12 de agosto de 2018 00:00

Una biblioteca es un lugar único e irreemplazable

La futurista Biblioteca Tianjin Binhai, China. Tiene un 1 200 000 ejemplares. Fue inau­gurada el 1 de octu­bre del 2017.

La futurista Biblioteca Tianjin Binhai, China. Tiene un 1 200 000 ejemplares. Fue inau­gurada el 1 de octu­bre del 2017.

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Ivonne Guzmán

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Hay ideas absurdas, que más que ira provocan risa; hay ideas malas, que hacen que se empiecen a prender las alertas; hay ideas pésimas, a las que se les ven las costuras por todos lados y se delatan indeseables e impracticables; y hay ideas que son absurdas, malas, pésimas, en fin, abominables (sí, todos estos adjetivos para una sola idea) como la que a finales del mes pasado esbozó en una columna de opinión en Forbes el profesor de Economía Panos Mourdoukoutas: que Amazon reemplace a las bibliotecas públicas de Estados Unidos, para que los contribuyentes dejen de pagar impuestos por ese concepto.

El rechazo que provocó la propuesta fue masivo en redes sociales e hizo que la columna –que a las 10:00 del día de su publicación ya había sido vista 200 000 veces– fuera retirada antes del mediodía del sitio, según Qz.com. Sin embargo, esta no es la primera vez que a alguien se le ocurre que Amazon provea el servicio que dan las librerías públicas en ese país.

En el 2014, en la misma revista Forbes, Tim Worstall escribió, según él medio en serio medio en broma, sobre la posibilidad de que en lugar de que el Estado destine recursos para mantener librerías se entregue un Kindle con suscripción ilimitada a cada habitante. Por alrededor de USD 120 anuales, cada habitante tendría acceso a los 600 000 títulos de Kindle Unlimited; Worstall proponía bajar esa cuota anual y dejarla en alrededor de 50 dólares. De todas maneras, el volumen de suscriptores –cautivos, además– compensaría a la empresa en el monto del descuento.

Las reflexiones que impulsan este tipo de propuestas, claramente no tienen mucho –o nada– que ver con los libros, el conocimiento o con la generación de pensamiento y redes de pensamiento, sino con el dinero. Para mayor exactitud: con el dinero público que, en principio, es de todos y debería servir a todos.

Los argumentos en contra del artículo de Mourdou­koutas, titulado ‘Amazon Should Replace Local Libraries to Save Taxpayers Money’ (Amazon debería reemplazar a las bibliotecas locales para ahorrarle dinero al contribuyente), fueron devastadores durante el par de días que fueron tendencia en Twitter.

Tanto que Forbes debió explicar, en primer lugar, por qué lo había publicado (en honor a su convicción de que todos los puntos de vista deben ser expuestos) y luego por qué decidió quitarlo (porque se dio cuenta de que el articulista no dominaba el campo sobre el que estaba escribiendo).

Mourdoukoutas es un profesor de Economía en la Long Island University, LIU, y claramente desconocía u omitió datos que pudieran haberle dado una idea más clara de cuál es el papel de las bibliotecas públicas en Estados Unidos; además de ser destinatarias de un porcentaje de los fondos públicos, las bibliotecas atienden diversas necesidades de cerca de la mitad de la población de dicho país. Como señaló pocos días después del fallido artículo de Forbes una nota del Chicago Tribune, hasta 2016 había registrados 171 millones de usuarios del sistema de bibliotecas, que representan más de la mitad de los 311 millones de habitantes que viven en el área donde hay bibliotecas disponibles. El Servicio de Museos y Bibliotecas también lleva la cuenta de cuántas veces esos usuarios visitan las bibliotecas cada año: el 2016 fueron alrededor de 1 300 millones de visitas; es decir, un promedio de 4,4 visitas anuales por cada persona suscrita.

Uno de los argumentos fuertes de Mourdoukoutas era el ahorro en impuestos en caso de privatizar este servicio. Sus detractores le sacaron algunos números: USD 36 anuales sería lo que, en promedio, se ahorraría cada contribuyente en Estados Unidos si el Estado dejase de financiar el sistema público de bibliotecas. En la propuesta de este economista no tiene ninguna cabida la solidaridad como un valor deseable y cultivable en una sociedad, para garantizar la justicia social y la generación de un sentido de comunidad.

Uno de los puntos en los que sus críticos se cebaron es en cómo este modelo excluiría a los más pobres o marginados (como los inmigrantes) del acceso a la información, al conocimiento y la integración, pues las bibliotecas no son únicamente repositorios de libros sino sitios de acceso gratuito a Internet y la antesala a la pertenencia a distintas redes físicas y virtuales (pues una biblioteca es uno de los espacios de sociabilidad centrales de toda sociedad avanzada). El factor humano queda subordinado al valor del dinero en la propuesta de Mourdoukoutas.

El académico tampoco valora todo el material que una biblioteca provee, como libros antiguos o publicaciones periódicas de todo tipo, que una tienda de Amazon, ni ninguna empresa privada, jamás podría ofrecer y cuyo valor para la historia, la memoria colectiva y la investigación es incalculable.

Quien haya visitado alguna vez una biblioteca pública sabe que en ella se desarrollan todo tipo de actividades y todas sin que haya dinero involucrado.

Una biblioteca es un sitio donde no hay que comprar nada para poder ocuparlo, porque una red de soporte (es decir, la sociedad entera) ya se ha organizado para que todos, sin distinción de ningún tipo, puedan disfrutar de ese lugar; pasa en Estados Unidos, pasa en Ecuador. De hecho, en la Biblioteca del Ministerio de Cultura y Patrimonio en Quito, por ejemplo, es común ver a personas mayores entrar cada mañana a leer los periódicos del día, a conversar entre ellas, a jugar solitario o ajedrez en las computadoras. Espacio de intercambio de saberes, de apoyo, de refugio, de información, de civilización.

Actualmente en Ecuador existen 884 espacios de este tipo, entre públicos y privados, según información del Ministerio de Cultura y Patrimonio actualizada hasta el 2017. A la cabeza de todos ellos estaría la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, que en breve, en palabras de la subsecretaria de Memoria Social, Ivette Celi, se convertirá “en una Entidad Operativa Desconcentrada del Ministerio de Cultura y Patrimonio que le permitirá tener autonomía administrativa y financiera”.

Bajo esta modalidad, las bibliotecas públicas del país podrán servir mejor a sus usuarios en diversos aspectos. Eso es siempre una buena noticia, pues de estos espacios depende una sociedad entera para ser mejor y más feliz por fuera de la lógica del dinero, aunque a Mourdoukoutas y compañía eso les parezca imposible.

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