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La memoria es una forma de fantasía para Héctor Abad Faciolince

Los actores Nicolás Reyes Cano (izq.) y Javier Cámara en una escena de la película 'El olvido que seremos'. Foto: cortesía Eurocine

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince publicó ‘El olvido que seremos’ 19 años después de un atentado que le quitó la vida a su padre, el médico salubrista Héctor Abad Gómez. La obra fue adaptada para la gran pantalla como un largometraje dirigido por el español Fernando Trueba, con Javier Cámara como protagonista.

Como el libro, la cinta la vida de este destacado médico y activista por los derechos humanos en un Medellín polarizado y violento de los años 70, desde la mirada íntima de su hijo. La cinta se estrenó a finales de septiembre en Netflix y después de ganar cinco premios Platino, incluyendo Mejor largometraje iberoamericano, este domingo 31 de octubre a las 19:30 se proyecta en el marco del Eurocine 2021 en la pantalla grande del cine Ochoymedio en Quito.

El autor de la obra literario habló con este diario sobre el proceso de escritura y su adaptación al cine.

¿Qué le impidió contarnos esta historia durante tanto tiempo hasta que finalmente llegó en forma de un relato muy íntimo y humanista?

El impedimento era yo mismo, porque no era capaz de hacerlo. Las cosas llegan a su debido tiempo o no llegan nunca. Digamos que es una historia que ha tenido un recorrido lento. Fueron 20 años para hacer el libro otros 15 para hacer la película, hace cinco también se hizo un documental. Esos son los tiempos humanos y psicológicos para poder prepararme para escribirla estando menos conmovido y para que hubiera una cierta cantidad de lectores que permitieran que el libro fuera leído también por Fernando Trueba y le gustara como para que decidiera hacer la película.

¿Qué fue lo que le motivó a trabajar en esta adaptación al cine?

Mi amigo y productor Gonzalo Córdova venía insistiendo desde hace años en hacer una película basada en el libro. Pensaba que era una cuestión que tenía más que ver con la amistad que nos une, pero insistió tanto que terminé por creerle y le conté que había conocido a un director español que me había caído muy bien al que quería proponer para encargarse de hacer la película.

¿Qué tanto se involucró en la producción?

Nada. La única prerrogativa que me había reservado era aprobar el guion y una vez hecho eso era convertirme en un hombre invisible.

¿Qué tan buen paisa resultó ser Javier Cámara, interpretando a Héctor Abad Gómez?

Él ya había estado grabando un episodio para ‘Narcos’ en Colombia, mucho antes de que exista la idea de la película. Cuando Trueba supo que Cámara iba a rodar en Colombia le dio de regalo mi libro para que entienda mejor el país. El actor que tenía buen oído había estado adaptándose a la manera de hablar de los colombianos. Mi hija, que hizo un documental, tenía muchas grabaciones de mi papá con programas de radio y cartas que nos enviaba grabadas en casete y Javier se dedicó a estudiarlo y a imitarlo y creo que el paisa de mi padre se le da muy bien.

Hay una frase en libro que dice: la memoria es un espejo opaco y vuelto añicos. ¿Cree que el ejercicio literario puede ser un antídoto para el olvido que seremos?

Tengo muy mala memoria y por eso siempre llevo una libreta para apuntar cosas. Creo que escribo como una forma de usar mi mala memoria como una ficción. Creo que la mala memoria a veces se va transformando en lo que otras personas llaman fantasía. Mis fantasías son el intento de recordar algo que se hace recuerdo de otra manera.

¿Cree en la justicia, aunque sea poética?

Creo que a veces pasa y siempre debemos intentarlo. Más que en la justicia, creo en la verdad porque la verdad pueda hacer justicia.

Hay rankings que califican a los países por su grado de felicidad ¿Cree que una emoción así puede cuantificarse?

La felicidad está un poco sobrevalorada. La felicidad es como la tristeza afortunadamente, dos sensaciones que se dan de un modo muy agudo en momentos determinados. Son como el orgasmo, que se siente fuertemente y luego pasa. Mi papá que buscaba oponerse al malestar de las personas decía que el objetivo del médico salubrista no era brindar la felicidad sino el bienestar, que permita la felicidad ocasional que a veces ocurre. Si no hay bienestar es difícil que ocurran esos momentos de efímera felicidad.

¿Es posible quererse demasiado, como quería el doctor Héctor Abad a su hijo?

Me gusta que otras personas me quieran porque me acostumbre a eso desde niño. Mis hermanas, mi madre y padre me acostumbraron a estar rodeado de querencia. Es una mala costumbre porque si uno la pierde se siente como un niño abandonado y huérfano. Si uno no ha experimentado la sensación de querer a otras personas tampoco se da cuenta de lo valioso que es que lo quieran a uno.

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