Foto: Patricio Terán / EL COMERCIOEvelyn Jácome. Editora
Los niños que viven en la comunidad de El Inga Bajo, junto al relleno sanitario de El Inga, cuentan lo que es vivir junto al lugar donde se da tratamiento a los desperdicios que se generan en Quito. Se quejan, sobre todo, del olor y de los animales.
Miedo. Eso es lo que sienten los niños que viven en El Inga Bajo, la comunidad más cercana al relleno sanitario donde van a parar las 2 200 toneladas de basura al día que produce Quito.
Miedo a que las ratas se metan a sus cuartos, a que las moscas dejen huevos en la comida, a que los gallinazos se animen a picotearlos cuando están jugando en el patio… Miedo a que el olor nauseabundo aumente (como lo ha hecho en los últimos años) y sus papás no los dejen salir a jugar.
En El Inga Bajo, ubicado a una calle del relleno, viven unas 800 personas y cerca de 80 niños. 40 de ellos estudian en la escuela Fiscal Eduardo Kingman.
Es un plantel pequeño ubicado junto a una subestación de transferencia donde una montaña de fierros emite un sonido permanente que genera temor a los visitantes, pero al que los vecinos ya se acostumbraron.
María Canecia, de 39 años, estudió en esa escuela, y sus tres hijos y sobrinos también. Desde su época, los niños pasaban las tardes explorando y jugando en los terrenos baldíos, pero ahora deben lidiar con los problemas que llegaron con el relleno, hace 20 años.
Ahora los gallinazos llegan por decenas, incluso se paran en los techos de algunas casas. Las ratas enormes se comen el maíz, las arvejas y los sembríos. Ella ha matado más de 100 ratas en su casa. Cuando sus hijos encontraban roedores, gritaban, y ella salía con un palo a matarlos.
Para bajar a tomar el bus en la vía principal deben caminar 30 minutos (porque no hay transportación masiva) y sortear a los perros callejeros que llegan a comer en el relleno. La Emgirs va unas dos veces al año a combatir las moscas y ratas, pero los animales regresan.
Jimena Asipuela es una de las seis docentes del plantel y cuenta que allí estudian niños desde los 3 hasta los 12 años.
Los niños de la escuela contaron cómo es vivir junto al lugar donde la basura debería ser dispuesta de manera técnica. Algunos, desde sus casas, pueden ver las montañas de basura y todos se quejaron del mal olor y de los animales. A veces deben dejar de jugar y encerrarse en sus hogares porque la peste es insoportable.
Concentrados, los niños dibujaron moscas enormes, ratas grandes como perro, y sus casas junto a un basurero. También se dibujaron ellos, pero sin sonrisa, si no con las comisuras de los labios hacia abajo, mostrando tristeza.
Pedro Grefa, profesor de la escuela, asegura que es común que los pequeños tengan afecciones respiratorias o problemas en el estómago. Los roedores incluso se han metido a la escuela y deben limpiar las suciedades que dejan en los cajones o se los ve corretear por el patio.
A los pequeños les molesta, sobre todo, el olor. La escuela está ubicada a más de un kilómetro del relleno sanitario, pero el viento hace que la peste inunde el barrio sobre toco en la mañana, cuando llueve y cuando hay neblina.
Le pidieron al Alcalde que por favor haga algo para que no huela tan mal y que se lleve a los roedores. Además, quieren un parque porque no tienen un espacio recreativo para poder jugar en las tardes, luego de la escuela.