19 de agosto de 2018 00:00

Colombia y el incierto cambio naranja de Duque

El presidente de Colombia, Iván Duque, tiene convicciones interesantes que pudieran pintar de naranja los años de su naciente administración. Foto: EFE

El presidente de Colombia, Iván Duque, tiene convicciones interesantes que pudieran pintar de naranja los años de su naciente administración. Foto: EFE

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Carlos Rojas

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En la política, a Iván Duque le ha tocado ser el número 2. Es el segundo presidente más joven que ha elegido Colombia y, a sus 42 años, el segundo con menor edad en América Latina (el costarricense Carlos Alvarado Quesada cumplió 38).

Después de Juan Manuel Santos, Duque también es el segundo presidente que Álvaro Uribe pone en la Casa de Nariño y, tal como se proyecta el estilo de su liderazgo, será el segundo uribista en gobernar con mano firme un país que se acostumbró a reeditar sus conflictos.

No hay nada de extraño en reconocer lo recursivo que es el caudillismo en su afán por volverse indispensable. Y en Colombia quedó demostrado que Uribe acabó, en el 2002, con la zona de confort del bipartidismo para convertirse, 16 años después, en la piedra angular del sistema político-electoral de un país que hacía alarde de una democracia juiciosa y formal.

Esta radiografía quizás importe poco a millones de personas que votaron por un joven tecnócrata, bien preparado y con una hoja de vida de recorrido internacional, que incluye dos posgrados en EE.UU., seis libros de su autoría y servicios prestados en la CAF, el BID y las Naciones Unidas. Pero que supo seguir el discurso implacable y sin concesiones contra el terrorismo, la inseguridad y el narcotráfico, que su mentor ha mantenido con una coherencia indiscutible durante casi dos décadas.

Los más desencantados con el proceso que vive Colombia aseguran que la Presidencia de todas maneras iba a ser para Duque o para ‘el que diga Uribe’, pues los contrapesos causaron un excesivo temor como el izquierdismo de Gustavo Petro, o fueron muy tibios como la tercera vía con la que Sergio Fajardo quiso entusiasmar. La polarización no fue vencida.

Sin embargo, serán Duque y sus circunstancias las que marquen el destino de un gobierno que tiene en sus manos la posibilidad de iniciar el relevo generacional que la política y la administración pública requieren para limpiar a Colombia de la corrupción y la violencia. Para esos menesteres, al flamante presidente le sobran atributos.

No es un político ducho en el día a día, pero en la campaña estructuró conceptos solventes. Uno de los principales aportes de Duque fue plantear un salto que vaya más allá de los modelos primario exportador y de una poderosa industria nacional que ha puesto a Colombia como la cuarta economía latinoamericana, según las mediciones del FMI, pero que ya exhibe niveles de agotamiento.

Por eso, la economía naranja que el candidato pregonó dejará de ser un eslogan de campaña para convertirse en una política de gobierno que entusiasme a los jóvenes, su creatividad y emprendimiento.

Colombia, como país emergente, calza bien en esta suerte de laboratorio de oportunidades infinitas que Duque quiere desarrollar, para que artesanos, diseñadores, músicos, publicistas, los genios de software, los escritores o los fanáticos de la moda pongan de cabeza a la pirámide productiva y se genere nueva riqueza.

Si la teoría que con tanto entusiasmo afinó durante sus años de consultor se vuelve realidad, el nuevo Gobierno podría romper, a punta de inversión en capacidades y talentos, uno de los grandes escollos que hacen de América Latina un continente poco democrático y profundamente desigual. Los primeros días de un presidente son para permitirse soñar.

En el campo del pensamiento y la reflexión intelectual, la idea de una economía de bienes y servicios creativos todavía no está acabada, pero los resultados empíricos sorprenden.

Entre el 2002 y el 2011, la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo asegura que las ramas que pudieran agruparse en el membrete de lo naranja crecieron en el 134% y que su producción, al no provenir de los ‘commodities’ como el petróleo, el café o el carbón, no tienen los choques volátiles que vuelven ricos y derrochadores a los Estados que los regulan o pobres y conflictivos cuando el ‘boom’ llega a su fin.

Colombia ha despuntado en las últimas décadas como una industria cultural cuando la fuerza de Venezuela, sus telenovelas y ‘misses’, sucumbieron al oscurantismo chavista, al tiempo que México reinventa sus estereotipos. Por lo tanto, hay camino recorrido para imaginar una potencia que incluya económicamente a millones de personas y emprendimientos.

La promesa está dada, lo importante es ver cuánto de ella ocupará el tiempo de un Duque al que le llegan problemas de todas partes y donde las soluciones que ha prometido, lamentablemente, no son de color naranja.

El desempeño escénico del joven Presidente y las frases de su discurso cuasi militarista son iguales a los de hace 16 años. La gran apuesta por erradicar las casi 200 000 hectáreas de cultivos ilícitos tiene una receta antigua y controversial: las fumigaciones aéreas. Sí, aquella receta que, por ejemplo, obligó a la empresa Monsanto a pagar una multa millonaria en EE.UU. por las secuelas de cáncer que causó a un jardinero el uso del glifosato.

Por acciones como estas en el campo colombiano, el conflicto social puede adquirir dimensiones inesperadas, más aún si la decisión por replantear los Acuerdos de Paz con las FARC y las negociaciones pendientes con el ELN implica la prelación de la lógica militar por encima del diálogo firme, el consenso y las oportunidades para los más necesitados.

En ese espacio, lidiar con Álvaro Uribe se convertirá el desafío más importante de un presidente que querrá escribir su historia con un bolígrafo propio.

Uribe, como dueño de la tendencia y como el político más popular de su país, es un dirigente terco y audaz. Tenerlo como el principal consejero nunca será una buena idea. Pero mantenerlo a distancia puede significarle una crisis de gobernabilidad peligrosa, pues hay medio país que aún cree que el uribismo es la receta para darle a Colombia, como reza su escudo nacional, Libertad y Orden.

Duque tiene en sus manos a un país grande y conflictivo y como vecino, a un dictador venezolano con el que decidió romper de un tajo, sin medir todavía las consecuencias geopolíticas que ello pudiera ocasionar si la bomba estalla en Caracas.

La carrera política de Duque no tiene todo el kilometraje, por esa fatal condición de ser el número 2. Sin embargo en él hay convicciones interesantes que pudieran pintar de naranja los años de su naciente administración.

* Periodista de Ecuavisa y Vistazo

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