Vicente Albornoz Guarderas

Matar las sonrisas

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Domingo 04 de agosto 2019

El mundo no se limita a lo racional y los seres humanos no somos tan racionales como creemos. Muchas de las sonrisas de este mundo se explican por cosas difícilmente sistematizables, organizables o abstraíbles y más bien vienen de lo subconsciente, de lo inconsciente o de alguno de esos mundos que sólo los psicólogos más arriesgados se atreven a nombrar.

Pero las sonrisas son lo que hace la vida más agradable, lo que reafirma nuestras lealtades, lo que le da calor a la vida. Pero hoy parece que vivimos en un mundo que quiere matar todas las sonrisas, quiere destruir lo divertido y quiere pasarlo todo por un filtro de “corrección política”.

Una sociedad que quiere homogenizar, limpiar y racionalizar todo lo que esté a su alcance, impidiendo que existan muchas cosas por el sólo hecho de ser divertidas, por el sólo hecho de generar sonrisas, cosas que puedan tener un lado criticable, pero que hacen feliz a mucha gente, les alegra el corazón y les hace sentirse parte de la comunidad de todos aquellos con los que comparten sonrisas.

En general, “las fiestas” son de esas cosas que la gente hace para ser feliz y para muchos hasta nos puede ser difícil entender cómo se gasta tantos recursos en fiestas, pero la explicación está en que eso sube los ánimos, fortalece vínculos y... saca alguna sonrisa cada vez que se lo recuerda.

Y las Fiestas de Quito no eran otra cosa que eso: una ocasión para divertirse, reír, recordar lo linda que es la ciudad, sentirse parte de una comunidad y sí, tomarse más de un trago.

Pero al final, con la billetera medio vacía y con algún chuchaqui encima, todo podíamos sentir que éramos parte de la comunidad que tiene la dicha de vivir en un sitio tan lindo (aunque hoy, tan desatendido).

No hay nada racional en cantar “lindo Quito de mi vida” con voz destemplada y es imposible encontrar la lógica de repetir cuatro veces “y la guaragua” mientras se ve una corrida de toros. Pero todo eso era parte de un rito, una ceremonia en la que los que participábamos volvíamos a enamorarnos de Quito, volvíamos a recordar que existe la Loma Grande y que no había “mujeres en el mundo” como las de nuestra ciudad.

Elegir una Reina de Quito tampoco es algo que tenga un enorme sustento argumentativo, a no ser que se considere que estábamos eligiendo un símbolo que generaba cohesión en una ciudad que necesita más unión y solidaridad.

Pero resulta que muchas de esas prácticas han sido políticamente incorrectas y ahora están condenadas a morir porque no caben en el “marco lógico” de alguna visión específica.

Así, vamos a tener una ciudad racional, homogenizada y aburrida y las Fiestas de Quito serán un ocasión para salir de la ciudad.
Tan, tan.