Pablo Cuvi

El video vergonzoso

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Lo que más atrae y conmueve del espectáculo del poder no es el ascenso del héroe, sino su derrumbe y humillación. Eso es lo que espera el público con algo de morbosidad: que el poderoso, a quien admira y envidia pero en el fondo detesta, muerda también el polvo de la derrota, para usar el lugar común. Y para que las cosas vuelvan a su sitio. Allí radica una clave de la tragedia: en que caigan de lo alto. Lo sabía Sófocles, con su Edipo Rey descubriendo la terrible verdad. Lo sabía Shakespeare, con su Hamlet, hijo del rey asesinado; con Macbeth y Lady Macbeth, la ambiciosa pareja que inspiró “House of Cards”; con el deforme Ricardo III que en la batalla final cambiaba su reino por un caballo. Lo sabe Hollywood, que lleva 70 años filmando películas sobre Hitler y la caída del nazismo.

Y, guardando todas las distancias, lo sabemos los ecuatorianos, que llevamos más de un año hablando y escribiendo todos los días sobre Rafael Correa y su corte de ladrones y embaucadores pues, Mundial aparte, no hay otro espectáculo que desate más pasiones, ni otra serie de televisión que permita ver, en vivo y en directo, cómo el joven mesías de ojos verdes se ha ido convirtiendo en ese personaje hinchado por el Skype y el rencor, con la calvicie que avanza y esa mueca que le desfigura el rostro cuando se burla de la Justicia ecuatoriana.

Decía el presidente Moreno que el pueblo puede perdonar el error pero no la mentira. Se equivoca: ese conjunto heterogéneo que llamamos pueblo perdona las mentiras (caso contrario ningún político quedaría vivo) y hasta la corrupción; lo que no perdona ni olvida es la soberbia de los poderosos. De allí el sentimiento de justicia y revancha que embarga a los de a pie cuando estos caudillos altaneros y abusivos se derrumban en el fango, como estaba previsto en el guión.

Porque, al igual que en la vida, en toda película hay una escena esperada, aquella que el público sabe que ocurrirá: el encuentro furtivo de los amantes; o del detective con la prueba que anda buscando; o del chulla y el bandido en la calle polvorienta de un pueblo del Far West. En la serie policial sobre el correísmo, todos sabíamos que tarde o temprano alguno de los miles de ofendidos y perseguidos por el caudillo se lo iba a topar solo en la calle. Pues ya sucedió y hay un vergonzoso video de ese encuentro. Vergonzoso por partida doble pues un periodista serio no insulta ni desafía a quien investiga, por muchas cuentas que tenga pendientes. Pero el video muestra también a un Correa amilanado, llamando a sus guardaespaldas para caerle en guango al ‘soplapitos’.

Luego, fiel a su estilo, pone una denuncia que distorsionaría los hechos al acusar a Cueva de terrorismo criminal y de haberlos golpeado a él y sus gorilas rubios. El lojano sostiene que fue al revés y su versión se respalda en el informe médico y el sentido común. En cualquier caso, Correa está cosechando lo que sembró: odio y persecución.