24 de marzo de 2019 00:00

La clave de la democracia está en buscar la igualdad

Miles de personas acudieron este mes a una protesta contra el cambio climático en Bergen, Noruega. La población suele participar activamente en los temas de interés público. FOTO:  Marit Hommedal / Efe

Miles de personas acudieron este mes a una protesta contra el cambio climático en Bergen, Noruega. La población suele participar activamente en los temas de interés público. FOTO: Marit Hommedal / Efe

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César Augusto Sosa
Macroeditor
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Noruega encabeza la lista de países más democráticos. También es primero en desarrollo humano y es uno de los países más felices del mundo.

En la década de 1960, las diferencias entre Ecuador y Noruega no eran muy grandes, al menos en tamaño y estructura de sus economías. El país nórdico tenía un PIB de USD 5 200 millones; el de Ecuador llegaba a 1 800 millones.

En ambos casos se trataba de países pobres, básicamente agrícolas, sin mayor desarrollo de industrias.

Después de la Segunda Guerra Mundial (1945), Noruega era un país de campesinos, un país rural y casi sin industria, relata Rut Krüger Giverin, embajadora de Noruega en México. “Fuimos un país bastante pobre; no había aristócratas ni mucha diferencia entre clases sociales. Todos empezaron igual: en una base de relativa pobreza, pero de igualdad”, dijo a la revista Newsweek México, el 4 de marzo pasado.

Noruega era considerado el vecino pobre de los países escandinavos debido a que su fuerza productiva radicaba en pastores y pescadores. Pero su historia cambió radicalmente con el descubrimiento del petróleo, como también sucedió en Ecuador a inicios de 1970.

En ambos casos, las grandes petroleras extranjeras estaban de gira mundial en busca del oro negro y tuvieron éxito. En el caso de Noruega encontraron grandes yacimientos en el mar del Norte, en 1965. El Estado noruego comenzó a tener una mayor participación en la renta petrolera, al igual que en Ecuador. La economía cambió en ambos países, pero la visión política y social fue diferente.

Noruega y Ecuador tomaron caminos diferentes. En la actualidad, el país escandinavo es un referente global de la democracia moderna, donde el Estado de Bienestar funciona y las desigualdades prácticamente han desaparecido.

Entre los países más desarrollados del planeta, Noruega ocupa el primer lugar, según el Índice de Desarrollo Humano, elaborado por Naciones Unidas. Si se ajusta este índice por desigualdad, también ocupa el primer lugar, lo que le convierte en un país exitoso para brindar a sus ciudadanos condiciones de vida óptima en cuanto a salud, educación y capacidad económica. Ecuador está en el puesto 86 según este índice.

Estos indicadores, sin embargo, solo miden dimensiones objetivas del bienestar. Por eso, desde el 2012 se realiza el ranking de la felicidad, también auspiciado por Naciones Unidas, que recoge temas subjetivos como el apoyo social recibido cuando algo sale mal, la libertad para poder elegir sobre la propia vida, y las percepciones de corrupción y generosidad que hay en la sociedad.

Este ranking se publicó el miércoles 20 de marzo pasado y Noruega fue tercero entre 156 países. Ecuador quedó en el puesto 50.

Con posiciones estelares en la mayoría de rankings mundiales, no sorprende que Noruega también lidere la lista de los países más democráticos del mundo, elaborado por The Economist Intelligence Unit.

En la edición 2018, Noruega obtuvo un puntaje de 9,87 sobre 10 y los siguientes puestos quedaron para otros países nórdicos. 20 de los 167 países evaluados son considerados democracias plenas. Ecuador ocupó el puesto 68 en la tabla global y 14 en el latinoamericano. Ese puntaje lo convierte en un país con una democracia defectuosa, principalmente por los bajos puntajes en dos de las cinco categorías que se miden: cultura política y funcionamiento del Gobierno.

El Índice de la Democracia consta de cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política. Según The Economist Intelligence Unit, una cultura política democrática es crucial para la legitimidad, el buen funcionamiento y, en última instancia, la sostenibilidad de la democracia. “Una cultura de pasividad y apatía, una ciudadanía obediente y dócil no es consistente con la democracia... Las democracias florecen cuando los ciudadanos están dispuestos a participar en el debate público, elegir representantes y unirse a partidos políticos. Sin esta participación amplia y sostenida, la democracia comienza a marchitarse y convertirse en un dominio exclusivo de grupos pequeños y selectos”.

En Noruega, los políticos son percibidos como bienintencionados, sanos y honestos, sin importar su color partidario. De ahí que hay confianza en las instituciones, porque la gente siente que funcionan.

Para la embajadora Giverin, el Estado de bienestar en Noruega se basó en el exitoso manejo de los ingresos petroleros desde 1970, pero también en consensos políticos para consolidar un modelo social igualitario. De hecho, la igualdad es una palabra recurrente cuando se evalúa a Noruega.

Y uno de los elementos principales de la igualdad y el bienestar es el principio de universalidad en las prestaciones sociales del Estado, que son para todos y de alta calidad, lo que facilita que las personas estén dispuestas a pagar impuestos, los cuales son redistribuidos con el objetivo de buscar más igualdad, en salarios, género y protección social.

La receta para conseguir una democracia plena no hay que inventarla. Basta regresar a ver lo que han venido haciendo por décadas Noruega y los países nórdicos, donde los acuerdos políticos tienen como eje la igualdad, la redistribución de los impuestos y el uso eficiente de los recursos públicos, lo cual implica cero tolerancia a la corrupción.

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