16 de junio de 2019 00:00

‘Crédito social’: ¿quién es bueno o malo en China?

El reconocimiento facial mediante cámaras desplegadas en espacios públicos es parte del sistema que evalúa a los ciudadanos chinos. Se aplica desde mayo del 2018. Foto: AFP

El reconocimiento facial mediante cámaras desplegadas en espacios públicos es parte del sistema que evalúa a los ciudadanos chinos. Se aplica desde mayo del 2018. Foto: AFP

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Pedro Maldonado
Editor (I)

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Una política de seguridad se basa en nuevas tecnologías para calificar a los ciudadanos. Lo aterrador es que no se necesita el permiso de las personas. 

China, el gigante asiático que se alista para convertirse en la primera economía del planeta en la siguiente década, está usando tecnologías como el big data o el reconocimiento facial para calificar a sus 1 300 millones de habitantes.

Hasta mayo pasado, 23 millones de chinos ya integraban una lista de ‘malos ciudadanos’, llamados deshonestos e indignos por sus propios compatriotas.

Esta evaluación lleva el nombre de crédito social. Se trata de un sistema que califica toda actividad y comportamiento de los habitantes de China. Se examina todo: la situación financiera de la persona, los hábitos de consumo, la profesión, el comportamiento en redes sociales, etc.

Por ejemplo, si un chino compra cerveza o cigarrillos su puntuación baja, pero si halaga al Partido Comunista en redes sociales o dona sangre, su puntaje de crédito social mejora. “Respeto las normas de tránsito, si no lo hiciera perdería puntos” dice -en un reportaje de France24- Xiao Wen Wang, una madre, esposa y trabajadora china, consciente de que es vigilada permanentemente.

El crédito social tiene la venia de las máximas autoridades del país. Con este modelo, los ‘buenos’ ciudadanos acceden a descuentos en servicios, como el transporte público o acceso a museos y bibliotecas. Pero las personas con un bajo puntaje sufren una suerte de discriminación: no pueden obtener un crédito bancario ni montar una empresa; tampoco se les permite inscribir a sus hijos en una escuela privada.

La máxima calificación es 950 puntos y las voces a favor de esta política aseguran que es por el bien del país. “Utilizando el big data, este sistema jugará un papel importante en la reconstrucción moral de la sociedad”, dice -a la misma cadena francesa- Lin Junyue, diseñador y defensor del modelo de crédito social.

En la recolección de datos para elaborar los perfiles de ‘buenos o malos’ ciudadanos no solo interviene el Estado. Los bancos y las empresas privadas también colaboran con información, que puede ser considerada privada, pero que de todas maneras se utiliza. Correos electrónicos, interacciones en redes sociales, uso de servicios financieros, entre otros, son los espacios en donde se obtiene la data que sirve para evaluar a la gente.

El reconocimiento facial es uno de los puntos medulares en este sistema de medición social que levanta polémica a escala global. Esta tecnología, que supera toda ciencia ficción (de hecho hay quienes la califican como ‘orwelliana’ por su similitud con ciertos pasajes de la novela distópica ‘1984’) permite identificar a las personas por su rostro. Es básicamente un escaneo constante de las caras de cientos de miles de personas, mientras están en la calle o cuando realizan algún trámite en una ventanilla pública o privada.

Este sistema ya se utiliza en la actualidad para desbloquear teléfonos celulares, retirar dinero en cajeros de bancos, pagar en diferentes establecimientos, realizar controles en aeropuertos o identificar a sospechosos en eventos multitudinarios como conciertos o encuentros deportivos.

En Singapur, por ejemplo, el servicio de transporte público quiere implantar el pago con reconocimiento facial para evitar el uso de tarjetas o billetes de metro. El sistema identificará a 60 personas por minuto, frente a las 40 personas por minuto que permite el tradicional pago con tarjeta. Esto, sin duda, aceleraría el tránsito de pasajeros. Pero también se convertiría en un sistema de búsqueda de ciudadanos.

Para que el reconocimiento facial sea posible se requiere de todo un entramado tecnológico que incluye tecnología 3D. Pero más allá de la parte ‘tech’, lo que preocupa es el alcance de estos avances en nombre de la seguridad.

Lo aterrador del sistema, aseguran los expertos, es que no requiere permiso ni cooperación del individuo al que se ha aplicado. Allí entran todos los ciudadanos que pasan frente a una cámara en la calle, en un banco o en un estadio.

Está claro que los gobiernos y las empresas tienen nuestros datos personales, conocen nuestros hábitos de consumo y nuestros contactos. Guardan nuestras huellas dactilares y ahora nuestros rostros están en sus manos.

¿Queda algo que no sepan?

La pregunta nos la hacemos a diario y en todo el mundo. San Francisco, tierra de libertades civiles, se convirtió en mayo pasado en la primera ciudad en Estados Unidos en prohibir el uso de la tecnología de reconocimiento facial. Otras ciudades, como Oakland y Berkeley, en el estado de California, y Somerville, en Massachusetts, también consideran permitir o no la vigilancia facial por parte de las autoridades.

“La tecnología de reconocimiento facial no es ni buena ni mala, es una herramienta. La cuestión está en el uso que hagas de esa herramienta”, subraya en El País de España Luis Baumela, profesor del departamento de inteligencia artificial de la Universidad Politécnica de Madrid.

Mientras los debates continúan en distintas esferas y con diferentes actores, los negocios a partir de la tecnología de reconocimiento facial avanzan con cifras elevadas. Mientras que en el 2017 este mercado alcanzó los USD 1 400 millones, se espera que este año la cifra ascienda a 1 900 millones, según el sitio de estadísticas Statista. Además se calcula un crecimiento sostenido hasta llegar a los USD 3 100 millones en el 2022.

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