Arístides Vargas: ‘El exilio es el no encontrarte, es un no lugar’

El dramaturgo Arístides Vargas nació en Córdoba, Argentina, y  llegó a Quito a mediado de los años 70. Foto: cortesía

El dramaturgo Arístides Vargas nació en Córdoba, Argentina, y llegó a Quito a mediado de los años 70. Foto: cortesía

El dramaturgo Arístides Vargas nació en Córdoba, Argentina, y llegó a Quito a mediado de los años 70. Foto: cortesía

El segundo de cuatro tomos de las obras completas de teatro del dramaturgo argentino- ecuatoriano Arístides Vargas se acaba de publicar en Argentina. ‘Teatro II. Escritos latinoamericanos’ aparece en la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba). El lanzamiento toma en Mendoza (Argentina) al también actor y director teatral, quien viajó desde Quito para recibir la vacuna china contra el coronavirus de Sinopharm.

Quiero reparar en una de sus obras más cómicas, ‘Diálogo para ciudadanos despistados’ ¿En lo formal la idea fue imbuirse en los modismos, giros y expresiones del habla popular quiteña?

Es una obra para dos clowns, para dos mujeres, está anclada en el habla popular de Quito y en sus diferentes extractos sociales. La gente de determinado sector habla de una forma y a veces cambian las expresiones de barrio a barrio. Algunos modismos, giros y palabras son empleados en un sector y no en otro. ‘Diálogo para ciudadanos despistados’ es una amalgama del habla popular de diferentes sectores. Es una obra sobre el juego de los derechos, los personajes hablan de cómo hacer para sentirse ciudadanos. Si se la monta en otro lado, me atrevería decir incluso del Ecuador, necesitaría cierta traducción para ser comprendida a carta cabal.

El público guayaquileño también la ha entendido y disfrutado.

Fuera del país tendría que ser traducida. La editorial Eudeba me publicó hace mes y medio en Argentina un libro de obras reunidas. El editor me llamó y me dijo: ‘hay que hacer una corrección de estilo, porque en algunos momentos hablas de vos, como argentino; y en otras de tú, como ecuatoriano. Le dije: ‘no, no, tienes que dejarlo así porque así habló yo’ (risas). Eso fue muy gracioso pero al mismo tiempo fue muy revelador.

¿Qué nos dicen las jergas y el argot sobre las ciudades?

El territorio que uno habita también se conforma de pequeñas tragedias. El argot popular no es más que una forma de expresar lo trágico y lo cómico que somos, lo entrañable o desgraciado que puede ser habitar un espacio, vivir en él.

¿Arístides Vargas pudo haber sido en vez de argentino un manabita más en Quito?

(Se ríe) Sí, vivo en Quito ya 40 años. Fui perdiendo un poco el acento argentino y quedó una cosa neutral, como las voces que doblan las películas, que no sabemos bien de qué país son. Todo el mundo me decía que podía pasar por manabita y como me encanta Manabí, lo acepté de buen grado. Es una provincia que quiero y donde trabajé mucho, montando obras de teatro y dictando cursos, sobre todo en Manta, desde los años 80.

¿Tenía que pasar por ecuatoriano porque en algún momento se quedó ilegal en el país?

Llegué a Quito a mediados de los años 70, en la época de la dictadura argentina. Estaba tramitando una visa y extrañamente desapareció mi pasaporte. En Ecuador también había dictadura, pero se le decía ‘dictablanda’ en relación a las del resto de América Latina. Hubo una retención de documentos y me quedé como dos años sin pasaporte. Mis panas ecuatorianos me enseñaron a cantar el Himno Nacional para que, en caso de que me detuvieran, pasara como ecuatoriano. Y tuve que cantarlo alguna vez en la Avenida Amazonas, cuando me pidieron documentos. Y después también en uno de los puestos de control al regreso de Tulcán.

Todo esto nos habla del rigor a la que aboca el exilio…

Es considerado desde la antigüedad clásica como uno de los castigos más terribles. En la mitología y en el teatro griego era comparado con la muerte. Es un castigo extremo que no se tendría que emplear. En la contemporaneidad, el exilio está oculto en la migración. Muchas veces, cuando un país no se hace cargo de sus ciudadanos los obliga a migrar y a someterse a unos viajes en condiciones horrendas, como los viajes ilegales a Estados Unidos o la diáspora venezolana.

¿Se puede ser una suerte de exiliado en tu propio país?

El exilio es el no encontrarte. Estar en un lugar que no te sostiene, es el no lugar y no es metáfora. Siento que en toda América Latina y también en Ecuador una parte de la población no se siente contenida en su propio territorio respecto al goce de unos derechos ciudadanos y en cuanto a inclusión. Esto hace que no te sientas orgulloso del lugar del que eres. Y esta falta de contención repele, de alguna forma, a los propios ciudadanos. El exilio tiene muchas caras.

¿El teatro fue una especie de mecanismo discursivo y una terapia para salvar sus circunstancias y salvarse usted mismo?

El teatro de alguna manera es el ensayo de la ausencia. Es decir, el ensayar imaginariamente lo que no tienes. Por lo tanto, cuando lo ensayas de alguna forma sientes que lo recuperas. Sin darme cuenta me gustaba estar más ensayando que en la propia vida. Era porque evidentemente, en un proceso de curación del dolor del exiliado, optaba por crear mi propia territorialidad. Y en este caso era la territorialidad del ensayo y de un grupo, un colectivo de personas que se llamó y se llama Malayerba.

El teatro ha sido uno de los sectores más golpeados por la pandemia, a pesar de la transmisión en directo de obras ¿Qué pierde el mundo sin el teatro?

La posibilidad de imaginar un espacio diferente a la realidad opresiva y nefasta en la que vives, la posibilidad de situarnos en un espacio donde las personas nos encontramos y nos dignificamos como seres humanos. Eso se pierde sin el teatro. En la pantalla se pierde una parte de la experiencia, es limitada. El teatro es una vivencia de carácter social, consiste en ir a reunirse con otras y otros; y nos reunimos a ver una historia que nos cuenta y recrea imaginariamente nuestras vidas. Nunca hemos consumido tanta imagen ficcional como en esta pandemia, sean series o películas, y puede haber un punto de saturación.

TRAYECTORIA

Nació en Córdoba, Argentina, en 1954. En 1975 tiene que exiliarse por el golpe militar y el apresamiento de su hermano. Se radicó en Quito y fundó el grupo Malayerba. Escribió el guión y protagonizó el filme ecuatoriano ‘Entre Marx y una mujer desnuda’.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 19 de abril del 2021.