16 de junio de 2019 00:06

El cronista del Guayaquil 'underground'

Entre los escritos en prosa de Medardo Ángel Silva hay varias  crónicas. el 10 de junio se cumplieron 100 años de su muerte.

Entre los escritos en prosa de Medardo Ángel Silva hay varias crónicas. el 10 de junio se cumplieron 100 años de su muerte.

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Gabriel Flores
Gabriel Flores,  Redactor (O) gflores@elcomercio.com

Al final de sus años de adolescencia, Medardo Ángel Silva tenía claro que el Guayaquil de la segunda década del siglo XX estaba dividido en dos mundos: El del día; que le parecía odioso, lleno de vulgaridades y cuerpos sudorosos, y el de la noche; donde las cosas feas se fundían con el aleteo de la brisa y en donde la gente reposada buscaba otros matices y aromas.

Este último, el de la urbe que duerme y que trasnocha, fue el mundo que se dedicó a retratar en las crónicas que escribió entre 1917 y 1919 y que fueron publicadas en diario El Telégrafo y en revistas como La Ilustración y Patria.

Crónicas que con el paso del tiempo fueron anuladas por el mito del “niño precoz” de la literatura ecuatoriana que leía en francés.

Entre esos textos están La tristeza del burdel, Fumadero de Opio, La urbe que duerme y que trasnocha y Campaña antituberculosa, textos que tienen como escenario prostíbulos, fumaderos y calles pobladas de barrigas con hambre y rostros carcomidos por enfermedades innombrables.

Las crónicas de Silva, que eran firmadas con el seudónimo de Jean d’Agreve -que corresponde al nombre de un célebre escritor francés del siglo XIX- estaban destinadas a la lectura de un público en particular, como aclara en la dedicatoria que sirve de preámbulo de La ciudad nocturna. “A la hipocresía de las gentes serias, a la ignorancia de los buenos, al pudor de los tartufos, a la piedad mentida de los hombres formales: a todas las falsas virtudes y a todos los vicios enmascarados, dedico esta crónica infame, triste, como el vicio y como la noche”.

Sus crónicas, que no tienen nada que envidiar a las que escribía el argentino Roberto Arlt sobre Buenos Aires por la misma época, también dan cuenta de su inagotable riqueza cultural y de su estatus de lector poseso, que tenía entre sus referentes a escritores franceses como Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé.

Todo contado a través de un lenguaje sin adornos estilísticos que ayudan a una lectura fluida, donde a veces aparecen diálogos, pequeños textos literarios y juegos entre un narrador omnisciente y otros en primera persona.

Silva, como los buenos cronistas de todos los tiempos, se incluye en el relato cuando sabe que su presencia es un aporte necesario a la lectura. Llama la atención su habilidad para la descripción de escenas, pequeñas piezas narrativas llenas de belleza literaria. En Fumadero de Opio, por ejemplo, escribe: “El corredor es largo y oscuro. Huele a humedad, a tumba. Sobre las cabezas de los visitantes hilan sus telas frágiles las arañas silenciosas. Se oye el caer pesado de las cucarachas y el ruido áspero con que rasguñan las paredes. No estará lejos la viscosa salamanquesa; por ahí debe andar el escorpión, hijo de la humedad y la sombra”.

Através de sus crónicas, Silva también muestra el afecto que tenía por el cine. Entre esos textos está El paisaje en el cine o En la penumbra del cinema, donde escribe que su amor a la penumbra lo hace habitué al cinema y confiesa, sin empacho, que le encantan los filmes graciosos y sencillos de Max Linder, Charles Chaplin y Rigadin.

En ‘Medardo Ángel Silva. Crónicas y otros escritos’, Carlos Calderón Chico sostiene que Jean d’Agreve se refugia en la crónica como única forma de responder más directamente a sus detractores. “Comienza a cuestionar -dice- a una sociedad vacía, mojigata, cicatera, que no comprende y valora la creación intelectual, principalmente de sus poetas”.

Entre los textos compilados por Calderón Chico también hay un par de crónicas donde narra historias sucedidas en Quito. En Un drama de la alta sociedad quiteña cuenta la historia de una obstetra que es obligada por parte de un ‘caballero’ de abolengo de la ciudad a realizar un parto clandestino. En la entrada del texto cita a Alejandro Dumas y a Ponson du Terrail para referirse al espanto que le ha producido esta tragedia por pocos contada.

Los intereses periodísticos de Silva también encontraron buen puerto en la crónica de viajes. Uno de sus mejores textos lleva por nombre Un viaje a Vinces (Andanzas de Jean d’Agreve). En la descripción de los paisajes que narra se juntan lo mejor de su vena poética y su capacidad para crear imágenes nítidas y verosímiles para el lector.

En su travesía por el río Vinces dice: “Por allá, en el límite del horizonte violeta, se alza, lívida, la luna, la inmensa luna de la media noche, que se mece, globo de ópalo, triste, alargando sobre las aguas sonoras de los ríos zizagueantes la sombra florida de los árboles y de la delgadez viperina de las palmeras”.

La lectura de estas crónicas, fuera de revistas y periódicos, recién fue posible en 1966, cuando Abel Romero Castillo publicó las obras completas de Silva, donde además se reunieron artículos de temas literarios y sus comentarios de libros recientes, como los textos que les dedica a Humberto Fierro y Arturo Borja.

La prosa de Silva siempre estuvo atravesada por el interés que sentía por lo que estaba pasando a su alrededor. A más de los franceses y de Rubén Darío leía con atención lo que se publicaba en el país. Sostenía que existe una juventud rebelde pronta a aceptar toda improvisación “y empeñada a exponer lo que el exquisito Jiménez llama desdeñosamente afán de necesarias novedades”.

Conocer la prosa de este autor es, como dice Calderón Chico, una forma de romper con la visión sesgada y el encasillamiento erróneo que este y otros autores han tenido en relación a su producción literaria. Silva y su lírica son parte de las entrañas de la literatura y la música popular pero su prosa, potente y descarnada, también está ahí esperando a ser leída, comentada y revalorizada.

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