1 de septiembre de 2019 00:00

Balnearios de Guayaquil, del fervor a la orfandad

El Guayas, el estero Salado, Puná, El Morro, Posorja y Playas se han sucedido en poco más de un siglo como sitios de veraneo de los porteños. Fotos: Cortesía Archivo Histórico del Guayas y colección de José A. Gómez

El Guayas, el estero Salado, Puná, El Morro, Posorja y Playas se han sucedido en poco más de un siglo como sitios de veraneo de los porteños. Fotos: Cortesía Archivo Histórico del Guayas y colección de José A. Gómez

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Alexander García

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La historia de la evolución de los balnearios de Guayaquil reta a lo verosímil. Las fotos de los años 20 del siglo pasado dan cuenta de un vehículo tipo Buick descapotable, de rines de madera en sus ruedas, subiendo por tablones a balsas improvisadas, en era una de las rutas pioneras del turismo de los veraneantes guayaquileños entre Posorja y General Villamil Playas, en Guayas.

Un Ford T flota en una balsa contrahecha de madera en el Estero de Data, en una desembocadura entre Posorja y Playas, en la que se observa al fondo la línea espumosa del Pacífico. Dos navegantes pugnan por llevar la balsa a tierra, empujándola con largos maderos que apoyan en el lecho.

La travesía era habitual para la década del 20 con la popularización del automóvil, en dos vehículos que trasladaban turistas de Guayaquil. Llegaban a Posorja en barcos que navegaban por las aguas del golfo.

Los bañistas eran conducidos en auto hasta Playas por la costa: “una pista estrecha de franja de arena compactada por las mareas”, según describe el historiador Julio Estrada Ycaza (+), en su ‘Guía histórica de Guayaquil’ (1995).

Los sitios de veraneo de los porteños fueron alejándose de la ciudad a medida que se abrieron rutas y avanzaban las opciones de transporte.

Un balneario iba imponiéndose, coexistiendo y reemplazando al otro: de las propias aguas del río Guayas en el barrio Las Peñas, a las salobres del estero Salado, en lo que ahora es el centro de Guayaquil; de la isla Puná a Posorja navegando horas hasta la desem­bocadura del golfo, o internándose por ramales del estero hasta El Morro.

Bañistas y cuerdas de seguridad en General Villamil (Playas) por 1920.

Bañistas y cuerdas de seguridad en General Villamil (Playas) por 1920.

Las Peñas, en las faldas del cerro Santa Ana, primer barrio de la ciudad, fue un balneario pionero. Sus aguas ganaron fama de medicinales desde mediados del siglo XVI, por las propiedades de la zarzaparrilla que crecía con sus uvillas rojas a sus orillas. Hoy nadie camina siquiera por esa costa al pie de las viviendas patrimoniales, que luce llena de restos de basura en marea baja.

La apertura de una trocha como camino, en 1840, puso de moda a los baños del estero Salado. Y el popular parque de diversiones American Park funcionó entre 1922 y 1967, donde hoy se levanta el Malecón del Salado. Tampoco nadie osa refrescarse ya en ese antiguo balneario, sometido de forma infructuosa a proyectos de descontaminación.

Las familias pudientes preferían pasar los meses de calor mucho más lejos, ya en los albores del siglo XX. Puná, Posorja y El Morro eran los lugares predilectos de familias acomodadas para pasar la calurosa etapa de lluvias y vacaciones escolares, entre enero y mayo. Y desde El Morro, el balneario de Playas estaba a 20 o 30 minutos a caballo, una ruta que se popularizó por 1918.

Solo hasta los años 30 sería posible viajar en automóvil de Guayaquil a Playas y a Salinas -el viaje a tomaba seis horas- por caminos que prodigaban desperfectos mecánicos y “bajadas” de llantas inevitables.

“La carretera a Playas se construyó por el año 45 y luego se contrataron estudios para el tramo Progreso-Santa Elena”, recuerda el historiador José Antonio Gómez Iturralde. Desde mediados de los 30 hasta 1946 circuló el autocarril Guayaquil- Salinas, apunta. Las fotos del autocarril muestran una suerte de autobús que aprovechaba los rieles del proyecto de Ferrocarril a la Costa, que por defectos técnicos no pudo soportar el trajín de grandes locomotoras.

El reemplazo de un balneario por otro iba proyectando sobre los sitios que quedaban atrás una estela de orfandad. El abandono se extendió por décadas en Puná, según José Mendoza, presidente de la Junta Parroquial, hasta que el Municipio de Guayaquil empezó a construir una planta desalinizadora de agua. La planta de agua potable de la parroquia rural fue inaugurada a finales de julio pasado. Y la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, ratificó esta semana su compromiso para convertir a Puná en una isla sostenible con energía solar y aprovechamiento energético de la disposición de la basura.

La baja ocupación hotelera de Playas en feriados evidencia que el balneario ha ido perdiendo peso respecto de Manabí y Santa Elena.

Los trabajos de construcción del nuevo Malecón de Playas, que empezaron a inicios del 2018, siguen suspendidos, convirtiendo el ingreso a la playa en terraplén de tierra y depósito de adoquines. La nueva administración del Municipio de Playas prevé retomar este año la construcción del Malecón.

Playas fue descubierto para el turismo de forma oficial por una comitiva que buscaba un balneario para Guayaquil el 9 de junio de 1901, según recoge un periódico de la época: Grito del Pueblo. La comitiva de caballeros porteños describía el balneario como “un lugar delicioso, de magnífico clima, temperatura fresca y agradable”.

El pueblo pasó de una treintena de casas a inicios de 1900 a 200 viviendas para 1909, construidas por los propietarios de Guayaquil que iban en busca de solaz y buen clima. Una foto de 1920 muestra los pudorosos vestidos de baño de hombres y mujeres, además de una playa con estacas y cabos (gruesas cuerdas) que se internaban en el mar como un soporte de seguridad para los bañistas que desafiaban los oleajes.

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