Farith Simon

¿Violencia merecida?

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Domingo 19 de mayo 2019

Dos hechos puntuales de violencia ocurridos la semana pasada, con unos pocos días de diferencia, dan cuenta de la forma en que unos mínimos de civilidad parecen haber desaparecido en el país. Las víctimas de esas agresiones no podrían ser más diferentes en su historia, en sus valores, en su forma de entender el mundo, en sus contribuciones al país, en su inteligencia y honestidad.

El uno fue partícipe de un gobierno que usó como arma política la mentira y la ofensa contra de los disidentes, que convirtió a los opositores en enemigos, adversarios a los que se debía destruir en todas las formas posibles. Fue responsable de organizar y ejecutar campañas de destrucción moral del otro, creó y mantuvo una aceitada maquinaria de desprestigio público, de descalificación, instalando “verdades” oficiales que convertían a los opositores en objetos del odio, en enemigos del orden, de la paz, de la regularidad. Alguien que no dudó en poner al servicio de un proyecto autoritario su conocimiento, que defendió la idea de infalibilidad del poder, de la majestad de la autoridad, que usó los recursos públicos para legitimar la intolerancia, perseguir, acusar.

Cómplice privilegiado del establecimiento de un contexto de polarización que tornó en imposible cualquier diálogo democrático, creador del “Estado de propaganda” que naturalizó el irrespeto a las diferencias, a las críticas y a los críticos. Ahora agredido por alguien que le acusa de enriquecerse de forma indebida, indignado por la impunidad que le rodea.

El otro, un caballero, un hombre bueno y justo, dispuesto a dejar de lado su tranquilidad personal y familiar para hacer lo que estimaba correcto. Un ejemplo de corrección ética, de compromiso, de honestidad. Alguien de quien aprender, alguien a quien admirar. Sin duda cometió muchos errores en su vida –como todo ser humano-, sin duda se equivocó más de una vez en estos últimos meses, pero nada podrá manchar su trayectoria académica, personal y política. La historia lo recordará como un demócrata que deja un legado, un ejemplo a seguir. El Dr. Julio César Trujillo Vásquez merece ser recordado y honrado; el otro, Vinicio Alvarado merece el olvido.

Quienes se alegraron de la enfermedad del Dr. Trujillo y festejaron entusiasmados los insultos que injustamente le profirieron unos pocos desubicados, días después se quejaban amargamente por la agresión física y verbal que sufrió Alvarado.

Los que pocos días antes se indignaron por los insultos recibidos por el Dr. Trujillo, y se dolían por la falta de humanidad de quienes se alegraban por su enfermedad, ahora festejan la humillación a Alvarado.

Unos y otros son el mejor ejemplo de lo que el país debe dejar atrás, eso es lo que sembró Alvarado y el gobierno al que sirvió y no es el camino que el país merece transitar.

Aprendamos del ejemplo del Dr. Trujillo, de su espíritu democrático, de su honestidad y su disposición al diálogo, ese es el país que nos merecemos.