror, parecido al que menciona el Coronel Kurtz en ‘Apocalipsis Ahora’, humanizaron y aterrizaron a la figura de Luis Miguel hasta ponerla a la altura de nuestros ojos para poder llorar y cantar todos juntos.

Y el padre. Wow. Ovación de pie. Es muy cierto eso de que una historia es tan buena como su malo y uno de los argumentos que usé para convencer a gente de que se animara a ver la serie fue el siguiente: Luisito Rey está a la altura de Darth Vader. Es más, yo diría que es peor, porque al menos Vader encuentra su redención en los últimos suspiros eléctricos de su existencia, mientras que Rey agoniza y muere en una ebullición que corona su maldad. El actor español Óscar Jaenada, que se echa la serie al hombro acaso sin quererlo, me recordó al Daniel Day-Lewis de ‘Petróleo Sangriento’, siempre por encima del guion, de la cámara y de sí mismo, sobregirado, histérico, desatado entre la sobre-actuación y el ridículo y aún así capaz de sembrar en nosotros, en ti y en mí, un miedo verdadero.

Y la madre. Wow. La mayoría de gente tendría que escribir una biblia para decir lo que esa mujer, la actriz italiana Anna Favella, articula con una mirada. La mujer de su vida, sin duda. El gran amor de los que la conocimos en pantalla. Tú, la incondicional, la que no esperaba más que tener una vida medianamente normal con su familia y que en el camino, entre la violencia y el abuso y la humillación, perdió todo. Otro personaje jugado que caminó firme al borde del melodrama y supo lo mismo iluminarnos con su risa que cubrirnos con su llanto.

Pero lo más importante o sorprendente me pasó frente a la pantalla, en la vida real. Una amiga me contó que cuando era niña tenía un álbum de fotos de Luis Miguel, fotos que recortaba de revistas o periódicos o de donde fuera, que en la fecha del cumpleaños del cantante se reunía con otras amigas para cantarle y soplarle las velitas, y que ahora veía la serie cuando sus hijos estaban dormidos, acompañada por varias copas de vino. Un amigo que jura que solo ve series europeas y que se negaba a ver esta, empezó a averiguar por iniciativa propia los detalles de la “historia real” en videos de YouTube, vio decenas o cientos, y terminó tan intrigado que se puso al día con la serie en una jornada maratónica.

Una amiga me dijo que sus excompañeras de colegio están usando camisetas con la leyenda Odio a Luisito Rey y que están planeando un viaje a México para ver a Mickey en vivo. Una colega mexicana me dijo que Luis Miguel sabe dónde está su madre pero que sería mezquino revelarlo después de 30 años y en una serie; además, existe la teoría de que nunca lo ha hecho porque así, abandonado, resulta más atractivo para su público.

Después de horas de negociación y tragos mediante, una amiga a la que al final convencí de ver la serie me convenció a su vez de tener una velada con Luis Miguel: escuchamos los grandes éxitos, los duetos y después entramos en la madrugada con el disco ‘Romance entero’, porque sí, en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Y en otra madrugada, después de una fiesta embalada y rockera, terminé con un grupo de amigos en un restaurante de La Zona, cantando Luis Miguel mientras esperábamos que nos trajeran la comida, y la gente que estaba en las otras mesas empezó a cantar con nosotros.

La música, todo hay que decirlo, fue lo que más me costó. Crecí odiando a Luis Miguel con odio jarocho y por una razón muy sencilla: yo era baterista de una banda que tocaba grunge noventero, Nirvana, Pearl Jam, esa onda, pero a nuestros conciertos solo iban cuatro panas mientras que a los de otras bandas (menos talentosas, obvio) que tocaban Cuando calienta el sol o Será que no me amas iba todo el mundo, y con esto quiero decir todas las chicas que nos gustaban y con las que queríamos estar. Luis Miguel, hasta hace poco, fue mi enemigo musical y pensaba que nada, ni siquiera lo que pasara en la serie, podría cambiar eso, pero en aquel capítulo glorioso en el que termina grabando Miénteme con el corazón roto y lleno de whisky mis principios se trastocaron. Y aquí, una vez perdido todo rastro de dignidad, una confesión más: pensé que lo más divertido de escribir esto sería hacerlo mientras escuchaba las canciones de la serie, pero tuve que parar porque me ponía a cantar y no lograba escribir una sola palabra.

Como canta José José: esa noche entre tus brazos caí en la trampa. La serie me atrapó y poco o más bien nada me importa qué sea verdad o qué sea mentira. Yo prefiero esta vida de Luis Miguel aunque sea inventada porque todo lo que me hizo sentir fue legítimo. La creación necesita licencias para ser libre y nosotros necesitamos que esa libertad nos ampare. El gran show ha funcionado, Luis Miguel es relevante otra vez, sus canciones se reproducen por millones y sus últimos conciertos se llenan sea donde sea. El ‘Sol de México’ ha vuelto a la vida y eso es más de lo que puedo decir de mucha gente.

*Editor adjunto de la revista Mundo Diners

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