6 de mayo de 2018 00:00

El capitalismo y su mayor crítico siguen vigentes  

A propósito del Día del Trabajo, en Moscú, uno de los manifestantes aparece disfrazado de Karl Marx. Foto: AFP

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Juan Falconí Morales* (O)

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Ayer se cumplieron 200 años del nacimiento de Carlos Marx. Vino al mundo en Treveris, en la futura Alemania, el 5 de mayo de 1818, y murió el 14 de marzo de 1883, en Londres. Coincidencialmente, el mismo año en el que nacía John Maynard Keynes (1883-1946), economista inglés que cuestionaría el enfoque clásico de Adam Smith y David Ricardo, objeto esencial de la crítica marxista.

Los clásicos pretendían dar cuenta de la nueva organización económica y social que precipitó la primera revolución industrial. Una organización que basaba su funcionamiento y su reproducción en el intercambio generalizado de mercancías, según las leyes de mercado y el supuesto de su reproductibilidad sin restricciones. Un enfoque “grandioso”, de la que se juzgaba era la sociedad de la competencia perfecta.

Los clásicos asumían que el valor estaba determinado por el trabajo; los posteriores neoclásicos, por la utilidad, perspectiva subjetiva, menos conflictiva. Marx confrontó el enfoque clásico, en particular el ricardiano, que propondría una aproximación “científica” a la economía del capital. Entre otros, sus ‘Principios de la Economía Política y Tributación’, de 1817, pretendían, según Marx, dar cuenta de la reproducción material de los hombres, la más importante en la sociedad capitalista.

La importancia de este reconocimiento a Ricardo se debe -como se conoce- a que Marx asumiría en ‘El Capital. Crítica de la economía política’ (1867), que es en la esfera de la producción capitalista donde se encuentra una mercancía especial, la fuerza de trabajo, que tiene la cualidad de producir más valor -la plusvalía- . De ésta se apropiarían los dueños de los medios de producción, base de su enfoque económico y político.

Una lectura detenida de la ‘Riqueza de las Naciones’ y de los ‘Principios de la Economía Política’ dejaría ver, sin embargo, que este tema ya fue planteado por Smith, Ricardo y Mill. Smith, incluso, fue más radical en esta lógica, pero todos prefirieron llevar el análisis hacia la esfera de la repartición, lo que complejizó la tarea de Marx para “demostrar” la existencia de la plusvalía y de la explotación.

Parecería que los clásicos no dieron, en efecto, frontal cuenta de sus “descubrimientos”, que finalmente podían también llevarlos al estudio del plusvalor. La lucha de clases, que Marx concebiría como el motor de la historia, quedó asimismo planteada en los escritos clásicos originales: “los obreros llegan a acuerdos para pedir lo más, los empresarios para dar lo menos”, rezaban sus textos, que llegarían (¿inexplicablemente?) a su punto álgido cuando Ricardo concluye que la “distribución es el principal problema de la economía política”. ¿Ya, desde entonces, lucha de clases?

El intercambio, según Marx, escondía la explotación y cualquier “equilibrio” era solo aparente. El “grandioso” sistema del capital llevaría consigo las causas de su autodestrucción. En la sociedad del capital la extracción del excedente se da por la vía de la relación salarial y no por la fuerza, como en el feudalismo: el desequilibrio capitalista sería desvelado y por ello era lícita la lucha política por la reivindicación de la clase obrera.

La autonomización de lo económico y la transformación de la sociedad en sociedad de mercado (más el progreso técnico), hizo que desde Smith fueran abandonadas las viejas concepciones que alojaban al hombre en algún repliegue de la naturaleza. En la nueva sociedad, en la que los hombres eran los “rectores” de su propia reproducción, “el hombre no puede lograr nada si primeramente no ha comprendido que solamente debe contar consigo mismo”, como diría el filósofo Jean Paul Sartre en otro contexto.

Esto explica, pues, con lógica, hacer del trabajo el fundamento del valor -y no de la utilidad-, lo que con claros objetivos políticos fue asumido por Karl Marx, desdoblándose además las categorías trabajo y fuerza de trabajo.

Su visión económica -que critica la economía política y sobre esa base el sistema en su conjunto- tenía sentido, pues la sociedad capitalista es un espacio que se autonomiza en el mercado, en la economía. No es a través de la crítica a la filosofía que se puede abonar al cambio del sistema sino precisamente en la crítica a la economía: es la actividad, según Marx, más importante de las actividades humanas en el capitalismo.

En todo este tiempo el capitalismo se ha consolidado junto a un desarrollo tecnológico inimaginable en tiempos pasados. Su autodestrucción no se ha evidenciado, aunque sí los fuertes desequilibrios y las desigualdades. Las condiciones en las que vivió Marx eran muy diferentes a las de la sociedad actual: ahora se trataría de comprender que el mercado no es un fin en sí mismo sino un medio para precipitar estadios superiores de organización social, si se siguen reglas y regulaciones apropiadas.

Hay ejemplos de sociedades que lo han logrado, aunque no es, definitivamente, general. Se sostiene que esta premonición sobre la inequidad del sistema daría razón al filósofo alemán y a futuras “reivindicaciones”. Sin embargo, las proyecciones del marxismo derivaron, cosa curiosa, en la formación de estructuras sociales y económicas en las cuales la libertad y la eficiencia resultaron las grandes sacrificadas. Sobre todo las libertades.

Sin jamás relegar la segunda, los marxistas, por vías diversas, se han apropiado, a pretexto del “cambio” -esa ha sido la experiencia- de ese único activo inalienable de los hombres. Tampoco afirmamos que la opción contraria no lo habría hecho: lo que sí es claro es que nada justifica autoritarismo alguno ni esa condena por un supuesto bienestar y desarrollo. ¡Las libertades son demasiado valiosas!

Las mutaciones económicas de las sociedades descentralizadas han sido poco entendidas en círculos marxistas. Un largo camino por recorrer tendrían los “alumnos” de Marx, que en todos estos 200 años han recurrido a prácticas esencialmente antidemocráticas y cuestionables.

Avanzar sin alienación alguna y con dignidad y libertades es tarea pendiente. Posible, claro. Con integridad de criterio. En 200 años muchos atropellos han estado y están vigentes, incluso bajo formas más distorsionadas. En nuestra región los ejemplos sobran, antes y ahora.

Se impone el abandono del discurso “de aldea”, entendiendo que los derechos provienen de la justicia y de la moral. Y, por supuesto, del conocimiento. Adelante.

*Doctor en Economía; profesor de la UDLA.

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