23 de agosto de 2020 00:00

El ajedrez político detrás de la vacuna salvadora

Pruebas de la vacuna contra el coronavirus realizadas por el Fondo Ruso de Inversión Directa (RDIF)

Pruebas de la vacuna contra el coronavirus realizadas por el Fondo Ruso de Inversión Directa (RDIF). Foto: Archivo

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María Carvajal
Editora (O)
mcarvajal@elcomercio.com

Si se toma en cuenta la definición hecha hace exactamente un año por la cadena alemana Deutsche Welle, el mundo presencia algo muy parecido a una nueva carrera armamentista. Es decir, según reseña su portal, una “circunstancia donde dos grupos opuestos toman sucesivamente medidas y contramedidas, uno respondiendo al otro”.

Solamente que esta vez no estamos frente a algo como la Guerra Fría, que fue un enfrentamiento que involucró hasta el ámbito deportivo desde 1945 hasta la desintegración del bloque comunista del este de Europa. Y los actores no son dos, uno a cada lado del Atlántico, más bien es una lucha a la que se une todo el que puede, eso sí, intentando demostrar que es el que lo está haciendo mejor.

El enemigo a vencer: un virus que puso al planeta de cabeza y hasta el viernes había causado la muerte de al menos 793 847 personas y amenaza con sumir en la pobreza extrema a 100 millones de seres humanos.

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como los más respetados miembros de la comunidad científica internacional han coincidido en que, debido a sus características, la forma más segura de convivir con el SARS-CoV2 es una vacuna que otorgue inmunidad. En circunstancias normales, para garantizar su efectividad e inocuidad en la salud de quienes la reciban se requerirían al menos 10 años, con cinco fases antes de su fabricación masiva, según la explicación del Foro Económico Mundial. Lo usual en el camino es que el tiempo y las distintas pruebas clínicas sean un filtro para encontrar la fórmula más adecuada.

Pero las cifras globales de brotes y rebrotes, desempleo y, por qué no decirlo, malestar social que acaparan cada día los titulares no dan tiempo para una carrera de resistencia tan larga. Y cuando las agencias internacionales de noticias publican sobre una potencial vacuna que está en fase 3, con pruebas clínicas en humanos y miles de voluntarios participando en ellas, aumenta la sensación de que estamos frente a una competencia tan vertiginosa como la de los 100 metros planos.

En medio de los aplausos a iniciativas como el mecanismo Covax Facility, que aspira a garantizar un acceso rápido, justo y equitativo a las vacunas contra el covid-19 en todo el mundo, empiezan a resonar las voces que no dudan en calificar este período de la historia como el de ‘mayor juego geopolítico’.

Una de ellas es la de Suerie Moon, coordinadora del Instituto Ginebra de Salud Global, quien explica para el portal web politico.eu que cada vez que el presidente ruso Vladimir Putin o su homólogo estadounidense Donald Trump hablan de los avances en los experimentos en su país o de los millones de dosis que ya han encargado de tal o cual vacuna, están muy conscientes de que se refieren a un estratégico recurso comparable solo con el armamento militar.

Como es imposible que, durante el primer año en que una de estas inmunizaciones esté lista, haya dosis suficientes para todos, tenerlas aseguradas es una oportunidad de oro para fortalecer las alianzas de un país y afianzar su poder de influencia y prestigio, agrega Moon. Y no cabe ninguna duda de que quien más pronto logre que sus votantes puedan llenar bares y espectáculos masivos dejando la mascarilla en casa afianzará su poder.

Ahí es donde Richard N. Haass advirtió en su artículo para Project Syndicate a finales de julio que uno de los grandes peligros en este punto del partido es el ‘nacionalismo de las vacunas’. A Covax Facility, afirma, le falta un adecuado financiamiento, además de que no cuenta con el apoyo de Washington y Pekín y tampoco tiene una autoridad clara.

Por supuesto, los gobiernos de los países más poderosos están obligados a cuidar primero del bienestar de sus propios ciudadanos, así que el multilateralismo aplicado a la inmunización contra la nueva cepa del coronavirus puede quedar en un segundo plano.

El último recuento del rastreador de vacunas de The New York Times, actualizado hace dos días, da cuenta de dos vacunas aprobadas para un uso temprano o limitado y ocho que están en fase 3, realizando pruebas humanas a gran escala. Pero el apuro por reactivar la economía mundial y ratificar la posición de cada potencia en el mapa geopolítico ha motivado, tal como recoge The Washington Post, a invertir ingentes cantidades de dinero en investigaciones cuyo éxito aún es incierto.

Paradójicamente, convertir la salida a este problema mundial en un asunto de orgullo nacional -no por nada Moscú bautizó a su proyecto de vacuna como la nave que lo puso adelante en la carrera espacial- puede jugar en contra de la lucha contra la pandemia. La OMS ya admitió el año pasado que el movimiento antivacunas alcanza las dimensiones de un problema de salud pública, y basta con echar un vistazo en las redes sociales para apreciar cómo el confinamiento ayudó a alimentar teorías conspirativas respecto a ocultos intereses de implantar un ‘nuevo orden mundial’ que aumentan las dudas entre una ya bastante abrumada población.

El ya conocido segmento para quedar bien en la próxima sobremesa de los análisis de la revista Time no podía resumir de mejor forma el futuro de esta carrera de velocidad que se corre en los laboratorios y las bolsas de valores. Respecto al nacionalismo de las vacunas, Ian Bremmer puntualiza que lo peor que puede pasar a un planeta con 22,5 millones de contagiados es que ninguna de las vacunas funcione, o que la que funcione sea producida por un país que tenga problemas con otro. O que finalmente aparezca una inmunización que sirva, pero que la gente sienta desconfianza de aplicársela. “Ese dicho de que el remedio es peor que la enfermedad también aplica a la geopolítica”, concluye.

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