31 de agosto de 2019 00:00

La comunidad Lisan Wasi atrapa con sus paisajes al turista

El tradicional maito hecho con pescado es uno de los platos que se sirve a los visitantes de la comunidad.  Fotos: Cortesía Lisin Wasi, Municipio de Pastaza y Glenda Giacometti / El Comercio

El tradicional maito hecho con pescado es uno de los platos que se sirve a los visitantes de la comunidad. Fotos: Cortesía Lisin Wasi, Municipio de Pastaza y Glenda Giacometti / El Comercio

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Modesto Moreta

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Los turistas que llegan a la comunidad Lisan Wasi se sorprenden. Cuando se adentran en la espesa selva amazónica, un paisaje rodeado de mucha vegetación y rutas ecológicas quedan al descubierto.

Esa es la principal riqueza natural que protegen las 32 familias que habitan este asentamiento kichwa.

Este proyecto turístico comunitario y ambientalista se inició hace siete años con el cuidado de 30 hectáreas de bosque, que se extienden a lo largo de la orilla del río Puyo.

Este recurso es aprovechado por los lugareños para que los visitantes amplíen sus conocimientos. A ellos les explican para qué sirve cada área y como trabajan en la protección del bosque y el río. Además, sobre el uso de las plantas medicinales de la selva.

Para llegar a este sitio hay que desplazarse en vehículo desde Puyo por la carretera asfaltada con dirección a Macas. En el kilómetro 16 se debe girar a la derecha. Dos kilómetros más adentro está este centro poblado que se levanta cerca del afluente de aguas diáfanas propicias para pasear en una canoa o bañarse.

Hay que atravesar un puente colgante de más de 150 metros y caminar por un estrecho sendero. El pueblo está escondido en medio de la selva. Las cigarras y el canto de las aves acompañan al turista.

Luz Vargas teje las hojas de paja toquilla y coloca como un cintillo a los turistas, como una muestra de hospitalidad

Luz Vargas teje las hojas de paja toquilla y coloca como un cintillo a los turistas, como una muestra de hospitalidad


En la comunidad, un mono Chorongo, un sajino y una lora, las mascotas del emprendimiento, sorprende a un grupo de visitantes que llegó de Quito. Los animales se desenvuelven libres por las cabañas.

Henry Vargas, uno de los guías nativos, da la bienvenida con un pilche lleno con chica de yuca. Luego de unas breves indicaciones, para que no se separen, los conduce por un sendero de árboles gigantes y frondosos.

Yair Flores y sus amigos caminaron a buen ritmo. En el trayecto Vargas muestra algunos árboles medicinales, como la sangre de grado que sirve para curar las heridas. Si hay suerte en la caminata por la selva virgen -advierte Vargas- ‘podremos avistar guantas, loros, monos y otras especies’.

Este trayecto dura 30 minutos. Al retorno, en una de las cabañas de la pequeña aldea los recibe Luz Vargas.

Las casas dispersas están edificadas con madera, chonta y paja toquilla.

La joven viste un atuendo color azul y tiene pintada la cara con figuras y líneas. La mujer indígena es experta en el wituk (pintar la cara). Aprendió este arte hace cinco años con ayuda de sus primas y en las fiestas ancestrales que se realizan en las comunidades indígenas. “La pintura se usa en un evento importante de la comunidad, un matrimonio, bautizo…”.

Con achiote y una fina madera da forma a figuras rectangulares, en las que representa una boa, los animales de la selva y el río. Explica que cuando dibuja una boa en el rostro de las autoridades representa el poderío de la persona. “Es interesante conocer la cultura de nuestros pueblos, hay mucho que aprender”, asegura Flores.

En el centro de la vivienda, sin ventanas, el fuego está encendido. Ahí se prepara el maito y se ofrece a sus invitados.

Vargas los prepara con pescado como la tilapia, la carachama y el bagre. El único ingrediente que agrega es sal y los envuelve en hojas de platanillo para asarlos en el carbón. Luego de unos 15 minutos están listos y se sirven acompañados con yuca cocinada, chica de yuca o de chonta.

En la comuna Lisan Wasi el ritual de la guayusa se practica todos los días, durante el amanecer, en las viviendas kichwas de la comunidad.

Los turistas y la familia de Vargas se reúnen alrededor del fogón, que es atizado con leña. Antes de beber el líquido de color café oscuro cuentan sus sueños. “Mis abuelos realizan esta práctica, porque es una forma de interpretar los sueños que pueden revelar accidentes”.

En el lugar también funciona un centro artesanal donde los visitantes pueden confeccionar sus argollas y collares con semillas de la selva.

La comunidad ofrece alojamiento en cuatro cabañas para hospedar a 18 personas. El costo es de USD 15 por persona, por cada noche.

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