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El campesino montuvio se proyecta en el gallo de pelea

Francisco Jiménez, de 79 años, cría a 10 de estos animales en la parroquia Tarifa.

Francisco Jiménez, de 79 años, cría a 10 de estos animales en la parroquia Tarifa.

Francisco Jiménez, de 79 años, cría a 10 de estos animales en la parroquia Tarifa. Foto: Wladimir Torres/ El COMERCIO

El gallero literario más famoso es un oficial en retiro que desfallece de hambre junto a su anciana esposa, en espera de una pensión que nunca llega, en la novela ‘El coronel no tiene quien le escriba’, de Gabriel García Márquez. Y que prefiere en lugar de vender a su único gallo de pelea, llevarlo a un combate y apostar por él, a sabiendas de que pueden perderlo todo -incluso el gallo- si el animal es vencido.

Ese estoicismo y fatalidad han hecho legendarios a los galleros. Las peleas, introducidas en América por los conquistadores españoles, se extienden actualmente por América Latina desde México hasta Chile.

En la historia del Nobel de Literatura colombiano el juego de las peleas -afición y deporte tradicional para unos; crueldad animal, para otros- representa una suerte de rebeldía ante la adversidad. Los montuvios de la Costa ecuatoriana le han imprimido su propia personalidad a la tradición.

El gallo es una representación del propio montuvio -la comparación consta en decenas de amorfinos y en la tradición oral- como si el campesino mismo fuera el que entrará al redondel del ruedo o al coliseo, según reconoce Francisco Jiménez, gallero de 79 años. “El gallo saca la cara por mí”, dice.

Seguidores de la tradición gallística de diversos cantones de las provincias del Guayas y de Manabí se reunieron el pasado fin de semana en el cantón Samborondón, que este año fue sede de la quinta Feria Regional Montuvia, en una fiesta de integración de las manifestaciones campesinas.

Las peleas se desarrollaron bajo una carpa de circo levantada en el estadio municipal, como uno de los eventos de la feria organizada por el Municipio de Samborondón.

“Es emocionante venir con el gallo a hacerlo pelear, y triunfar a su vez. Los gallos representan una afición para nosotros los campesinos, los montuvios”, dijo Jiménez, quien vive en la parroquia Tarifa, de Samborondón.

La emoción también radica en las apuestas, desde decenas a cientos de dólares al ganador. “Más sentimos la muerte del gallo que lo que se pierde en plata”, comenta Johnny García, un cuidador de gallos.

Los combates de ocho minutos pueden terminar en empate (tablas) o con uno de los animales muerto o herido (se les coloca espuelas de carey). Hay aves que huyen al estar heridos en cuyo caso significa una pérdida del combate.

La cría de las aves, que tienen líneas (o linajes) provenientes de países como Puerto Rico, República Dominicana, Colombia o Perú toma unos 10 meses antes de la primera lucha. Previo a eso se los entrena con las espuelas tapadas para medir su habilidad.

La vida útil en la arena es de unos cinco años. Jiménez cuenta que tuvo un gallo excepcional , un oscuro Giro Ciego que alcanzó 21 peleas, a pesar de que primero quedó tuerto y luego semiciego.

Hay varios tipos de galleros. Los aficionados, los apostadores o criadores, dice Oscar Macías, un criador de 43 años, de Santa Ana (Manabí). Él tiene 150 animales y vende los gallos adultos desde los USD 100. “Un Cholo Rojo que ganó 14 peleas, cuyos hijos también resultaron ganadores, ahora es un reproductor. Los gallos de éxito pueden venderse hasta en USD 2 000”.

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