Tema

diego pérez ordóñez

Jethro Tull al cubo

En Jethro Tull –una de las bandas más fascinantes de todos los tiempos- se juntan, quizá de forma única e irrepetible, una anormal amalgama del blues, de música folclórica celta y el rock sinfónico/progresivo tan característico de los años setenta. Así, el señuelo de este grupo reside en su facilidad para poner hitos en mundos aparentemente distintos, en cruzar fronteras y ríos con rapidez y eficacia y en hacerlo con altura y sofisticación. Siempre se puede argumentar que Jethro Tull nunca estuvo en la misma categoría que sus contemporáneos (los Rolling Stones, los Beatles, Pink Floyd o Led Zeppelin), pero de todas maneras su alma iconoclasta es su más grande factor de distinción. También se puede sostener que su música es pomposa, exagerada y excesiva y que su carrera discográfica ha sido irregular. Es muy posible, dentro de esta lógica, que Jethro Tull esté en una clase por sí misma, por su carácter único y diferenciador: pónganse a pensar por unos momentos, que hablamos de una banda

Tiempos radicales

Pa samos por tiempos radicales, por tiempos de extremos. Vivimos en tiempos de poca tolerancia, de irrespeto por la opinión ajena, de indiferencia ante las posiciones políticas que no sean exageradas, de adhesión, todo parece indicarlo, incondicional, a los discursos de barricada. Al parecer ya no hay cabida para las posiciones moderadas o para la reflexión independiente. Según parece, no hay espacio para el pensamiento alternativo, para las posturas críticas o siquiera para la reflexión analítica que no signifique alinearse con el proyecto político en boga o con la inexistente oposición. Se vive en épocas de cierta asfixia, de sofoco por el discurso político, de exageración en las ideas. En realidad son tiempos fértiles para los extremistas, épocas de vacas gordas para los fundamentalistas de cualquier tendencia, signo o pelaje.

La ética populista

En la ética populista el gobierno es el único depositario de los designios populares y, por tanto, solitario custodio y fiduciario de la verdad suprema. En la ética populista el Estado tutela a sus propios ciudadanos: decide qué debemos ver en la televisión, qué es conveniente que leamos, qué debemos pensar y cómo debemos expresarnos, por razones superiores y de orden público. En la ética populista el poder prevalece sobre el ciudadano y siempre tiene la razón, el poder es siempre supremo y no responde ni rinde cuentas a nadie, porque el poder es la voz del pueblo y nadie ni nada pueden estar por sobre el pueblo.

La pluma y la espada

Las relaciones entre la prensa y el poder son (siempre han sido) de ida y vuelta, de conveniencia y de incomodidad a un tiempo. El poder necesita a la prensa para encontrar un enemigo fácil, para poder relativizar la verdad y para tratar de controlar la realidad (cosa bastante imposible, por cierto). La prensa necesita al poder para ayudar a escribir el guión de la ópera bufa de la política, para poner su parte en la concepción de la política como pasatiempo. Sería inconcebible un día sin políticos en la primera página de los periódicos: los políticos tendrían que echarse en el diván del psiquiatra y pedir importantes dosis de ansiolíticos. Sería increíble el día en que nos abstraigamos de la política, en que dejemos de hablar de candidatos, encuestas, asambleístas y presidentes.

República publicitaria

Ha llegado el día aquel en que la política no se entiende sin publicidad oficial. Es más, la publicidad se ha convertido en el eje mismo de buena parte de la vida ecuatoriana y ha remplazado, lastimosamente, a lo más importante de la política: al debate y a la deliberación.

Ilusión de una épica

Las revoluciones plebiscitarias encuentran su peculiar fundamento en la épica, es decir en la presentación (o en la representación, en el sentido teatral) de grandes gestas, de grandes empresas políticas, por lo general utópicas y revestidas de heroísmo. Necesitan nutrirse, y hacernos espectadores mudos y pasivos, de dramones, de culebrones que nos mantengan en vilo, que nos tengan pegados al televisor, que nos enchufen a la radio, que nos hagan buscar el periódico. Así, los líderes revolucionarios, que se suceden inevitablemente en la historia crónica (como si se tratara de una condena del destino) luchan contra dragones y criaturas imaginarias, denuncian y se suben al ring con lejanos imperios que ni siquiera se molestan en saber de su existencia (me refiero a la existencia del líder). Así también la épica revolucionaria necesita de enemigos permanentes contra los que apuntar sus dardos envenenados -en términos pugilísticos, “sparrings”- objetivos políticos automáticamente impopulare

De aquí a unos años

De aquí a unos años tendremos que buscar en los diccionarios el sentido de la palabra consenso. Nos veremos obligados a desempolvar la idea misma del diálogo político como vehículo para los acuerdos, como forma relativamente civilizada de hacer política.

La cofradía del silencio

Nunca una sociedad en silencio, amordazada por el propio poder político, ha sido ni puede ser democrática. Es más, el silencio y la democracia son conceptos contradictorios y que la mayor parte de las veces se excluyen mutuamente. Es que la vida en democracia exige, como condición necesaria, como factor determinante, la libre circulación de ideas –sin represalias, sin amenazas, sin consecuencias desde “las altas esferas”- la posibilidad lícita y práctica de disentir y de proponer visiones distintas, la capacidad de alzar la voz de vez en cuando y si fuera necesario, y el ejercicio de la protesta y del pataleo como formas de expresión.

Alacrán en la bragueta

A primera vista, y por ahora, los resultados de la aventura Assange parecen positivos para el régimen. El episodio, al que Ecuador entró por la ventana y sin tener nada que ver, le permite al Gobierno dominar -como siempre- la escena mediática y evitar que se discuta sobre los verdaderos problemas del país: la masiva falsificación de firmas en la inscripción de los partidos políticos y de los movimientos (incluyendo, pero sin limitarse a la ineficacia de la autoridad electoral), en un episodio que empequeñece a los antiguos trucos de la vieja partidocracia. Al Régimen le permite también meter debajo de la alfombra la inoperancia de la Función Legislativa (que no es precisamente independiente o deliberante), la dudosa reestructuración de la justicia, el siempre preocupante tema de la seguridad y el espléndido aislamiento ecuatoriano en materia de relaciones internacionales.

Lima, la brumosa

Lima en agosto, mes de neblinas, celajes y lloviznas. Tres mujeres de mediana edad, artificialmente bronceadas, entran a uno de los restaurantes de moda, se acoderan en la barra y piden chilcanos –un coctel de pisco, jugo de limón, “ginger ale” y angostura, principalmente. Mientras tanto, un viejo patricio de aspiraciones condales, traje de tres piezas, bufanda y bastón sube las escaleras del apergaminado Club Nacional, antojado de algo dulce y con lúcuma. No muy lejos un grupo de turistas gringos recorre las galerías y los estantes del museo Larco Herrera: se maravillan con los huacos eróticos y hacen planes para comer tiraditos, arroz con pato y unas cervezas.

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