16 de junio de 2019 00:00

El amor clandestino en el Quito de los siglos XX y XXI

Local donde funcionó, desde los cincuenta hasta los setenta del siglo pasado, la casa de citas El Rincón Chileno, en el sector de La Libertad. Foto: Archivo particular

Local donde funcionó, desde los cincuenta hasta los setenta del siglo pasado, la casa de citas El Rincón Chileno, en el sector de La Libertad. Foto: Archivo particular

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Javier Gomezjurado*
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El libro ‘Amor y sexo en la historia de Quito’ es un recorrido sobre la sexualidad desde la Colonia hasta el presente. Un capítulo aborda la contemporaneidad. 

Si bien la avenida 24 de Mayo fue por excelencia el sector donde se situaron los burdeles en la segunda mitad del siglo XX, no fue el único lugar en Quito donde los hombres de cualquier nivel socioeconómico buscaban divertirse -generalmente con trago en mano- con alguna mujer que estuviese dispuesta a brindarle unos minutos de cariño o de satisfacción sexual, a cambio de dinero. Y para ello estaban bares y burdeles en otras calles de la ciudad, que auspiciaban el desarrollo de actividades sexuales; a veces combinando -de modo muy disimulado- tal actividad con la venta y consumo de licor e incluso de alimentos.

Así, en la segunda mitad del siglo XX, fueron famosos los bares El Palatino y el Roxy en la plaza de Santo Domingo, y Los Olivos en la calle Rocafuerte, cerca de la plaza; que, si bien nunca tuvieron la categoría de prostíbulos, fueron permisivos en el ingreso de hetairas de la 24 de Mayo en compañía de clientes para consumir bebidas; y cuyas fugaces y económicas relaciones solían terminar en el barato Hotel Colonial, ubicado cerca de la Terminal del Cumandá. Aquella tolerancia con esta clientela fue parte de la vida de otros bares, fondas y restaurantes de la 24 de Mayo, en particular aquellos instalados en la calle Chimborazo. Y por supuesto, con las cantinas, como la del señor Quintana, ubicada en las calles Imbabura y 24 de Mayo, que se mantuvo por varios años y en donde Leonardo Páez había compuesto en 1930 el famoso pasacalle La tuna quiteña; así como la cantina Las Guitarras, localizada en el sector de La Victoria, exactamente en la actual calle Barahona, y en donde se presentaron Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas y la Sonora Matancera, en la década de 1950.

No muy lejos de la 24 de Mayo, en el sector de La Libertad hubo una casa de citas inaugurada en la década de los cincuenta llamada El Rincón Chileno, cuya estructura física -casi en escombros- aún se conservaba hasta principios del siglo XXI. El nombre del lugar se debió a la nacionalidad del dueño: el coronel Leonardo Granja, casado con la señora Carmela de Granja. Hasta allí acudían hombres de buena posición económica y social, pues era un sitio costoso y lleno de lujos; el acceso se hacía en autos particulares o en taxis que subían por la calle Huáscar -hoy denominada Cumandá-, hasta dicha casa iluminada con un foco rojo. La frase con la cual se promocionó el lugar decía: “Los que quieren conocer el cielo deben ir allá”. Este burdel dejó de funcionar a principios de la década de los setenta, aproximadamente. Desde octubre de 1976, y durante algunos años, funcionó allí la Escuela General Daniel Florencio O’Leary.

Muy cerca de Panecillo, en la calle Necochea, funcionó el Foco Rojo, un “chongo de bajada”, cuyas damas atendían a obreros, albañiles y estudiantes; mientras que en el Itchimbía estuvo La Casa de Leticia. Asimismo, en la bajada que va desde la Vicentina hacia Guápulo, estaba el 21, un ‘night club’ de propiedad de Zoila Ruales, emplazado en una vieja casa de adobe; mientras un poco más abajo se ubicaba el Derby, otro sitio “de bajada”. En pleno centro de la ciudad, denominado en aquel entonces como ‘casco colonial’, eran pocas las prostitutas que se bandereaban por las calles. No obstante, las pocas que lo hacían y que lograban pescar un cliente terminaban en alguna pensión barata del sector; aunque algunas tuvieron suerte cuando su ‘galán’ las llevaba al Hotel Europa, ubicado hacia el final de la Plaza del Teatro y que en su tiempo de fama tuvo cinco estrellas y desde 1944 bajó de categoría.

En La Mariscal se encontraba el Bambú Club, un night club ubicado en la avenida Colón, cerca de la avenida Amazonas; donde acudían conocidos caballeros de la ciudad en busca de los servicios de ‘chicas’ de diversa nacionalidad. Poco antes había funcionado allí el bar Fiesta que fue de propiedad de un judío que abandonó el país, y cuya compañera se quedó con el negocio y decidió poner en él una orquesta que tocaba en vivo los fines de semana.

Unas cuantas cuadras hacia el sur -en el mismo barrio de La Mariscal- y en plena avenida 18 de Septiembre, entre la 10 de Agosto y la 9 de Octubre, existían dos salones de bailes: El Bagatelle y El Pigalle -que luego cambió de nombre a Moulin Rouge- donde se desarrollaban concursos de baile -incluido el charleston- y en donde se presentaban espectáculos de variedades por parte de algunas mujeres anunciadas como francesas, pero que resultaban ser quiteñas o chagras con el cabello pintado de rubio y ataviadas con diminutos bikinis con lentejuelas, algunas de las cuales ofrecían sus servicios sexuales por la noche. Más hacia el norte y siguiendo por la avenida 10 de Agosto, muy cerca de la entonces llamada Avenida de los Estadios (hoy Naciones Unidas), se encontraba la cantina llamada Las Huacas, donde vendían tortillas, hornado, fritada y cervezas; y en donde servían como meseras algunas jóvenes mujeres que, por la noche, se dedicaban a la prostitución en un pequeño antro ubicado en el barrio La Colmena.

Ya en el norte de la ciudad, hacia el lado oriental, en el actual barrio El Inca y en medio de bosques de eucaliptos se encontraba El Internacional, de propiedad del extranjero Juan Albú. Ofrecía servicios de bar y restaurante por la mañana, aunque por la noche se convertía en una selecta casa de citas, donde acudían adinerados quiteños en busca de caricias y arrumacos femeninos, y cuyas íntimas sesiones terminaban en una de las dos pensiones ubicadas al frente, una de ellas Villa Maggi. Hacia el lado occidental del “norte-norte de la ciudad” -como se decía entonces- se emplazaban los ‘night clubs’ El Edén y El Sierra; y para llegar al primero de ellos había que subir por una de las calles cercanas al actual Centro Comercial Aeropuerto, con dirección hacia la avenida Occidental. El Edén fue un ‘night club’ elegante instalado en una villa grande de color azul con faroles en la fachada y una pileta en el patio; mientras en su interior existía una amplia barra, una magnífica pista de baile y una variedad de luces sicodélicas. Algunas de las chicas que ahí trabajaban vivían en la Pensión Madison, ubicada en la 10 de Agosto y Arenas.

Por otro lado, El Sierra, llamado también por algunos el Gavanachis, estaba ubicado no muy lejos del anterior e instalado en una casa rehabilitada para el efecto. “Tenía tres salas, poco iluminadas por lamparillas de colores, con pinturas eróticas al fresco sobre las paredes, muebles con tapiz verde y un bar nacarado”. Era un prostíbulo un tanto disimulado, donde atendían varias chicas que, sonrientes, con las piernas cruzadas y con el pecho erguido, esperaban sentadas a algún cliente. Terminaban los cabarés del norte con unos pocos de mala muerte, tales como La Estancia, en el camino que iba a Cotocollao.

Para inicios de la década de los sesenta, se construyó el moderno y lujoso cabaré El Mirador, ubicado en el sur de la ciudad al pie de la loma de Puengasí, a unos 300 metros hacia el oriente de los Textiles San Pedro; los cuales habían sido edificados frente a un inmenso terreno donde se construyeron a partir de la década de los setenta las Multifamiliares Luluncoto. La propietaria de dicho cabaré era ‘la flaca Alicia’ quien había sido dueña de otro negocio en el sur de la ciudad llamado Villa Fabiola, que terminó por vender. Curiosamente, aquel cabaré de El Mirador estuvo relativamente cerca del primer motel de Quito, ubicado en el ‘camino viejo’ a Conocoto, convertido hoy en vivienda de personas de bajos recursos.
Cerca de ese lugar, en aquella vía antigua al valle de Los Chillos, y más abajo de lo que fueron las antenas de Radio Nacional del Ecuador, se ubicó -en plena vía- un burdel exclusivamente para indígenas, cuyo nombre lastimosamente no se ha conservado. Por la misma época aparecieron otros moteles en la ciudad, algunos de ellos en la Panamericana Norte o en sus alrededores. Finalmente, al escenario rosa se sumaron los moteles de ‘alta gama’ o de lujo, que ofrecen actualmente servicios especializados y personalizados.

Durante las dos últimas décadas del siglo XX, los bares y burdeles proliferaron en Quito, casi de manera increíble; pues casi no había barrio en la ciudad que no tuviese ‘con orgullo’ al menos una cantina y un cabaré; algunos de ellos clandestinos, como los que aparecieron en los barrios La Gasca, Miraflores y La Mariscal.

No obstante, el Centro Histórico ha sido el lugar preferido para la prostitución; en particular, la 24 de Mayo, La Ronda, los alrededores de la plaza de Santo Domingo y de la plaza del Teatro, y los sectores aledaños a las calles Guayaquil y Junín, evitando acercarse a los alrededores de la Plaza Grande.

Para los años noventa del siglo XX comenzó a aparecer una zona de tolerancia ubicada al norte de la ciudad, casi al final de la avenida Eloy Alfaro, en un sector industrial. Allí se crearon casas de citas, prostíbulos, lugares de masajes, y locales de ‘strip tease’, donde sin mayor presión pudieron trabajar las prostitutas, muchas de las cuales provenían de la costa ecuatoriana, de Colombia e incluso del Perú.

Finalmente, “el 16 de noviembre de 2001, y después de una protesta masiva de moradores de 12 barrios del centro de la ciudad de Quito (entre ellos, La Ermita, San Diego, San Sebastián, 24 de Mayo, La Ronda, La Victoria y Santo Domingo), así como de instituciones educativas, la Comisaría Municipal de la Zona Centro clausuró 17 casas de tolerancia que funcionaban en las calles Loja, Quijano y la avenida 24 de Mayo. El argumento fue que en 1997 dicho sector había sido declarado como residencial; y por ello, en la zona, no podía funcionar ningún negocio relacionado con la prostitución”.

Inicialmente se propuso crear una zona de tolerancia o ‘zona rosa’ en la loma de Puengasí, lo que mereció el rechazo de los vecinos de ese sector.

Posteriormente, y de igual manera junto a una serie de protestas, las trabajadoras fueron trasladadas a ‘La Cantera’ de San Roque, una zona con cinco locales levantada a pocas cuadras del expenal García Moreno; uno de ellos denominado El Danubio Azul, en recuerdo al bello vals del mismo nombre, compuesto por Johann Strauss. Con seguridad, en dicho ‘night club’ nunca sonó este vals, aunque de seguro sí se bailaron muchas tecnocumbias y vallenatos.

 *Adaptación del capítulo ‘Bares y burdeles en Quito en la segunda mitad del siglo XX y primeros años del siglo XXI’.

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