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Viernes 07 de septiembre 2018

El viajero nunca encuentra fronteras.
El recuerdo es la sombra de la experiencia, que dura y se prolonga hasta que aparece el olvido. Escribo para recordar. Soy un viajero.
Sólo hay un viaje que no enriquece la experiencia.

Antes de la primera revolución industrial, no había turistas. Lo más parecido eran los peregrinos. Tenían sólo una meta, un objetivo. Les interesaba llegar.

Todo cuanto veían en su camino era ajeno. El viajero ha existido siempre. Está asociado a la vida, al sendero, está sometido al riesgo, a la incertidumbre. Como dice Machado, “hace camino al andar”.

El turista es un coleccionista de fotos e imágenes. Ahora le gusta ver la vida a través de la pantalla.

El turista y el viajero tienen intereses distintos. Aquel va a buscar, el otro a encontrar.

Al turista le importa el dinero, el tiempo; tiene un interés difuso aunque sea concreto. Le es imprescindible la guía y la información; no el conocimiento.

Más la experiencia del placer que la reflexión y la intensidad de la emoción. El viajero es todo lo contrario.

Cuando encuentra, admira, observa, se sorprende, se emociona, extrae y formula preguntas; después, intenta responderlas porque sabe que todo tiene explicación dentro de un contexto que es indispensable ponerlo en evidencia. Disfruta.

Con frecuencia la realidad se esconde detrás de las formas o se camufla para no ser descubierta, desnudada.

Así es como se presenta la realidad institucional de conveniencia, cargada de datos, de fechas, de protagonistas, despojada de su contexto o con una endémica referencia a la sociedad constructora de esa realidad. Conviene desvelarla.

El viajero escoge la dirección hacia donde ir pero, prefiere la línea curva para transitar y para llegar.

No le importa perderse. Arriesga. Considera la puntualidad una convención social inútil para viajar. Por eso obvia los aviones. Prefiere los autobuses de transporte público. Adopta una forma distinta a la cotidiana para utilizar el tiempo.

Le gusta conocer gente, charlar sobre sus costumbres, sus tradiciones, sus experiencias, sus formas de vida. Degustar y conocer sus recetas.

Por lo general lo consigue en hoteles con el número indispensable de estrellas, en clubes no exclusivos, en tradicionales lugares para comer, en la calle que es de todos, que no excluye.

Sólo entonces identifica las diferencias que caracterizan al ser humano: uno y a la vez diferente según la experiencia de existir y ser.
Del viaje quedan las huellas. Sólo es posible recordarlas.