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El señor de los ladrillos del Carchi

Luego que se fabrican las unidades se dejan secar bien para luego meterlas en el horno de leña y aserrín. Foto: JosÉ Mafla / EL COMERCIO

Luego que se fabrican las unidades se dejan secar bien para luego meterlas en el horno de leña y aserrín. Foto: JosÉ Mafla / EL COMERCIO

El ladrillo es una arcilla compacta de origen natural cocida al fuego. Antiguamente había ladrillos de tipo mambrón que se fabricaban en hornos artesanales a base de aserrín y a 700 grados centígrados. Pero ahora ya se elaboran con maquinaria especializada.

En ese tema, Luis Pantoja es un experto. Desde cuando tenía 12 años se dedica a la labor de fabricar este material que es, aún, muy utilizado en Carchi. Su producción es de 2 000 ladrillos diarios.

Un canchón de tierra que tiene una cubierta de zinc sostenida con palos de caña es su fábrica. Se ubica en la vía de regreso de Rumichaca, en Tulcán. Allí se almacenan los ladrillos que ya están listos para la venta y cuya manufactura requiere un proceso que no es complicado, pero sí metódico.

Pantoja cuenta que la pasión por los ladrillos es una herencia. Sus papás también se dedicaban a la labor. “Este trabajo implica esfuerzo y dedicación”.

Para la preparación se combinan la tierra negra, la arcilla y la arena. Luego se coloca la mezcla en la máquina, que se encarga de prensar y fusionar la tierra.

En esta máquina mismo se cortan las piezas. Tienen una medida estándar: 15x30 x 8 cm.

El material, añade Pantoja, se deja un cierto tiempo en reposo para que obtenga consistencia uniforme y se puedan fabricar ladrillos con el tamaño y la consistencia que se desean.

“Se deja que repose expuesto a los elementos para que desprenda terrones y disuelva nódulos, así como que se deshaga de las materias orgánicas que pueda contener y se torne puro para su manipulación en la fabricación”.

Cuando ya están secas, se procede a meterlas al horno. Este es el proceso más largo.

El horno se llena en la tarde del segundo día. Una vez que concluye este trabajo, se escoge la leña que pasará prendida durante 48 horas seguidas. La persona encargada de esta tarea no podrá dormir, porque el fuego no puede menguar ni siquiera un momento.

Una vez prendida la leña es hora de sentarse y relajarse un poco. “Hay que esperar a que estén bien cocidos los ladrillos para sacarlos y, luego, venderlos”.

El almacenamiento es un punto importante, porque debe ser en un lugar que los proteja de los elementos como el agua, el sol excesivo o la humedad extrema, que podrían mermar su calidad. Además, debe permitir el fácil traslado de las piezas.

El color del ladrillo depende de la proporción de óxido de hierro que contienen las arcillas, de la temperatura de cocción y la calidad de la tierra.
Si bien los tradicionales macizos, nacidos de la cocción a 700 °C del adobe de arcilla, se siguen usando, también hay los jaboncillos (más chicos) y los mambrones (más grandes que el común), también. Pero los perforados, estriados y huecos se adueñan de más construcciones.

En promedio, en el taller de Pantoja trabajan tres personas para fabricar 2 000 ladrillos.