Moda de Ecuador con propósito se exhibió en Colombia…
Podcast: Entérese con EL COMERCIO, 28 de julio del 2021
Ausencia de Freddy Carrión causa disputa en dos organismos
Chicos de 16 a 18 se vacunan y analizan volver a las aulas
Los jóvenes acudieron a Quinindé, Esmeraldas, para vacunarse
Vicealcaldía evidenció división en el Concejo Metrop…
Arroceros piden medidas adicionales a alza de precios
Comandante de la Fuerza Aérea Ecuatoriana: ‘Este año…

Mónica, entre el arbitraje y su función de mamá

Carmita, de 13 años, Mónica Amboya (centro), y Katia, de 20, en la Unidad Educativa Jefferson, en Riobamba. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Mónica Amboya aparenta ser una mujer de hierro. No sonríe cuando está trabajando en los estadios, durante los partidos de fútbol.

La árbitra, asistente de línea, no permite que ningún futbolista se acerque ni se ponga frente a ella a reclamarle.

Tiene un carácter explosivo. Se enoja fácilmente en el momento en que algún jugador refuta sus decisiones en la cancha o le dice algo indebido.

Esa fría y rígida imagen de autoridad del deporte cambia cuando la riobambeña, de 39 años, camina por los pasillos de la Unidad Educativa Jefferson, en Riobamba. Allí es docente de matemáticas de 120 infantes, de cuarto a séptimo año de educación básica.

‘Doña Moni’, como le dicen los guardias, los profesores, las autoridades del establecimiento y sus amigos, es querida y admirada por su carrera como docente y por su pasión por el arbitraje.

En su juventud fue atleta y se ganó una beca para estudiar en esa institución. Allí se graduó, empezó su carrera como docente. Fue tres años auxiliar, y ahora es una de las catedráticas más respetadas en la enseñanza de los números.

Sumar, restar, multiplicar y dividir es uno de sus fuertes. Emocionada, hace las cuentas y dice que lleva 24 años en el arbitraje. Gracias a su profesión ha llenado los pasaportes con sellos de los países que ha visitado.

Parada sobre una borrosa línea, en la cancha de la unidad educativa, hace una pausa para contar algunos capítulos de su vida como mamá de Katia, de 20 años, y Carmita, de 13.

La robusta imagen de una árbitra estricta se congela y la mirada se desvía a otro lado, mientras cuenta que por su pasión y la profesión del arbitraje no pudo estar junto a Katia, su primera hija, cuando fue abanderada del Pabellón Nacional.

Guarda un silencio conmovedor. “Fue duro no poder estar con ella. Con mi primer compromiso también me ocurrió algo parecido. La persona que era mi pareja me dijo: el arbitraje o tu familia”, narra con una mezcla de sentimientos.

Se pone fuerte y dice que valió la pena llegar a codearse con la élite del referato mundial, aunque enseguida también se acuerda de otro momento triste en su vida.

Cuando estaba en el Mundial Sub 17 de Brasil, en el 2019, recibió una llamada que le partió el corazón. A través del teléfono le contaron que Katia, su hija, decidió abandonar la casa de mamá y empezar una vida sola.

Carmita, la segunda hija -en su segundo matrimonio- se convirtió en el combustible que necesitaba para seguir corriendo por las líneas de cal en los estadios nacionales e internacionales.

La adolescente siguió los pasos de mamá. Incursionó en el atletismo. Marchaba bien hasta que llegó la pandemia y se suspendieron los entrenamientos. Ahora, Amboya y su hija se pusieron de acuerdo para buscar un curso de arbitraje.

El diálogo fluye hasta cuando llegan a la cancha las dos hijas para posar en las fotos, el último jueves, en Riobamba. Allí, Amboya se emociona al ver a sus hijas juntas. Carmita se muestra más extrovertida al entregar la banderola y una camiseta de árbitra que utiliza en los entrenamientos.

Bromea y dice que van a correr por la cancha como si fueran futbolistas. Ella sabe cómo es su mamá, porque cada fin de semana está pendiente de los partidos en los que participa.

“En la vida aprendimos que es el tiempo de calidad el que cuenta. Todos los días es el Día de la Mujer. Todos los días es el Día de la Madre”, dice Amboya, convencida de que sus padres, José y Margarita Soque, también aprendieron a convivir con su profesión.

Amboya es una mujer 24/7. A diario se levanta temprano para desayunar e ir a dar clases en el colegio. Tiene una aula donde se conecta con los alumnos de manera virtual.

Dos días a la semana, por las tardes, tiene capacitación arbitral con instructores, donde revisan videos de los partidos de fútbol y las acciones polémicas de cada jornada.

En su agenda también dedica una hora para clases de inglés. Es un requisito hablar fluidamente para los partidos internacionales.

Una de las curiosas cábalas que tiene Amboya es tomarse una ‘selfie’ con los árbitros. Franklin Congo y Andrés Tola, compañeros en esta actividad, dan fe de que siempre les pide un par de minutos para las fotos, antes de los partidos.

La agenda de Amboya se apretará en las próximas semanas. Debe cumplir los lineamientos de la FIFA porque tiene que viajar a los Juegos Olímpicos de Tokio.

Ese era uno de sus mayores sueños en el arbitraje y se cumplió. Fue convocada para estar en la cita olímpica, pero tiene que rendir pruebas físicas y someterse a PCR permanentes y una serie de exigencias por el covid-19.