Las aves en la ciudad tienen más espacios

Los jardines amigables deben tener una zona con comederos y bebederos para atraer a las diferentes especies de pájaros que viven en la ciudad. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

Los jardines amigables deben tener una zona con comederos y bebederos para atraer a las diferentes especies de pájaros que viven en la ciudad. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

Los jardines amigables deben tener una zona con comederos y bebederos para atraer a las diferentes especies de pájaros que viven en la ciudad. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

Colibríes, tangaras, huiracchuros y jilgueros son algunas de las 20 especies de aves que llegan hasta el jardín de Sandy Espinoza. Su hogar, ubicado en la zona urbana de Quito, se ha convertido en un refugio para estos animales, que deben escapar de los edificios, de la contaminación y del ruido causado por el tráfico en la ciudad.

La falta de espacios verdes en las áreas urbanas y el deseo de rescatar a la fauna local fue lo que motivó a Espinoza a unirse a la propuesta de Jardines Amigables. La iniciativa la tuvo Juan Manuel Carrión, biólogo y ornitólogo, quien empezó a aplicarlo en su casa, ubicada en Cumbayá.

Espinoza se integró a esta propuesta, la cual ahora lidera, y la presentó en el programa internacional Mujeres por el Clima (Women4CLimate). Allí la iniciativa fue seleccionada para representar a la ciudad a escala internacional en el grupo C40 cities.

Ahora, el siguiente paso es lograr que más personas en las zonas urbanas se unan a esta idea. A través del proyecto se enseña a los interesados sobre las formas para recuperar espacios verdes y las plantas nativas que se pueden sembrar para atraer a cada tipo de ave.

El matico y la salvia de Quito, por ejemplo, son plantas útiles para atraer a los colibríes. El sangorache, que también tiene uso medicinal, llama a semilleros, gorriones y jilgueros cuando está floreciendo.

María Eugenia Fiallo decidió unirse al programa, tras la experiencia de su vecina. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

Espinoza explica que el proceso no es complicado. Su jardín empezó la transformación hace cuatro años. Aunque ahora cuenta con 30 especies de plantas, todavía está en el proceso de transición hacia una zona solo de fauna nativa.

Al ver su experiencia, sus vecinos han empezado a implementar la técnica en sus casas. María Eugenia Fiallo, quien vive en el mismo sector, decidió aplicar este proceso y desde ese momento las aves volvieron a su jardín. El objetivo con este programa es lograr que 500 metros cuadrados en Quito sean parte de los Jardines Amigables, que recibirán una certificación. El requisito es que destinen al menos un metro cuadrado de su jardín para estos propósitos y que el 10% de la flora de estos espacios sea nativa.

Liliana Jaramillo l
idera otra iniciativa para el rescate de estas plantas, en este caso es en techos verdes. La idea de su proyecto surgió en su tesis de maestría en Australia y la iniciativa la hizo ganadora del concurso Jóvenes Campeones de la Tierra de la Organización Naciones Unidas, en el año 2017.

El año pasado, Jaramillo logró su primer prototipo de techo verde en un edificio de 15 pisos, en el sector de La Carolina. Allí ha podido evaluar el desempeño de las plantas y su capacidad para atraer a la fauna. Uno de los principales problemas en Quito, dice, es que no existe un mercado donde se ofrezcan solo plantas nativas.

Además, existe un desconocimiento de las personas sobre dónde conseguir estos especímenes y cómo utilizarlos. A través de las redes sociales de Nativus, los interesados pueden aprender más sobre cada una de estas plantas. La idea es fomentar que las personas se apropien cada vez más del patrimonio natural.