Rodrigo Borja

Verborragia

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Domingo 27 de octubre 2019

Es la verbosidad excesiva, incontenible, inútil, indiscreta e insustancial que sufren algunas personas. Vicio que no es ajeno a ciertos políticos tropicales, habituados a manejar el arte de expresar el menor número de ideas con el mayor número de palabras.


Y es que incluso algunos de ellos hablan tan rápido, que sus ideas se atrasan con respecto a sus palabras, de modo que primero hablan y después piensan. Su desbordante verborrea los lleva a disparatar con mucha frecuencia y a enredarse en lugares comunes, juicios insustanciales y afirmaciones sin sustento.

Por cierto, la verborragia, la verborrea, la charladuría, la estridencia verbal, la garrulería, la cháchara y la locuacidad incontenible son diferentes de la elocuencia y la facundia, que son atributos complementarios de un buen político para comunicar sus ideas y transmitir sus sentimientos.

En el ámbito de la política, Aristóteles definió al demagogo como el “adulador del pueblo”, en cuyo cerebro el interés general se suplanta por su interés personal. Y entonces la democracia degenera en demagogia. Esos eran los tiempos en que los oscuros agitadores griegos -como Cleón e Hipérbolo- causaban grandes alborotos en las asambleas públicas arremolinadas en el ágora -que era el centro de la vida política y cultural de Atenas-, donde ellos pretendían echar sombras sobre la integridad moral del gran Pericles, gobernante de Grecia y constructor del Partenón de Atenas, que es una de las “siete maravillas del mundo”.

En la Atenas democrática hubo dos oscuros demagogos: Cleón e Hipéfbolo. En las asambleas públicas Hipérbolo adulaba al “demos” y pretendía seducirlo para sus propósitos. Era exaltado, violento, disociador, inescrupuloso, irresponsable y cínico. Y además bufonesco, porque todo demagogo tiene algo o mucho de bufón.

Más tarde, demagogia significó un estilo engañoso e irresponsable de hacer política, que promete a los pueblos el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina. Aplícase la palabra especialmente a la retórica política. Discurso demagógico es el que ofrece lo que no podrá cumplirse, halaga las pasiones de la multitud y juega con sus anhelos.

Y con eso genera en los pueblos la “inflación” de la virtud teologal de la esperanza.

Llámase demagogo, por consiguiente, al político que con zalamerías y afectación adula a la masa y le dice sólo lo que ella quiere escuchar. Por lo general es diestro en las artes menores de la oratoria patriotera y hueca. Pero es siempre un conductor conducido porque está sometido a la voluntad y querencias de la masa.

La demagogia cobró gran impulso en el siglo XX con la masificación de las sociedades y el ascenso de las multitudes al escenario de la historia.