24 de mayo de 2018 10:48

Buena Vista Social Club elevó su 'adiós' en la Casa de la Cultura Ecuatoriana

En el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la orquesta Buena Vista Social Club se despidió de los escenarios ecuatorianos. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

En el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la orquesta Buena Vista Social Club se despidió de los escenarios ecuatorianos. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

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Karol Noroña

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Hay canciones que no mueren nunca. La historia las despoja de la posesión autorial y el letrista concede su música al mundo. Adagios que encajan en las glorias de La Habana, como es el caso de Buena Vista Social Club, esa orquesta que hizo de Cuba una tierra de sonidos.

No sorprende que la leyenda viva del son cubano haya escogido a la Mitad del Mundo como última escala para decirle ‘adiós’ a los escenarios. Con auditorio lleno, la Casa de la Cultura Ecuatoriana abrazó el recital final de la agrupación ayer, 24 de mayo del 2018.

A las 20:00, el Ágora abrió su telón para recibir cantante ecuatoriano Carlos Grijalva. La voz del quiteño repasó uno de los pasillos emblemas del compositor mexicano Guty Cárdenas: Dile a tus ojos.

Después de un sentido aplauso del público, el cantante cerró su presentación con El Tronquero, una oda a la música montuvia. Grijalva dejó listos a los capitalinos inquietos para recibir a los Buena Vista.

A las 20:40, las primeras tonadas de Rolando Luna poblaron el escenario. Dos minutos a la merced de un piano solitario que llevó a la vida a Como siento yo, melodía que protagoniza el álbum ‘Lost and Found’, interpretada por Rubén González, uno de los grandes pianistas de Cuba y fundador de la agrupación.

Liderados por Barbarito Torres, el laúd más imponente de La Habana, la orquesta se incorporó y la velada dancística arrancó con Bodas de oro y Rincón caliente, canción de Manuel ‘Guajiro’ Mirabal.

“Que sin la libertad yo no puedo vivir” entonaba la voz de Carlos Calunga. A la par, la masa quiteña dejaba sus asientos y levantaba sus brazos extasiados. Aficionados y profesionales comenzaron el ritual guajiro: con pie a media punta, las extensiones elevaban pañoletas blancas; otros danzantes mantenían sus ojos cerrados, quizá recordando el momento en que Ibrahim Ferrer daba vida a Bruca Maniguá.

La Casa de la Cultura se quedó corta cuando El carretero marcó el ingreso de Eliades Ochoa. Con guitarra en mano, sombrero firme e indumentaria negra, el maestro complació al público que pedía Píntate los labios María. La canción encendió aún más a los bailarines improvisados, que no se sentaron más a pedido de la orquesta.

Para Ochoa, la magia de la música cubana es la trascendencia, ese ‘no se qué’ que habita en su comunión sonora. No sabe si es el ron sin hielo, el ambiente costero de la isla, la persistencia del sol o los vestigios de la revolución. Pero la fórmula es infalible: el son que divierte el alma y la guajira que transporta al siglo XX, a la danza de las mujeres y hombres anónimos de guayabera y zapatos de charol que edificaron el patrimonio musical de Cuba.

Apacible y a paso lento, la ‘diva’ de Cuba se acercó al escenario. Una ‘bata’ naranja resaltaba a lo lejos y una pañoleta del mismo color develó su rostro. Entonces, al público llegó el silencio.

“Sufro la inmensa pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida y lloro sin que sepas que el llanto mío tiene lágrimas negras”, cantaba Omara Portuondo. Los años le pesan a la cantante: su voz resquebrajada y una técnica inabarcable dan fe de la experiencia. Ahora, es más sutil, pero mantiene su interpretación humilde y sentida.

Le siguió otra estocada. El público coreaba Veinte años mientras su voz cansada dotaba de más emotividad a la pieza. Las lágrimas despidieron a la ‘diva’ después de su canto en Bésame mucho y Quizás, quizás.

A las 21:50, se visionaba el final. Barbarito Torres saltó a la escena y demostró sus dotes con el laúd. Mientras Calunga sostenía el instrumento, las manos de Torres lo tocaban por atrás. De frente al público, su interpretación fue impecable.

“Se volvió loco Barbarito, hay que ingresarlo”, dijo Ochoa en su regreso a la escena para demostrar que la agrupación está “mejor que nunca”.

En la pantalla central aparecía la imagen de Ibrahim Ferrer en homenaje a su legado. Después, el álbum monumental de Buena Vista protagonizó la sala. El laúd de Torres inició Chan Chan. “De Alto Cedro voy para Marcané. Llego a Cueto voy para Mayarí” resonó en el Ágora, repleta de coros. En el escenario, el lugar de Compay Segundo estaba presente. Su habano y panamá regresaron después de 15 años de su muerte. La historia de Juanita y Chan Chan que Compay escribió después de haberla soñado, se convirtió en la canción emblema de Buena Vista, emblema del mundo.

Hacia el final de la melodía, el sentimiento afloró en las congas de Ángel Terry. Cogiendo respiro, Ochoa culminó el recital con El cuarto de tula e Ideana Valdés presentó a los músicos que completan la orquesta Rolando Luna en el piano, Gastón Joya en el contrabajo, Andrés Coyao en el bongo, Filiberto Sánchez en el timbal, Swami Junior en la guitarra y dirección musical y las trompetas de Roberto García y su pupilo, Harold Madrigal.

¡Otra, otra! gritaba la masa porque había una canción que faltaba para cerrar el ciclo. La agrupación regresó y su ‘adiós’ lo firmaron con Candela. Ecuador quedó satisfecho.

Más que mutar a una elegía musical, el ‘Adiós Tour’ elevó una oda a la historia de Buena Vista Social Club, la que retrata la edad de oro de la música cubana, su decadencia, el renacimiento y su permanencia. Un hasta pronto al son cubano que nació con las glorias de La Habana.

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