17 de febrero de 2019 00:00

A veces el cambio trae violencia

Alan Knight, profesor de Historia de América Latina en Oxford. Participó en el seminario Revoluciones de América Latina en la Universidad Andina. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Alan Knight, profesor de Historia de América Latina en Oxford. Participó en el seminario Revoluciones de América Latina en la Universidad Andina. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Santiago Estrella
Editor (I)

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Que un europeo llegue a hablar de revoluciones a una tierra que en el siglo pasado vivió cuatro (mexicana, cubana, nicaragüense y boliviana), sin contar con las liberales, siempre llamará la atención. Además, en este siglo se han etiquetado otros procesos como las bolivariana y ciudadana.

El historiador Alan Knight, profesor de la Universidad de Oxford y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de esa casa académica, ha dedicado sus estudios a entender estos fenómenos, aunque su punto de partida y el eje de sus investigaciones ha sido la mexicana.

¿La palabra revolución ha sido usada sin rigor?

Es igual en todos los países del mundo. La gente habla de revolución del consumo o revolución en la moda. Es una palabra cotidiana y no debiera generar nada en su contra. Pero cuando se trata de la historia hay que ser más precisos y distinguirlo de una revuelta o una rebelión. Hay muchas teorías y muchas discusiones acerca de cuáles son las definiciones más útiles y claras. No creo que hay un gran ideal platónico de lo que es la revolución, sino hay que pensarla en la historia.

Usted diferencia rebelión de revolución, pero también hay la palabra reforma. Desde la historia, ¿cómo se diferencian?
Hay una diferencia muy obvia y sencilla: rebelión y revolución incluyen cierto nivel de violencia. A veces se habla de una revolución pacífica, como la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia, en donde nadie murió. Cuando hablamos de revolución o revuelta normalmente hay elementos necesarios de violencia porque hay más intereses en juego y los resultados son más importantes. Reforma, en cambio, es un proceso de cambio político normalmente a través de los parlamentos y también de protestas, que pueden ser pacíficas. A veces la reforma se vuelve una protesta más violenta y se puede volver una revolución. Hay reformas que llevan adelante cambios más importantes. No digo que es esencial que haya violencia, pero hay que aceptar que en la historia muchas veces el cambio viene con la violencia.

¿Qué hace que sean revoluciones y no rebeliones?
Es una cuestión de tamaño. No tengo cifras como para decir que se necesita la participación del 10% de la población.
La revolución cubana, al inicio, fue muy pequeña…
Es cierto que el número de combatientes fue muy pequeño. En términos militares es poca cosa, comparada con la mexicana en la que murieron un millón de personas, que tenía ejércitos de 50 000 efectivos con Pancho Villa. Los barbudos de la Sierra Maestra eran apenas 2 000, pero hay que reconocer que hubo muchas protestas en las ciudades. No fueron combatientes, pero eran civiles que hacían manifestaciones. Fue un movimiento bastante amplio. Los guerrilleros fueron la punta de lanza y los que recibían más atención, pero no eran la totalidad.

Volvamos a la diferencia.
Hay dos cosas: la revolución es un proceso de conflicto que quizá ocupa más tiempo y tiene más bajas; una rebelión es más limitada. Quizá lo más importante son los resultados, que hay que tratar de medir. Obviamente en los casos chino, ruso y cubano, son muy obvios porque establecieron estados socialistas. Las de México y Bolivia son más matizadas porque, si bien no establecieron regímenes socialistas, lograron construir algo muy diferente del antiguo régimen. Y eso merece la etiqueta de revolución.

¿Cuán creíbles son las revoluciones que nacen dentro de sistemas democráticos, por más débiles que sean esas democracias?

En la historia hay muy pocos casos, casi ninguno, en que las revoluciones llegan al poder en una sociedad donde hay un gobierno más o menos democrático. Cuando esta funciona, implica que hay cierta libertad de expresión y posibilidades de cambio mediante las urnas con la alternancia. El problema con los regímenes dinásticos, como en China, Rusia y Francia, o dictatoriales oligárquicos como de Porfirio Díaz, en México, o Fulgencio Batista, en Cuba, es que fueron autoritarios y no había válvulas de escape para la población. Fue la única opción para cambiar el régimen. Francisco Madero, el pionero democrático en México, quería contestar al poder por las urnas, pero se dio cuenta de que solo había una alternativa: resistir a través de las armas.

¿Una revolución que triunfa también requiere de una represión?
Los revolucionarios, al conquistar el poder mediante la violencia, no quieren perder su posición, quizá por razones honestas o idealistas. Creen realmente que quieren mejorar la vida de la población y la oposición es reaccionaria. Muchas veces tienen razón, pero también es cierto que con el poder se vuelven cada vez menos dispuestos a debatir y comienzan a reprimir, como los jacobinos en Francia, Stalin en Rusia y Mao en China: requieren de la fuerza para llevar a cabo su proyecto revolucionario.

¿No es un dilema moral por la superioridad que creen encarnar?
Los jacobinos en Francia creían en la superioridad de su proyecto. Estaban obrando a favor del pueblo y de las masas. Entonces, utilizar la fuerza era justificado. Y hay que reconocer que sí hubo esfuerzos contrarrevolucionarios. Varios ejércitos invadieron Francia; en Rusia hubo una guerra civil. Puedes entender -no digo justificar- el uso de la violencia. Pero en el caso de Stalin, en los años 30, ya no había riesgo de una contrarrevolución. Usó la fuerza para eliminar toda oposición incluso de los antiguos aliados bolcheviques para aumentar su poder. Hay el dicho de un historiador inglés de hace mucho tiempo: “el poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente”. No es un dicho muy científico, pero quiere decir que con el poder la gente se vuelve cada vez más autoritaria. Y tal como ocurre en ‘La rebelión en la granja’, de George Orwell: al principio es una rebelión para todos los animales, pero al final los cerdos se convierten en los nuevos líderes.

Usted ha dicho que las revoluciones se dan en donde la Iglesia tiene demasiado poder.

En México, por ejemplo, la Iglesia era muy conservadora. Había ciertas corrientes reformistas como la llamada Acción Católica. Pero la mayoría, especialmente los obispos, fueron conservadores. No se puede restringir las cosas solamente a cuestiones materiales. Hay asuntos culturales como la religión que son muy importantes para las personas. En la revolución francesa hubo un conflicto bastante importante del nuevo Estado con la Iglesia. En México, en los años 20, hubo la guerra de los Cristeros entre Estado e Iglesia en algunas regiones del país donde la Iglesia estuvo muy arraigada. Pero la resistencia no fue solamente de las élites sino popular, de campesinos y obreros que rechazaban las nuevas políticas anticlericales. Al final, llegaron a un arreglo.

¿Estado e Iglesia contrarios que se necesitan?

Hay una dimensión político- cultural en muchas revoluciones. El nuevo Estado no solo quiere dominar sino mejorar y emancipar a la población. Los anticlericales mexicanos pensaron honestamente que su obligación era contrarrestar la influencia de la Iglesia, que era reaccionaria, supersticiosa, y muy patriarcal. Querían utilizar el arte, los murales y especialmente las escuelas para cambiar la mentalidad. En algunos lugares tuvieron éxito, pero en otros la Iglesia era demasiado fuerte. Después de varios años de conflicto llegaron a una suerte de compromiso durante la segunda guerra mundial. El Estado se dio cuenta de que no podía acabar con la religión porque la Iglesia era demasiado fuerte, pero esta también tuvo que transigir. México nunca tuvo un partido oficialmente católico porque está prohibido. El PAN tiene ciertas tendencias católicas debajo de la mesa pero no puede postularse, por ejemplo, democristiana como en Chile. Y hay todavía restricciones sobre el clero. Hoy en día el conflicto no es tan gran cosa, pero hubo este compromiso porque ambos se dieron cuenta de que solos no podían triunfar.

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