25 de agosto de 2019 00:00

Un cementerio de cometas junto al Parque Itchimbía

Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas  terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Diego Pallero

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En parques o zonas despejadas, el vuelo de cometas es una de las actividades más practicadas durante el verano. Muchas de ellas se elevan por los aires a alturas impensables, ayudadas de los fuertes vientos de la temporada y gracias a la destreza de sus planeadores. Pero no todas logran el objetivo de mantenerse en el cielo y se precipitan a tierra. Solo algunas retornan para un nuevo intento.

Carrizos, unos metros de piola, papeles coloridos, pegante; plásticos con dibujos de figuras animadas o cualquier material con el que hayan sido elaboradas las colas terminan atrapados entre cables del servicio eléctrico, postes, ramas de árboles o techos de casas aledañas al parque Itchimbía, uno de los más concurridos de Quito a la hora de volar cometas.

En este ensayo fotográfico se muestran los restos de lo que un día fue el mejor juguete y la alegría infantil de las vacaciones.

Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas  terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO
Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas  terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO
Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas  terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO
Cada verano el cielo de Quito se cubre de cometas, que danzan al ritmo del viento. Pero muchas  terminan atrapadas y rotas entre cables, postes y árboles. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO
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