Dimitri Barreto P.

La violencia sexual y los ‘defensores’ de los hijos

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Sus padres le creyeron. El calzoncillo del pequeño estaba con sangre, su órgano genital desgarrado. ¿Qué ocurrió? “Luis”, el profesor de cultura física de la escuela que debía cuidarlo en Quito, lo ultrajó.

El padre y la madre del niño de 5 años han roto el silencio con un testimonio de la recurrente revictimización a la cual son sometidas víctimas de violencia patriarcal en Ecuador: displicencia de fiscales, acoso en la comunidad (escuela) que protege al agresor, ralentización en la burocracia (educativa). No menos grave: miedo, que ha silenciado a los padres de otras víctimas.

Sí, hay investigadores negligentes, que endosan la culpa a las víctimas, que desconocen de empatía, que no tienen herramientas ni preparación. Si bien Unicef registra que el 15% de casos de abuso sexual a niños se denuncia en Ecuador, apenas el 5% recibe sanción. Impunidad pura y dura.

En ese marco, resulta hipócrita el discurso de los ‘defensores de los hijos’ que prefieren el silencio, a la educación sexual en los colegios, e inventan panfletos para WhatsApp. Sí, ellos que hacen mutis como la omertá frente al abuso de sacerdotes, docentes y más de una sociedad machista: desde enero del 2014 hubo 1 951 casos de abuso sexual en el ámbito educativo (la cifra oficial da cuenta de 1 623 hasta mayo del 2018; sin embargo, en julio el Ministerio de Educación entregó 328 nuevas denuncias a la Fiscalía).

¿Hipócrita? Sí. Su etiqueta de ‘defensores de la niñez’ en realidad sataniza la equidad de género, impostergable en una sociedad laica para erradicar la violencia a la mujer y para sembrar equidad de derechos para todos.

No. Los adultos ya no pueden pasar por alto a los niños. Andrés González Martínez, 12 años, remeció con su voz entre los muros de la Asamblea, frente a los cuadros de Guayasamín, por el Día del Niño. “Miren el mundo desde nuestra estatura”, reclamó, antes de recordar a El Principito, los 41 niños de Aampetra, Emanuel, Valentina, Emilia, Britany, Jonathan. “No somos una fría cifra, tenemos nombres, todos con el mismo derecho a desenvolvernos en ambientes sanos, seguros, libres de violencia”. La ley del silencio frente a la violencia sexual solo enraíza la impunidad.