23 de diciembre de 2018 00:00

50 años de traición al canon borgeano

En 1968 se publicó ‘La traición de Rita Hayworth’, de Manuel Puig. La novela desconcertó con su ruptura estilo Pop Art.

En 1968 se publicó ‘La traición de Rita Hayworth’, de Manuel Puig. La novela desconcertó con su ruptura estilo Pop Art.

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Santiago Estrella

No sería una mala idea imaginar cómo recibieron los lectores, hace 50 años, la primera novela de Manuel Puig: ‘La traición de Rita Hayworth’. La literatura argentina y también latinoamericana ya estaba viviendo bajo la centralidad de Jorge Luis Borges.

La tradición literaria era -y seguramente todavía lo sea- especulativa, conceptual, que se inicia de algún modo con Macedonio Fernández, por los usos que da a la ficción, y continúa con el mismo Borges, Julio Cortázar, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, David Viñas, por mencionar algunos que son considerados parte del canon argentino.

Es, en sí, una literatura que “ofrece una biblioteca”, como dice la crítica Beatriz Sarlo. Borges estaba consolidado en esa tradición del Río de la Plata, que, según Piglia, inventó dos subgéneros: la gauchesca y la fantástica.

Lo que se consideraba antes literatura fantástica, cita Piglia al crítico estadounidense Leslie Fielder en sus clases televisivas sobre Borges, es aquello que existía “entre el fin de la religión y el comienzo del psicoanálisis”.

El mismo Cortázar sostenía que no le interesaban las narraciones extraordinarias al estilo H. P. Lovecraft, de vampiros y arañas que trepan las paredes, sino las que surgen de las cosas cotidianas.

En los años 60 y no sin cierta dificultad, Borges comenzaba a ocupar la centralidad que ahora es incuestionable. Criticado por muchos por su carácter extranjerizante y poco argentino (concepción afortunadamente ya desechada), lo cierto es que lo mejor de la narrativa argentina que continuó no pudo hacerse sin él. Sin su literatura no habría Walsh ni Cortázar ni Piglia (una exageración necesaria).

Pero toda literatura de la modernidad requiere romper la tradición. Y hubo escritores que trataron de escribir después de Borges para inaugurar -quizás- una nueva tradición. Y los nombres que significan un cambio son Juan José Saer y, sobre todo, Manuel Puig. Y los dos tuvieron que soportar ediciones pequeñas o rechazos iniciales para ahora colocarse en el lugar de referentes.

‘La traición de Rita Hayworth’ apareció en 1968. En 1965, participó en el Premio Seix Barral, pero no ganó. Quedó como finalista. La novela que se llevó el premio fue ‘Últimas tardes con Teresa’, del español Juan Marsé. Y el editor Carlos Barral, quien ya tenía en su hoja de vida el haber desechado ‘Cien años de Soledad’, de Gabriel García Márquez, tuvo siempre resistencia a publicarla. Lo que contenía esta novela era algo que no se había visto antes porque, como dice el escritor Alan Pauls, tomó los elementos que los escritores mayoritariamente habían desechado.

Tuvo que ser el editor Jorge Álvarez, uno de los más importantes de Argentina, promotor de literaturas que difícilmente habrían conseguido una publicación, quien se atrevió a lanzar ‘La traición de Rita Hayworth’.

Los lectores y muchos escritores (Cortázar, por ejemplo) no entendieron y hasta despreciaron la novela. Desconcertó. De esa literatura de inteligencia, de enciclopedias, de lectores que replican en la vida real lo que están leyendo, de novelas que son una suma de prólogos, de ficciones que invaden la realidad, de pronto apareció de General Villegas, un pueblito del interior de la provincia de Buenos Aires, un autor que escribía de películas, folletines, telenovelas, revistas de la farándula, melodramas. En resumen: de lo banal.

La crítica Graciela Speranza lo asocia con las intervenciones propias del pop art que en los años sesenta se llevaban a cabo con el uso de los materiales desechados por los demás.

‘La traición de Rita Hayworth’ revela la tensión de un niño, Toto, con la realidad de un pueblo de paisaje nulo del interior de la provincia de Buenos Aires, Coronel Vallejos.

Es un niño desencajado entre la dualidad feminidad-masculinidad, violencia-erotismo y en donde toda escena de la vida tiene su paralelo en las cintas de celuloides y la biografía de las estrellas de Hollywood como anhelo de vida.

Toto descubre su cuerpo, con cierto pudor y vergüenza; la sexualidad, con cierto asco y dolor: jóvenes seducidas y abandonadas por el hombre que seduce y abandona como esencia de su masculinidad; la persecución psicológica de los pecados mortales, y las fantasías sexuales.

Y todo esto es contado por un niño chismoso al que –y esto es quizá uno de sus mayores encantos- difícilmente se le puede creer del todo. Puig coloca al lector en el lugar de la duda a diferencia de otros relatos cuyo narrador es –a veces debe ser- creíble, incluso cuando cuenta cosas inverosímiles.

Pero no solo es el material de ficción lo que hará de Puig algo interesante, sino sus procedimientos. Apasionado por el cine, quiso ser guionista, pero los textos que iba elaborando no eran funcionales para los rigores de una cinta.

Fue juntando ese material con intervenciones narrativas: cartas, recortes de periódicos y revistas, y sobre todos unos diálogos extraordinarios, en los que no son necesarias las frases de uno de los dos contertulios: basta la imaginación del lector para entender plenamente unos parlamentos que solo tienen guiones y silencios.

Lo interesante de Puig con ‘La Traición de Rita Hayworth’ y las novelas que la seguirán (‘Boquitas Pintadas’, ‘The Buenos Aires Affair’ o su celebrada ‘El beso de la mujer araña’, entre otras) es que su intervención en la tradición literaria argentina, y que lo convierte en el “primer posborgeano” no responde, como dice Beatriz Sarlo, a un programa previamente elaborado ni a una intencionalidad obvia como los tuvieron Borges y Oliverio Girondo.

“No tenía el perfil de escritor de intervenir de ese modo, lo que no quiere decir que no haya intervenido”, dice. Además, como dirá la misma Sarlo, Puig -como tampoco lo hará Juan José Saer, otro de los posborgeanos- no quiere aparecer como inteligente con una biblioteca a cuestas en sus narraciones.

Y quizá sea por eso que los 50 años del aparecimiento de una novela monumental como ‘La traición de Rita Hayworth’ hayan pasado casi desapercibido: no hay ediciones conmemorativas ni encuentros para discutir la vigencia o no de Puig, el primer escritor no borgeano, el que no se quiso colocar dentro de una centralidad existente para crear otra, en la que seguramente entran muy pocos.

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