Diego Cevallos Rojas

Veneno taquillero

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Viernes 13 de noviembre 2020

Es justo, necesario y responsable denunciar, exponer y unirse para cerrar el paso a actores políticos de pocas luces, mentirosos, autoritarios y adversos a la democracia. En un mundo dividido por odios y verdades alternas, es lo mínimo que debemos hacer.

La derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. es un alivio para ese país y el mundo, es un triunfo de la decencia. Desanima que su veneno sea apreciado por 70 millones de personas en su país y millones en otras latitudes. Está claro que los antivalores de Trump, como los de otros populistas, son taquilleros.

La democracia, el sistema de pesos, contrapesos e instituciones que ponen límites al poder y conducen la deliberación social, es hoy atacada desde múltiples frentes -el modelo económico es otra cosa—, pero con estos personajes tóxicos todo empeora.

Confrontar a Trump, Bolsonaro, López Obrador, Maduro, Erdogan o Putin, actores del presente, o a Correa, Chávez o Castro, los del pasado, es una responsabilidad frente a la democracia, las libertades y la verdad.

Se trata de un tema civilizatorio. Estos personajes son veneno por su arrogancia, por presentarse con una presunta superioridad moral y mentir a nombre de la lucha social, combate a la pobreza, injusticia o “hacer otra vez grande a América”.
Podemos y debemos entendernos desde posiciones e ideologías diferentes, de eso se trata la democracia, pero es complicado acercarnos desde mentiras, desprecio por las instituciones y autoritarismo.

Me alineo con lo dicho alguna vez por el senador estadounidense, Daniel Moynhan, a un adversario: “Señor, puede usted tener su propia opinión, pero no puede tener sus propios hechos”.
Tener interpretaciones diversas de la realidad es algo deseable y necesario. Los hechos son sagrados, las opiniones libres, reza una vieja frase.
Cuando un dirigente social o político no acepta un hecho factual, entenderse se pone cuesta arriba. Hiere a la democracia el bombardeo que lanzan creyentes y seguidores de líderes populistas, en cuyo ADN coindice el desprecio por la ciencia, el periodismo libre, el medio ambiente, la diversidad y los límites que impone la democracia.

No es coincidencia que López Obrador, Bolsonaro, Putin y Erdogan, hayan sido de los pocos líderes en negarse a reconocer rápidamente la derrota de Trump y felicitar al electo Joe Biden.
Tras una columna anterior publicada en este espacio, en la que expuse la urgencia de cerrar el paso a quienes envenenan la convivencia democrática, entre ellos, los líderes arriba mencionados, recibí críticas por caer, según me señalaron, en una supuesta intolerancia.
Agradezco ese punto de vista, pero reitero: urge derrotar a estos políticos, cuyas afirmaciones no coinciden con la realidad, no pasan el ácido de la crítica y, además, claramente, les incomoda la democracia. Con sus continuos cambios e imperfecciones, la democracia sigue siendo el mejor sistema.