1 de septiembre de 2019 00:00

Cualquiera puede ser un abusador

Gabriela Calvache, en el interior de un café ubicado cerca al parque Central de Cumbayá. Ella habla sobre los diferentes tipos de violencia. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO.

Gabriela Calvache, en el interior de un café ubicado cerca al parque Central de Cumbayá. Ella habla sobre los diferentes tipos de violencia. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO.

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Gabriel Flores

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Abusar de los otros se ha convertido en una de las prácticas sociales más naturales de la sociedad. Esto llamó la atención de Gabriela Calvache, quien durante más de un lustro se dedicó a investigar los abusos que sufren las mujeres que son víctimas de trata de personas, una problemática que aborda en ‘La mala noche’, su primer largometraje. En esta entrevista, la cineasta ecuatoriana profundiza en las reflexiones sobre este tema.

¿Qué es lo primero que piensa cuando escucha la palabra abuso?
Lo primero que pienso es en la infancia. A raíz de la investigación que hice para mi película, fui descubriendo lo que había detrás de la trata de personas. Hablando con mujeres y clientes y leyendo los artículos publicados por la periodista mexicana Lydia Cacho entendí que los victimarios son personas que, sobre todo, sufrieron abuso en su infancia. Hay muchísimo abuso a los niños y creo que eso tiene que ver con la naturalización de la violencia infantil. Si ahora vemos que una mujer es agredida por un hombre te aseguro que hay alguien que sale en su defensa. Pensemos qué pasa si vemos a un padre o madre pegando a su hijo. Sería muy extraño que alguien salga a defenderlo.

¿Por qué a la sociedad actual le cuesta reconocer que el hogar también se puede convertir en un espacio de abuso?
Porque la mayoría de adultos en algún momento fue víctima de abuso y violencia. Lo ideal sería que cortemos ese círculo. Eso implica que la actual generación de adultos tome la decisión de asumir su vida de otra forma. Si a ti te pegaron cuando eras niño, no tienes por qué pegar ahora que eres adulto. Es obvio que no todas las personas han vivido una infancia llena de abusos. Hay personas que sí han recibido contención, respeto y cariño, pero muchos no. Los que no fuimos abusados estamos en la obligación de trabajar por los que sí lo fueron. No estoy hablando solo de ayudar a las mujeres que tuvieron que pasar por casos de trata, sino a las personas que están a nuestro lado, a nuestra pareja o a nuestro compañero de trabajo.

Hay abusos que se han vuelto más mediáticos, como el sexual o social, pero hay otros que son más sutiles, ¿cuáles se le ocurren?
Vuelvo a la infancia, por ejemplo retar y humillar a un niño frente a los demás, o no permitirle tomar sus propias decisiones. En el caso de las mujeres está lo que pueden o no hacer en la vida profesional. En el cine es raro que una mujer se convierta en directora de foto o en el mundo de la publicidad sea la directora. También está la persona casada que no puede salir con sus amigos sin que su reputación siempre esté en juego, por el simple hecho de ser mujer. Me parece que son ejemplos de abusos sutiles de los que no hablamos.

¿Hay una conexión entre el abuso y la idea de superioridad que quieren proyectar algunas personas?
El abuso y las ansias de poder siempre están relacionados y es algo que avalamos a causa de las convenciones sociales. En una sociedad de derechos, los abusos no deberían tener cabida. El problema es que el profesor abusa del alumno, el padre de su hijo, el esposo de la esposa o viceversa y el juez o el presidente siempre quieren estar por encima de los demás. El abusador está convencido de que si abusa de otro no le va a pasar nada; si no pensemos en el escaso número de personas que están presas por abusar de niños. Otro de los problemas es que la sociedad tiende a creer en el abusador y no en el abusado.

¿Entre los diferentes tipos de abusos que existen en la sociedad para usted cuál es el más nocivo?
Si pensamos en la sociedad ecuatoriana, para mí el abuso más nocivo es el de clase. La sociedad ecuatoriana es infinitamente racista y clasista. Insultar al otro diciéndole indio o longo es una forma muy clara de cómo usamos el lenguaje para abusar del otro. Este tipo de abuso lo he vivido a lo largo de mi vida, por ser una mujer de provincia. Ha sido algo muy sutil incluso en las esferas culturales, donde yo soy la cholita. Lo más duro en mi carrera ha sido, precisamente, ser la cholita que triunfa y a la que le va bien. Imagínate cómo debe ser vivir en este país para un indígena. Ahí hay un abuso sobre nuestra historia y nuestra identidad. A esta realidad yo le sumaría el abuso infantil, que es una problemática que está presente a escala mundial.

¿Cómo retrataría a un abusador?
Creo que es importante tener claro que un abusador no solo es la persona que está metida en una mafia de trata de personas. Un abusador puede ser cualquiera: un profesor, un colega de trabajo, un cineasta, un periodista, un amigo, un familiar. Después de todas las investigaciones que hice, lo retrataría como alguien cuya infancia fue dañada. Alguien que no es capaz de diferenciar entre el derecho de los otros y los límites que uno debe tener sobre esos derechos.

¿Qué tan difícil es reconocerse como una persona abusada?
Definitivamente es muy difícil reconocerse como una persona abusada. Una de las cosas más complejas para la gente que trabaja con temas de trata de personas es la identificación de las víctimas, porque muchas veces no quieren asumir que lo son. Una víctima de trata puede ser traficada por sus padres, otros pueden ser traficados por sus parejas. Asumir que eres una víctima de cualquier tipo de abuso también tiene que ver con asumir que te equivocaste, que caíste en una trampa. Un dato revelador que encontré en las investigaciones que realicé es que las mujeres tienden más a contar si han sido abusadas, algo que en los hombres no pasa con frecuencia. El hombre que ha sido abusado lo tiene más difícil, en el sentido que es más complejo que lo verbalice.

¿El abuso físico siempre viene acompañado de un abuso simbólico?
El abuso físico, que se ejerce sobre una persona en concreto, al igual que los abusos simbólicos son cosas que están naturalizadas. La sociedad siempre está creando estereotipos que permiten que los abusos se generen en todas partes. Por ejemplo, está la chica con minifalda que en nuestras sociedades muchas veces entra en el estereotipo de mujer fácil a la que se le puede violar o matar. No soy académica, pero eso es lo que siento y percibo en la vida cotidiana. Para mí el juego del lenguaje corporal es poderoso. Como cineasta sé que desde la mirada también se pueden generar abusos. Pensemos qué pasa en el momento en el que no miramos a alguien mientras le hablamos. A mí me sorprendió mucho cuando estaba estudiando en España el hecho de poder mirarme de tú a tú con muchos compatriotas a los que nunca había visto así.

¿Qué pasa cuando una persona abusada se convierte en abusador?
Cuando el abusado se convierte en abusador no está rompiendo el círculo de la violencia. Creo que como sociedad podemos vivir en una república, pero en relación con la forma en la pensamos siento que no hemos salido de la mentalidad feudalista y colonialista. No creemos en la sociedad de derechos sino en el caudillismo. Creo que la esencia humana tiende a vivir en comunidad y trabajar por el bien común, pero pasan cosas en la infancia de las personas donde todo se trastoca.

¿A qué está condenada una sociedad llena de abusivos?
Una sociedad llena de abusivos está condenada a vivir muchos tipos de violencia: la verbal, la física, la de clase, la económica y hasta la ambiental. Finalmente, un abusivo es una persona egoísta, alguien que no piensa en los derechos que tiene el otro.

¿Cambió su visión del abuso luego de filmar ‘La mala noche’?
Sí, me di cuenta de que estamos acostumbrados al abuso infantil y no estoy hablando de los niños que están en las calles sino del sobrino al que el papá le pega, o del hermano al que la mamá le dice que es tonto. Los adultos sentimos poder sobre los niños y solo por ese hecho creemos que tenemos derecho de abusar de ellos. 

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