4 de abril de 2021 00:00

Baudelaire, el maldito de la modernidad

Baudelaire hizo apuntes a una de las ediciones de ‘Las flores del Mal’, que publicó cuando tenía 36 años. Fotos: Wikipedia

Baudelaire hizo apuntes a una de las ediciones de ‘Las flores del Mal’, que publicó cuando tenía 36 años. Fotos: Wikipedia

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Santiago Estrella

Charles Baudelaire es el gran poeta moderno, el que inaugura la poesía moderna o, al menos, el que primero revela lo que es un poeta moderno. Es el “pater familia”, según el escritor chileno Roberto Bolaño. Sorprendentemente, Francia, el país donde nació hace 200 años un 9 de abril, no le rendirá los homenajes que merece un escritor de su talla.


Citado por el diario El País, el experto en el siglo XIX francés, Henri Scepi, afirma que Baudelaire, a diferencia de Víctor Hugo, “nunca ha sido un escritor de consenso nacional”.

Definir la modernidad no es una cuestión del tiempo, aunque lo contenga. Le caracteriza, más bien, la crítica, como sostiene el Nobel mexicano Octavio Paz. Es su parte constitutiva y, a la vez, su condena, porque lo moderno es efímero, cambiante y nos descoloca. “Cuando tenía las respuestas a la vida, me cambiaron las preguntas”, decía un grafiti del Mayo del 68 francés.

La modernidad se inicia como “una crítica a la religión, la filosofía, la moral, el derecho, la historia, la economía y la política (...) Los conceptos e ideas cardinales de la Edad Moderna -progreso, evolución, revolución, libertad, democracia, ciencia, tecnología- salieron de la crítica”, escribe Paz en ‘La otra voz’. Por eso, romper con la tradición será la tradición de los modernos.

Baudelaire fue el poeta que transgredió. Se podría decir que aún hoy lo hace. Con Baudelaire se inicia la conciencia del poeta en el mundo. Será un ángel caído. Luminoso como es, está condenado a revolcarse en el fango del mundo horroroso y hostil. Quizá sea en el poema Abel y Caín donde mejor se define al poeta maldito. “Raza de Caín, en el fango cae y muere míseramente (...) por las sendas ¡arrastra tu familia entera!”

El poeta será siempre un agredido, como se puede leer en el poema Albatros, “¡Qué débil e inútil es este viajero / que si tan bello fue se convierte grotesco! / Uno quema su pico con su pipa encendida (...) / el Poeta es igual a este rey de las nubes / que se ríe de las flechas y vence el temporal; / desterrado en la tierra y en medio de las gentes, / sus alas de gigante le impiden volar”.

Es la gran ciudad el problema para un poeta simbolista como Baudelaire, sus masas y la pérdida de sensibilidad. Desprecia al burgués -rico nuevo, al fin de cuentas- de gusto dudoso, si no pésimo.

“Si no hubiese habido literatura antes de la burguesía, esta no la habría inventado”, solía decir el crítico y escritor argentino Ricardo Piglia.

De esa conciencia poética se alimentaron los modernistas nuestros, los llamados ‘Decapitados’. Medardo Ángel Silva decía que su poesía “no es ­para ti, burgués”, que es capaz de vender a su madre por “un dólar yanqui”.

La ciudad y los tumultos le fastidian. “Multitud, soledad: términos iguales”, escribe en ‘El Spleen de París’. Es la ciudad que provoca tedio y hastío. El poeta se fijará en ese personaje grotesco, el “gracioso”, que resulta ser “el señorito enguantado, charolado, severamente encorbatado”, que le desea feliz año a un burro y se cree genial. Pero era en realidad “un magnífico imbécil que me pareció concentrar en sí todo el ingenio de Francia”.

La bohemia es un elemento importante en el espíritu baudelaireiano. Los poemas que acompañan esta página (El vino de los traperos y Embriagaos), pueden ser emblemáticos de su visión: la embriaguez es necesaria, ya sea para acabar con las cargas del Tiempo o para que se “abra al desesperado sueños de venganza y de gloria futura”, dice el filósofo alemán Walter Benjamin.

Baudelaire no fue el primer poeta que tuvo afición por las drogas (y tampoco será el último). Estas ayudan a separar a los poetas de la dimensión humana. Pero su estado crítico encuentra en ellas un problema: son “paraísos artificiales”, que aniquilan uno de los mayores valores de los seres humanos: la voluntad.

“¡Ay!, los vicios del hombre, tan llenos de horror como se les supone, contienen la prueba (¡aunque solo fuese por su infinita expansión!) de su deseo del infinito; únicamente es un gusto que a menudo se equivoca de camino”, dice este francés que murió a los 46 años, y 10 años antes trastocó la poesía con ‘Las flores del mal’.

Pese a esa juventud, “Baudelaire es ‘el’ poeta, el poeta adulto. Sabe muy bien lo que está haciendo, sabe muy bien que está innovando, maneja la técnica de una manera soberana, es el dueño de todos sus recursos. En ese sentido, no es frágil; es una roca, es fuertísimo”, dijo Bolaño en la entrevista que dio al programa ‘La belleza de pensar’.

Darío Sztajnszrajber, divulgador argentino de filosofía, se anima a colocar a Baudelaire entre Marx y Nietzsche. Su obra ha sido clave para Benjamin, quien dedicó buena parte de su vida al estudio del poeta francés y cuyos textos se juntaron en un volumen de título ‘Baudelaire’. Y Jacques Derrida, figura del deconstruccionismo, escribió su libro ‘Dar (el) tiempo’ a partir del poema en prosa La moneda falsa, que se encuentra en ‘El Spleen de París’.

Charles Baudelaire no es un poeta fácil: puede escandalizar aún ahora a los de buena conciencia, que siguen siendo ángeles y logran ignorar este mundo. Pero los poetas desde entonces, todos sin excepción -al menos los buenos, los que han gozado del éxtasis poético- son hijos de este ‘pater familia’ como lo llamó Bolaño, porque es “un poeta (que) lo puede soportar todo” aunque lo “conduzca a la ruina, a la locura, a la muerte”.

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