21 de junio de 2020 00:00

70 años del libro más laborioso de Neruda

Pablo Neruda, en la ceremonia de premiación del Nobel de Literatura, en 1971. Ese mismo año también aceptó el cargo de embajador de Chile en Francia y comenzó a redactar sus memorias ‘Confieso que he vivido’.

Pablo Neruda, en la ceremonia de premiación del Nobel de Literatura, en 1971. Ese mismo año también aceptó el cargo de embajador de Chile en Francia y comenzó a redactar sus memorias ‘Confieso que he vivido’. Foto: Archivo AFP

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Alejandro Ribadeneira
Editor (O)

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El ‘Canto general’ constituye el mayor triunfo de Pablo Neruda, el chileno que con este libro demostró -o creyó demostrar- que era posible conciliar el valor artístico con la lucha política. En otras palabras, Neruda pensaba que la poesía debía ser un arma de lucha por la libertad del hombre y con ‘Canto general’, publicado hace 70 años, por fin lograba materializar ese anhelo.

Más allá de lo que Neruda, un militante del comunismo y abierto defensor de la Unión Soviética, entendiera por libertad, es innegable que ‘Canto general’ causó un hondo impacto en la cultura de América Latina y la intelectualidad de los años de la Guerra Fría.

El libro, cuya primera edición de lujo alcanzó los 500 ejemplares, también impregnó a Neruda de una enorme reputación universal que fue decisiva para que fuera galardonado con el Nobel de Literatura, que recibió en 1971. El colombiano Gabriel García Márquez lo consideró el más grande poeta del mundo del siglo XX y el crítico estadounidense Harold Bloom lo incluyó en su canon literario de 26 autores centrales de Occidente.

Mucho se ha analizado sobre ‘Canto general’, su belleza y su abierta militancia, su inspiración y su influencia. Pero poco se ha comentado sobre los avatares que pasaron para que Neruda pudiera escribirlo y del particular momento personal en que fue publicado.

La idea de escribir ‘Canto general’ la tuvo al menos 13 años antes de la publicación. Neruda, como suele ocurrir con los que se aficionan de las teorías integrales (hoy diríamos ‘globalizadoras’) como el marxismo, se propuso contar su visión de la historia de Chile y del continente. El mismo Neruda calificó ese propósito de “tarea monumental”.

El tono del libro tomó impulso en 1943, cuando Neruda dejó de ser diplomático en México y regresó a Chile, para impulsar su carrera política, con una escala en Machu Picchu. Ya no era el Neruda entre ingenuo políticamente y enamoradizo de ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’, sino un creador que ya había dado un giro comprometido políticamente a su lírica.

La visita a las ruinas incas impresionó a Neruda, como lo describió en su autobiografía ‘Confieso que he vivido’: “Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra (...) Me sentí chileno, peruano, americano...”. Y así nació la idea del poema ‘Alturas de Macchu Picchu’ (sic), el más famoso de ‘Canto general’, redactado en 1945.

Gran parte del resto del libro se escribió en circunstancias menos apacibles. Neruda ganó un cargo de senador (1945), se enfrentó al presidente González Videla, proclamado dictador, y terminó en la clandestinidad para evitar que lo arrestaran. En esos 13 meses de anonimato escribió gran parte del ‘Canto general’, que fue completado en el exilio (febrero de 1949), primero en Argentina y luego en México. En ese país decide publicar el libro.

A pesar de que Neruda era una personalidad y que sus libros se publicaban en varios países, perder intempestivamente los ingresos de senador afectó sus finanzas, además de que no recibía recursos por ediciones que eran conmemorativas o piratas.

Por eso, un grupo de amigos llamado Comité Auspiciador se dio a la tarea de editar ‘Canto general’ de manera que beneficiara a Neruda. Integrado por gente muy relacionada como María Asúnsolo, Enrique de los Ríos y Carlos Obregón, decidió hacer dos ediciones, una rústica a cargo de Océano, y otra de lujo, que se vendería bajo suscripción. Serían 500 ejemplares numerados, 300 de los cuales llevarían la firma del poeta, pero también la de dos ilustradores que se hicieron cargo de las guardas y que eran nada menos que David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, gigantes del arte muralista mexicano.

Esa edición suntuosa fue laboriosa, porque Neruda, que cayó enfermo, se empeñó en revisar desde su cama todos los artes y realizar correcciones, complejas porque el poeta tenía la costumbre, por ejemplo, de no usar jamás el punto y coma en sus borradores.

De los aspectos tipográficos se encargó Miguel Prieto, un español republicano que también estaba en el exilio. Supervisó las 578 páginas, incluidos los índices, en las que se colocaron los casi 15 000 renglones, divididos en 15 secciones, 231 poemas y casi 15 000 líneas.

En marzo de 1950 se imprimieron, tras cinco meses de trabajo, esos 500 ejemplares que tenían dueños como Pablo Picasso, Lázaro Cárdenas, Frida Kahlo, Dolores del Río y Miguel Ángel Asturias, quienes pagaron por adelantado el ejemplar y el envío por correo. El libro circuló a fines de abril, y un mes después lo hacía la edición sencilla.

Lo curioso es que el libro, pese a la expectativa, no recibió ningún tipo de reseña en México, ni a favor ni en contra. Quizás se debió a que, aunque era apreciado por gran parte de los intelectuales mexicanos, no todos lo querían. Con Octavio Paz incluso estuvieron a un paso de la violencia física.

No hubo reacción pública hasta que Neruda dejó el país para emprender una larga gira por Guatemala, Checoslovaquia, Francia y más países, para establecerse en Italia hasta 1953, cuando regresó a Chile.

Pese al silencio inicial en México, ‘Canto general’ adquirió una enorme difusión en todos los países mencionados y, en cinco años, no había nación en que no se hubiera editado el libro. En Chile, tras la edición de lujo se editaron simultáneamente dos ediciones clandestinas que ayudaron a difundir el texto por la región.

70 años después, aún genera noticia el hallazgo de alguno de esos primerísimos ejemplares. Hace un año, la familia mexicana De los Ríos Lozano donó el libro que el poeta firmó para Enrique de los Ríos, su amigo personal . Esos ejemplares son valorados por el contenido literario pero también por ser objetos testimoniales de una época en que hacer libros era arte en sí mismo.

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