26 de mayo de 2019 00:38

Un conflicto que no rima con globalización

Varios análisis apuntan a que los aranceles a productos chinos son una estrategia política de Donald Trump.

Varios análisis apuntan a que los aranceles a productos chinos son una estrategia política de Donald Trump.

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María Carvajal

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Los portales web más especializados podrían usar millones de megabytes redactando explicaciones y posibles resultados respecto a una guerra comercial entre EE.UU. y China. Pero una de las preguntas frecuentes respondidas en la página de noticias My Daily Dose (Mi dosis diaria), refleja la que por ahora parece ser la mayor preocupación de los que no tienen tiempo para demasiados análisis económicos: “¿afectará todo esto a las compras en Amazon?”.

No es una inquietud en el aire. La cadena BBC consultó esta semana a la asociación de Distribuidores y Minoristas de Calzado de EE.UU. (FDRA, por sus siglas en inglés), y esta prevé que si el presidente Donald Trump continúa imponiendo aranceles a los productos chinos, un par de zapatos de allá podría costar hasta un 37,3% más. Y el efecto cascada hacia quienes compramos desde otros países en el mercado estadounidense se torna prácticamente incalculable.

Casi al final de la segunda década del siglo XXI no estamos hablando de aranceles que afectan solo a productores o granjeros, y en última instancia a la estabilidad de gobiernos, como pasó en 1963, si rebuscamos un poco en la historia contemporánea.

En ese entonces, el salto a la producción industrial de pollo en Estados Unidos no hizo mucha gracia a Francia y Alemania, que todavía estaban recuperándose de la Segunda Guerra Mundial, y de pronto vieron inundados sus mercados con carne de esta ave proveniente de Norteamérica a muy bajo costo. Por eso le impusieron aranceles, a lo que Washington respondió con la misma medida a la importación de productos muy importantes para la balanza comercial de esas dos naciones europeas, como brandy y camionetas.

Hoy vivimos en una sociedad metida de lleno en el fenómeno de la globalización, donde ningún hecho queda aislado y no solo afecta a una o dos naciones. Una integración que, según reconoce la misma ONU, “ha cobrado velocidad de forma espectacular debido a los avances sin precedentes en la tecnología, las comunicaciones, la ciencia, el transporte y la industria”.

Pero a la luz de los hechos, esta alta velocidad de la era de los microchips y la inteligencia artificial no llega a la capacidad de resolver diferendos como este, con mil y un aristas, que más de un pesimista ve como una seria amenaza al actual orden global.

Si Apple presenta un nuevo modelo de teléfono inteligente en septiembre, pocos meses después Samsung y Huawei -actualmente parte de la polémica- hacen lo propio para no quedarse atrás;en cambio, determinar si Donald Trump infringe las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) con sus decisiones pudiera tomar años, y obtener una disposición vinculante que lo haga dar un giro incluso mucho más tiempo.

Las advertencias de los efectos de una confrontación comercial de estas dos grandes potencias no faltan desde los más altos niveles. Por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya advirtió que el panorama actual hace peligrar la recuperación económica mundial prevista para la segunda mitad de 2019.

Sin embargo, al momento ninguno de estos dos organismos va más allá. Ignacio Bartesaghi, director del Departamento de Negocios Internacionales e Integración de la Universidad Católica de Uruguay, dijo en estos días a la cadena CNN que “la OMC no está siendo eficiente”, pero que es una realidad que se viene discutiendo desde hace ya muchos años.

Solo para poner un ejemplo, también histórico, está la Batalla de las Bananas de 1993, cuando la Unión Europea (entonces Comunidad Económica Europea), impuso fuertes aranceles sobre el banano proveniente de Latinoamérica, para favorecer las importaciones de la fruta desde sus colonias en África y el Caribe. Compañías estadounidenses con fuertes inversiones latinoamericanas en el sector interpusieron ocho diferentes reclamos frente a la OMC, que permanecieron activos hasta 2012.

Ante las posibilidades de fricción entre dos de sus miembros, esta institución ofrece en su sitio oficial dos soluciones: negociar reglas aceptables para todos o determinar si los países respetan las reglas convenidas. Pero sus mecanismos, y sobre todo sus tiempos, no parecen adaptarse a un escenario muy distinto al de la creación en 1948 de su antecesor, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).

Ahora no faltan quienes ya hablan de un proceso de ‘des-globalización’ del comercio internacional, que no solo responde a la actual guerra comercial sino al panorama político en el que el proteccionismo y los movimientos nacionalistas toman fuerza, sobre todo en el Viejo Continente. Pero también hay voces como la del director del China Development Institute, Fan Gang, que afirman que la globalización continuará.

¿La razón? Fan proyecta que las multinacionales de los países desarrollados -base de todo el proceso- seguirán explorando mercados en naciones con ingresos bajos y medios, que, mirando el ejemplo de su país y de India, continuarán en la búsqueda de atraer inversión extranjera.

El desenlace de los actuales acontecimientos no es fácil de predecir. Pero el mundo comercial globalizado continúa moviéndose a una velocidad de transmisión de datos 5G, un ritmo muy distinto al de los que vigilan que las normas de convivencia internacional se respeten. Y esta disparidad, en sí, ya representa un problema para todos.

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