Juan Valdano

La visión criolla de la nación

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La valoración de la influencia europea como un factor preponderante que confiere trascendencia a nuestro proceso cultural fue siempre la tesis que sostuvo y defendió la clase criolla y terrateniente.

Fue el pensamiento nuclear que dio sustancia a los períodos en los que rigieron, lo que he llamado, la “cultura de la legitimización” (del siglo XVI a finales del XVIII) y la “cultura de la asimilación” (siglo XIX y primer tercio del XX). Concomitante con ello se minimizó el aporte de los pueblos originarios y afrodescendientes, legado sin el cual nuestra historia quedaría trunca y nuestra sensibilidad empobrecida al momento de marcar el ritmo de los procesos sociales.La generación de 1929 difundió la visión de Ecuador como una nación mestiza cuyo mítico origen se remontaría a las legendarias gestas de la conquista hispánica y a la indómita resistencia de los pueblos conquistados. Mientras un grupo de intelectuales de derecha (Tobar Donoso y Espinosa Pólit), exaltaba los valores de lo español y, con ellos, la predominante acción de la Iglesia como “modeladora de la nación”; otros, como Benjamín Carrión y Pío Jaramillo Alvarado, en la orilla opuesta y desde una ideología de izquierda, rescataban las figuras del mundo indígena, Atahualpa y Rumiñahui entre ellos, valorando así las raíces nativas, la brava insumisión de los pueblos sojuzgados.

En esta atmósfera cargada de simbolismo y nostalgia irrumpió una idea, un discurso forjado en los recintos de la Casa de la Cultura, institución por entonces recién fundada, una suerte de pregón que confería a la nación ecuatoriana un supuesto destino de grandeza a partir de la realización de los valores espirituales del pueblo, sobre todo de su vocación por la cultura. Si bien tal idea tuvo, en su momento, la virtud de aglutinar adhesiones, esta no fue sino una reformulación de un superado arielismo, un consuelo nacionalista para pueblos infelices que se sienten al margen de la Historia, lenitivo con efectos analgésicos destinado a aliviar el pesimismo de nuestras clases medias que, en ese momento, miraban con desilusión el futuro del país.

Por esos mismos años, aquella corriente de pensamiento enmarcada en lo que podríamos denominar humanismo católico y que, desde la fundación de la República había sido la fuente interpretativa de la cultura, se había quedado circunscrita al ámbito de un clero ilustrado y a ciertos intelectuales que permanecían apegados a la tradición escolástica e hispanizante, a la estética clásica y romántica execrando, como era de esperarse, el nuevo arte y la nueva literatura (indigenismo, criollismo) que, de manera desenfadada, incurría en tremendismos y en la mala palabra, aquella que estalla en boca del pueblo. Para Espinosa Pólit, esta degradación del gusto literario se debía al relego de las humanidades clásicas en la educación ecuatoriana.