27 de mayo de 2019 00:00

Alejandro Aguavil conserva las tradiciones chamánicas

Alejandro Aguavil es el líder de los chamanes en la comuna Los Naranjos, una de las más alejadas de la ciudad. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

Alejandro Aguavil es el líder de los chamanes en la comuna Los Naranjos, una de las más alejadas de la ciudad. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

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María Victoria Espinosa
Redactora
(F - Contenido Intercultural)

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En la comuna tsáchila Los Naranjos, los chamanes aún se rigen por las creencias y tradiciones de sus ancestros.

Alejandro Aguavil es el líder de los chamanes de esa comuna. Él se ha convertido en un referente debido a la disciplina con la que realiza las curaciones, con plantas y rituales.

En su bosque llamado Masara Mudu tiene sembradas al menos 200 plantas nativas.

Él afirma que hay más, pero que solo ha logrado investigar las propiedades de 200 en más de 40 años de trabajo.

Aguavil instaló un consultorio de medicina ancestral en la entrada del bosque. Él señala que lo hace para recargarse de energías y cuidar las plantas.

El poné (sabio), de 64 años, vive en su consultorio. Él afirma que hace más de 200 años, los chamanes que lograban la aprobación (ahora certificación) del Consejo de Ancianos debían cambiar por completo sus hábitos. Uno de esos era dormir con su esposa en la misma habitación. Además, el chamán solo debía tener encuentros sexuales con fines reproductivos. “Se debía pedir permiso a los dioses y después del encuentro, los chamanes debían bañarse con hierbas para no perder sus poderes”.

Otra de las reglas que debían seguir los poné era no comer alimentos que se obtuvieran del mar ni carne de cerdo. Estos alimentos hacían que el curandero se debilitara.

Aguavil recuerda que hace 10 años comió carne de cerdo en una fiesta de la comuna. Luego de haber ingerido ese alimento empezó a sentirse mareado y débil. Para sanarse debió internarse en el bosque con un consejero y hacer ofrendas a los dioses de la naturaleza para que no le quitaran sus poderes curativos.

Sin embargo, él señala que sus poderes no fueron devueltos completamente.
Por eso, cada año debe hacer penitencias y reafirmar su fe en los dioses para no perder su sabiduría ancestral.

El consultorio de Aguavil está conformado por dos áreas. En una tiene una cama típica tsáchila, elaborada con bambú y caña guadúa, y un toldo de varias capas para evitar picaduras de insectos.

En la otra área tiene una mesa con instrumentos para sus curaciones como piedras volcánicas, velas, esferas de cristal, plantas medicinales, envases con brebajes, entre otros.

En la pared, junto a la mesa, tiene un altar destinado para Abraham Calazacón, el último gobernador vitalicio que tuvo la nacionalidad.

Para el chamán, Calazacón es un guía espiritual que le ayuda a mostrar el camino de la sanación para sus pacientes. De acuerdo con la meditación que tiene antes de cada consulta, diagnostica a sus pacientes.

El poné señala que a la semana recibe entre 4 y 10 pacientes y que la enfermedad más común es el estrés.

Por eso, utiliza esencias de plantas tsáchilas y de otras nacionalidades de la Sierra y Costa. “Nuestros ancestros eran nómadas, ellos compartían conocimientos medicinales con otras tribus y eso nos autoriza a que también lo hagamos en pro del bienestar del paciente”.

También realiza excursiones en el bosque para que el paciente se desconecte de los problemas y recobre energías.

Pero para que el paciente ingrese, el poné deberá ser autorizado por los ancestros.

Si el clima se vuelve lluvioso, cae neblina o hay fuertes vientos es una señal de que no deben ingresar ese día al bosque.

El ritual de autorización se hace con sonidos musicales y de la naturaleza. “Si no obedecemos, las personas empiezan a desesperarse en el bosque. Se pueden perder, alucinar con culebras o animales salvajes. Incluso pueden desmayarse”.

Pamela Andrade es paciente de Aguavil. Cada año se realiza un ritual energético. Ella afirma, que antes de recibir el tratamiento, le era difícil creer en la medicina ancestral, pero los resultados de las curaciones fueron inmediatos. “Apenas entré al bosque e iniciamos un ritual sentí cómo las soluciones a mis problemas empezaban a llegar”.

Ella hizo el ritual del nepi o ayahuasca (una bebida alucinógena). Andrade asegura que al poco tiempo de tomarla, su vista se volvió borrosa y el entorno se volvió negro.

Durante el tiempo que estuvo bajo los efectos del alucinógeno tuvo más de 10 sueños con animales y familiares fallecidos. En cada sueño, podía observar que se manifestaban los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego.

Luego, tuvo una charla con el poné, quien le explicó el significado de los sueños y realizó otros rituales y baños para canalizar su energía.

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