7 de julio de 2019 00:00

El cuerpo no da lo mismo

“Keanu Reeves es demasiado bueno para este mundo”, titula la prestigiosa The New Yorker.Foto: archivo AFP

“Keanu Reeves es demasiado bueno para este mundo”, titula la prestigiosa The New Yorker.Foto: archivo AFP

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Andrés Cárdenas M.
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Hasta el momento en el que escribo estas líneas, ya son 151 174 las personas que han puesto su firma en change.org para que Keanu Reeves sea escogido como el Personaje del Año en la revista Time.

Las últimas semanas su nombre ha llenado los medios de comunicación: por hacer la voz de Duke Caboom, un juguete motociclista en ‘Toy Story 4’, por el estreno de la tercera parte de la saga de acción John Wick, porque Marvel ha dicho que lo quiere en sus filas…

Algo que impulsó notablemente esta avalancha fue su entrevista con Stephen Colbert en la que, dentro de la frivolidad acostumbrada de un ‘talk-show’ nocturno, el entrevistador le pregunta qué cree que pasa cuando uno muere. Es una pregunta comprensible: en su última película todo el mundo quiere la muerte del protagonista porque este, a su vez, mató a un asesino.

Risas automáticas –artificiales– del público. A lo que Reeves, con la seriedad del mercenario que interpreta, responde: “Solo sé que aquellos que nos aman nos van a extrañar”. Quién sabe qué rostros pasan por su mente. Risas automáticas –esta vez equivocadas– del público. Ohhh –artificial– improvisado. Y un Colbert sin palabras, con otros rostros en su mente, al que solo se le ocurre estrechar la mano de su interlocutor.

Sin embargo, lo que más ha dado de qué hablar estas semanas ha sido otro tema, mucho más político, si se quiere. Los fans de Keanu Reeves se fijaron detenidamente en sus imágenes, como quien busca al fantasma que hace virales ciertas fotos. Y los fans encuentran. Pasa que Keanu no toca a las mujeres.

En una foto. Y en otra. Y en otra. Son dos o tres dedos que se dejan ver al costado de la chica –famosa o no– que logra tomarse una selfie con el actor. Si Keanu no consigue estar completamente separado del cuerpo de la otra persona, al menos abre sus dos manos y extiende un poco sus brazos por detrás de ella para que el manifiesto quede en evidencia: no hay contacto.

Las fotos circulan por redes sociales sin ninguna explicación. Pero las revistas ya dieron su veredicto. “Keanu Reeves es demasiado bueno para este mundo”, titula la prestigiosa The New Yorker. En otras lo llaman, una y otra vez, ‘The Respectful King’: el rey respetuoso.

El detalle de Keanu Reeves se encuentra en la estela de los eventos post - #MeToo, movimiento que sacó a la luz innumerables acusaciones de abuso sexual y de poder en todos los ambientes, especialmente en el mundo del espectáculo. Para unos, la decisión de Reeves es una medida coherente con el respeto del espacio físico que el otro merece. Para otros, es una muestra del puritanismo –muchas veces hipócrita– en el que nos ha sumergido una comprensión superficial del problema.

Incluso ha llevado a reacciones extrañas, como cuando las mismas personas que se quejan de los estereotipos masculinos que transmiten las historias de Disney compartan unos creativos dibujos en los que Keanu Reeves es el príncipe de todas las princesas.

Sin embargo, la decisión de no tocar a las mujeres en las fotos sigue allí, interpelando a la sociedad post-Weinstein: ¿Por qué asignamos una fuerte carga ética –en cualquier sentido– a esa decisión del actor? ¿Por qué el simple hecho de no posar la mano masculina en una espalda femenina ha generado tantas reacciones? ¿Qué pensamos sobre el comportamiento político de nuestro propio cuerpo?

En la última escena de la película ‘Matrix’ (1999) está Neo –el gran personaje de Keanu Reeves– en una cabina telefónica. Sabe que del otro lado, escuchándole, se encuentra quien gobierna ese mundo virtual en el que todos creemos ser libres. Neo tiene que salvarnos y ha empezado su batalla.

Dice: “Tú tienes miedo del cambio. Yo no conozco el futuro. No he venido hasta aquí para decirte cómo va a terminar todo esto. He venido hasta aquí para decirte cómo esto va a empezar”. Casi dos años atrás, en plena ebullición del caso Wenstein, cuando comenzaba esta reescritura del contrato social entre hombres y mujeres, Stephen Marche publicaba en The New York Times uno de los pocos textos que buscaban honestamente comprender la raíz –al menos algún hilo– del problema. No buscaba solo los espaldarazos digitales de un ecosistema polarizado.

Lo que detendrá el surgimiento de más y más #MeToo –dice– no son caminos tecnócratas que ven la solución en los sistemas, en las leyes, en las mejoras de salud. No queda otro camino –explica– que confrontarnos con la naturaleza del hombre: “Vamos a comenzar con la comprensión básica de que la masculinidad es un tema sobre el que merece la pena reflexionar”.

Una comprensión de nuestros problemas solo puede venir de una honesta reflexión sobre el hombre y lo que nos rodea. Sobre los impulsos y los estímulos. Sobre la biología y la cultura. Los depredadores sexuales –y también los simples microagresores– no vienen de otro planeta. Se alimentan de lo mismo que nosotros consumimos diariamente. Por eso esta vez ha sido viral Keanu Reeves. No por ‘Toy Story’ ni por Marvel; tampoco porque sea mejor o peor alejar las palmas de las manos de la espalda más cercana. ‘The Respectful King’ se ha hecho viral porque nos recuerda que no da lo mismo el espacio físico que cada uno ocupa. No da lo mismo lo que tocas. No da lo mismo lo que ves. Keanu Reeves nos recuerda que tenemos que repensar honestamente nuestro propio cuerpo.

 *Periodista y escritor

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