2 de July de 2012 00:00

W-1984

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Oscar Vela Descalzo

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La pesadilla recurrente de W arrancaba una tarde luminosa y fría de 1984. W salía a la calle y un rostro enorme lo miraba desde un cartel que decía: El Gran Hermano te vigila. No importaba el lugar al que W se moviera, los ojos dibujados en el cartel siempre le seguían.

Al llegar a su lugar de trabajo, un áspero edificio público en el que funcionaba el Ministerio de la Verdad, leyó con solemnidad, como cada día, las tres consignas del partido: La guerra es la paz / La libertad es la esclavitud / La ignorancia es la fuerza.

Desde su oficina, W seguía atentamente las noticias del día. Su trabajo consistía en modificar las pasadas notas de prensa publicadas en el diario T, adaptándolas a la realidad que el gobierno requería en el presente. Por ejemplo, esta noche W soñaba que debía cambiar una noticia de hace tres meses acerca de la no reducción de la ración de chocolate durante 1984. La reducción efectiva que se acababa de producir en el mes de abril obligó al gobierno a modificar el diario de febrero del mismo año, cuyo ejemplar cayó, como siempre, en el “agujero de la memoria”. De este modo, en el insólito sueño de W, incluso la historia se cambiaba a discreción del poder político bajo el eslogan: “El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”.

W soñaba además que a la hora en punto, como cada día, empezaba en la telepantalla el programa de los Dos Minutos de Odio. Apareció entonces el rostro de EG, enemigo del pueblo, ex colaborador y actual contradictor del gobierno. A lo largo de todo el país, el público vociferó, silbó y lanzó incontenibles exclamaciones de rabia contra aquella imagen distorsionada que, a momentos, en el punto máximo de la exaltación y el odio, empezaba a emitir auténticos balidos ovejunos.

La sórdida pesadilla continuaba con la telepantalla gubernamental siguiendo a W -igual que todos los ciudadanos de aquel Estado- cada instante del día. Incluso sus devaneos amorosos eran escrutados por la Policía del Pensamiento.

Precisamente “el crimen del pensamiento”, era el más grave de todos, una afrenta contra las doctrinas del partido único que podía conducirte, como en efecto, le sucedía a W durante el sueño, a las más espantosas torturas.

Al despertar, una vez más, W se sintió aliviado. Sobre su velador reposaba, cerrada, la novela cumbre de George Orwell: 1984. La había terminado de leer varias semanas atrás, pero, noche tras noche, la antiutopía del estado totalitarista que lo controla todo, desde los actos públicos y visibles de los ciudadanos hasta lo más íntimo de cada uno de ellos, se convertía en una cruel pesadilla de la que no lograba salir. Y es que W cree que la ficción, en ocasiones, traspasa arbitrariamente el umbral de la realidad solo para quitarnos el sueño.

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