Tema

diego pérez ordóñez

Vintage 1972

En la edición del 29 de junio de 1972 este periódico les contó a sus lectores sobre la llegada del primer barril de petróleo a Quito. Debe haber sido todo un acontecimiento. Al parecer la ocasión ameritó mucha pompa y circunstancia y la ya clásica trilogía: patria, desfile y dignidad.

Revolución y restauración

Por lo general las revoluciones son de rompimiento y de disolución. Rompimiento con el viejo orden, reemplazo del antiguo régimen por uno mejor y más libre (o, al menos, con la ilusión de uno mejor), que trastoque los moldes, que traiga nuevos días, que independice a los ciudadanos de la vieja cincha, que perturbe la calma y mueva las aguas. Disolución de la añeja e impresentable lógica, reemplazo de lo anterior con todo lo nuevo: nuevas palabras, nuevas ideas, nuevas personas. Novedad absoluta. Por lo general también las revoluciones producen fervor evangélico entre sus seguidores, que suelen creer a pie juntillas en verdades absolutas e indiscutibles. Discutir, de hecho, es vivir en el error. Dudar, vivir en el temor.

Alzheimer histórico

¿Será posible argumentar que, como sociedad, padecemos una especie de alzheimer histórico, una suerte de degeneración de nuestras facultades de conocimiento, que sufrimos con frecuencia trastornos de conducta? ¿Será por eso que a veces amamos con ardor turbulento a nuestros caudillos y líderes (las más de las veces temporales y coyunturales), para después de poco francamente odiarlos, denigrarlos, achacarles todas las culpas de todos los males de la tierra? ¿Será esta la razón por la que, a pesar de proclamarnos demócratas, de amenazar con tomarnos las calles a la menor provocación y casi con cualquier excusa (por lo menos antes de los tiempos del silencio y de mirar para otro lado), de indignarnos con lo aparentemente superficial y trivial, de anunciarnos como forajidos, preferimos la mano dura a la tolerancia, el agravio al argumento, la turba a la individualidad, el subsidio a la iniciativa? ¿Será por esta dolencia -exagero con fines de opinar, por supuesto- que nos acomodamos con f

La costra

Quizá lo único más sombrío que un régimen autoritario -hipotética e históricamente hablando, claro- puede ser una ciudadanía que le dé su aval, que se acomode a los arbitrariedades y a la dominación, que hasta cierto punto admire (incluso a veces dientes para afuera) el uso de la fuerza y de la intimidación como herramientas políticas, con argumentos como el ya conocido de ya era hora de que venga alguien a poner mano dura, como lo que vale es todo lo práctico y a nadie le importa la filosofía y asuntos como el republicanismo y la democracia. Aunque la historia esté llena de ejemplos de regímenes de fuerza, aunque incluso en los países que alardean (dudosamente) de ser modelos del nacimiento de la democracia se violen a diario las más elementales reglas de convivencia pacífica y de privacidad, siempre resulta triste que los propios ciudadanos miren para otro lado, simulen distraerse en las vitrinas con mercadería nueva e importada, entretenerse en los cajeros automáticos o fijar la mir

Lo bueno, lo malo, lo feo

Lo bueno: la mayor y decidida presencia del Estado para intentar corregir desigualdades y para aplicar medidas sociales de largo plazo, la concienciación de que la injusticia social y la marginación son antídotos contra cualquier proyecto republicano que se precie, el aumento y la preponderancia de mujeres y de jóvenes en importantes puestos de la administración pública, por supuesto y con aplausos: la píldora del día después, el dinamismo y la casi siempre rápida decisión en las políticas, la construcción de infraestructura con algo de perspectiva, la disidencia con muchas ideas viejas, el afianzamiento de los procesos gubernamentales, el liderazgo electrizante, algunos intentos de crear integración regional (aunque con bemoles políticos), la antes criticada estabilidad (aunque derivada de los miedos).

Ni Adán ni Eva

Los argumentos para defender que dos personas del mismo sexo puedan casarse válidamente son muchos, son muy poderosos y son jurídicos, políticos y éticos.

Jefferson el esteta

Sentarse a conversar toda la tarde con Thomas Jefferson. Charlar largamente y sin apuro sobre los aspectos artísticos del diseño, acerca de sus preferencias y consejos en vinos, respecto de sus recomendaciones sobre cómo poner en práctica una constitución, o sobre los trucos y secretos de la diplomacia de calibre. Sentarse a hablar con el alto auspicio de un par de copas de oporto.

Desilusiones

oplan ciertos vientos de optimismo. Se siente una especie de certeza económica renovada en el ambiente. Se cree que podrían venir tiempos de cierta y moderada apertura, de celebración de tratados de libre comercio –disfrácenlos como quieran, tratados de complementación económica, tratados de lo que sea- tiempos de cauto y recatado regreso a los mercados internacionales (a pesar de que la deuda externa anterior, no la actual, era ilegítima e inmoral) y de emisión de papeles. En fin, de cuestiones más propias de la denigrada Wall Street que de nuestros hermosos y amplios bulevares. Los empresarios desempolvan de los cajones los estados de pérdidas y ganancias, le sacan brillo a los balances. Los economistas ponen a punto las calculadoras, hacen cómputos y conjeturas. Acá es cuando la película empieza a dañarse. Se le atribuye al político inglés sir Robert Walpole (del siglo XVIII) la frase de “Let sleeping dogs lie”, algo así como “deja echados a los perros que duermen”. Más que un afori

Callos a la criolla

Barril a barril, dólar a dólar, cuota a cuota, por fin parece que estamos llegando a un estado de cómodo letargo y acostumbramiento con el sistema. Nos hacemos a la idea, también, de mirar para el otro lado, de procurar no meternos en problemas, de pensar seriamente en ofrecer la otra mejilla si fuera necesario. Cuidamos cada palabra, medimos cada idea y tasamos cada expresión para evitar, de ser posible, las disculpas públicas, la degradación desde las alturas, la lapidación oficial, lo que los políticos (cuando quieren parecer serios y responsables, alguna vez) llaman "todo el peso de la ley". Las noticias están llenas de palabras que buscan salvar los muebles en caso de problemas con la justicia: presunto, supuesto, alegado… Los noticieros, de noticias vacías y aburridas. Con cada elección, con cada campaña electoral perpetua y permanente, van ganando terreno, a grandes trancos y zarpazos, el silencio, el temor, las miradas gachas, los susurros y las opiniones timoratas y a media vo

Hagamos un trío

En el caso de la banda canadiense Rush -hace poco aceptada al Salón de la Fama del Rock- se funden dos características que la hacen uno de los más grandes grupos de todos los tiempos: por un lado su autoridad como trío y en la otra vertiente haber llevado su música a las límites mismos del virtuosismo y de la complejidad. Es que en Rush se dan la mano la solidez y el funcionamiento de reloj suizo que solo pueden alcanzar los músicos bien cohesionados y los proyectos con ambición de trascendencia. En términos de vinos y manjares, Rush es el maridaje perfecto entre el rock de altos voltios, la maestría (individual y en conjunto) de sus tres miembros y el apetito (por suerte realizado) de crear un sonido único, a medio camino entre la dureza, la pesadez y lo sinfónico, una amalgama entre lo compacto y lo progresivo. En pocas palabras, un sonido que no deja zonas grises, en el que todas las tuercas y los tornillos están perfectamente ajustados, en el que no hay espacio para fisuras de natu

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