21 de junio de 2020 00:00

El covid-19 puso un freno al nómada de este siglo

Moverse de un lado a otro forma parte de la naturaleza humana.

Imagen referencial. Moverse de un lado a otro forma parte de la naturaleza humana. Foto: Pixabay

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María Carvajal
Redactora (I)

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La literatura, la filosofía y la poesía están llenos de referencias a la capacidad y el deseo innatos del ser humano a estar en movimiento. En su libro ‘Walk­scapes, el andar como marcha estética’, el arquitecto y urbanista italiano Francesco Careri propone como razón de ser del diseño urbano, precisamente, el hecho de que “la historia de los orígenes de la humanidad es la historia del andar”. Con más argumentos que la frase de autoayuda ‘la felicidad no es el fin, sino el camino’, el escritor y paisajista estadounidense John Brinckerhoff Jackson escribió: “Las carreteras ya no nos llevan solamente a unos lugares, sino que son lugares”.

Pero no solo es cuestión de retórica sino de ciencia. El paleontólogo estadounidense Donald Johanson recuerda, en una entrevista al diario español La Vanguardia, que la raza humana tiene un fuerte componente de cazador y recolector.

Este científico, que en 1974 encontró los restos fósiles del Australopithecus afare luego bautizado como Lucy, una homínido hembra que vivió hace unos 3,2 millones de años, explica que todavía hay en nuestro ADN mucho de este antepasado, que se movía de un lugar a otro en busca de medios para subsistir. La agricultura, que fue el preámbulo de la vida sedentaria, apenas tiene 12 000 años de antigüedad.

Hoy, pocos pueblos son reconocidos como nómadas en el estricto sentido de la palabra: estar en un lugar solo por un período transitorio y no echar raíces. Entre ellos están los Ghilji (Afganistán y Paquistán), los Nukak (Colombia) los Esquimales (Polo Norte), los Tuareg (Argelia, Níger, Mali, Burkina Faso y Libia) y los Sarakatsani (los Balcanes). También están los Himbas (Namibia) y ciertos grupos entre los pueblos no contactados de la Amazonía.

Pero los avances tecnológicos relacionados con las facilidades para transportarse y el auge de las comunicaciones han dado origen a lo que varios autores han coincidido en llamar ‘nómada del siglo XXI’, ese individuo que tiene al traslado constante como un estilo de vida, ya sea por razones de turismo, de negocios o de estudios. Y no hay que olvidar las grandes movilizaciones humanas que migran huyendo del hambre o la violencia en sus países.

Visto desde el lado de los ingresos, la Organización Mundial de Turismo (OMT) reportó que en el 2018 el movimiento de viajeros generó el equivalente a USD 5 000 millones por día, más de 8 800 veces el Producto Interno Bruto (PIB) ecuatoriano. En el otro polo del espectro, la Organización de Naciones Unidas (ONU) informó que en el planeta había, hasta el año pasado, 272 millones de personas en situación de migración, alojadas en su mayoría en Europa (82 millones) y América del Norte (59 millones). Son 51 millones más que en el 2010, y se vuelven el eco más triste de titulares tan desastrosos como la crisis financiera global de finales de la década pasada, los conflictos en Oriente Medio y África o el drama humanitario en Venezuela, solo para mencionar algunos.

A inicios del 2020 se vaticinaban prometedores resultados para el turismo por el aumento de viajeros por motivos de placer o profesionales. Nadie contaba con la hecatombe causada con la irrupción del covid-19, que llegó para quedarse. A lo mejor las fotos de una torre Eiffel -en Francia, el país más visitado del mundo- desnuda de turistas pueden convertirse en el ícono de lo difícil que será recuperar el esplendor de vuelos a tope, hospedajes con ocupación completa y miles de nómadas globalizados planificando su próximo viaje.

La apuesta, según la mayoría de foros de operadores turísticos, debe ser, al menos por ahora, apostar por turismo sostenible, basado en las facilidades tecnológicas, para evitar grandes aglomeraciones, y que moverse no sea un deporte de riesgo.

Y en un momento donde ya se ha llegado a hablar de depresión económica global, la posibilidad de vuelos con aforo reducido implicaría un incremento de costos, que dejará fuera de las posibilidades de muchos el deseo de ver el mundo en vivo y en directo. ¿La alternativa? Turismo interno y de distancias cortas, por lo menos mientras pase el peligro.

¿Y qué decir del lado de los que se volvieron nómadas y tuvieron que desarraigarse porque no les quedó otro remedio? La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) se muestra muy poco optimista. La expiración de visas y de permisos de residencia, sumada a la pérdida de empleos y falta de recursos, abre la puerta para millones de deportaciones. A más de un gobierno le ha sonado razonable la idea de solicitar ‘pasaportes de inmunidad’.

Las condiciones en los países de destino, endurecidas a causa de la emergencia sanitaria, favorecen el nacionalismo exacerbado que promueve la estigmatización y la xenofobia. Y a pesar de las difíciles situaciones en sus puntos de origen, más de uno se lo pensará varias veces antes de emigrar del campo a la ciudad, o del tercer al primer mundo, porque tienen muchas más posibilidades de terminar desempeñando los trabajos que más los exponen al nuevo coronavirus.

Pero la humanidad seguirá buscando formas de moverse, está en sus genes y es parte de su evolución. Los aventureros y ejecutivos volverán paulatinamente a montarse con sus mochilas y sus portafolios a un vuelo. La población en países desarrollados seguirá envejeciendo y, con o sin vacuna contra el covid-19, necesitará mano de obra calificada para que la cuide. Pasada la crisis, seguirá la necesidad de mano de obra barata para trabajos que los locales no quieren hacer. Y no olvidemos que aún nos espera una gran ola de migración por los efectos del cambio climático...

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