Federico Chiriboga

¿Vendrá la inversión?

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Viernes 30 de agosto 2019

El Gobierno se ha empeñado en dictar medidas para atraer la inversión extranjera y con ella dar un impulso a la economía. Sin embargo, parece un error planificar desde ilusiones.

En efecto, el inversionista no trae sus dineros porque se han bajado unos puntos en el impuesto a la renta. Casi todos vienen de países con un régimen de impuesto global, por manera que tributan sobre todos los ingresos que provienen de fuera de domicilio de la empresa.

De otra parte, es utópico pensar que tendremos inversión extranjera cuando la nacional brilla por su ausencia. La inversión nacional es el termómetro para la extranjera, en la medida en que le trasmite confianza. Por tanto, la palabra clave es confianza, que no requiere de leyes proteccionistas ni de contratos privilegiados. Y la confianza se genera cuando el país en su conjunto funciona.

Si damos una mirada a la situación por la que viene atravesando el Ecuador, la conclusión es que no están presentes los elementos que generan la confianza. No puede darse si no se respetan los contratos. Si los jueces no son imparciales e independientes cuando el Estado es parte.

Si la Contraloría se ha convertido en un estado dentro del Estado, que mete mano en todos los contratos administrativos y concesiones, interpretándolos y abusando de sus descomunales potestades. Si el Tribunal Fiscal y la Corte Nacional siguen siendo subsidiarias del Servicio de Rentas Internas. Si el régimen laboral es el mismo de hace noventa años, con sindicatos que solamente tienen una visión salarial, sin voluntad de ajustarse a la realidad para su propio beneficio.

En síntesis, no vivimos la seguridad jurídica. Es penoso constatar que los viajeros extranjeros que nos visitaron el XVII y el XVIII coinciden que es un país en el que no se respeta la palabra ni los contratos y que campea la corrupción. Y lo triste es que la herencia colonial no ha cambiado. El problema no es solo institucional sino cultural. La sociedad acepta la corrupción y la trampa como medio para sacar provecho personal.

Y falta algo más: estabilidad política. Estamos cumpliendo cuarenta años de democracia y la experiencia no es alentadora. Desaparecieron los partidos, escuela de pensamiento político y de formación de líderes. Sin partidos no funciona la democracia, porque son los medios para la participación de los ciudadanos. Encarnan principios diferenciados que orientan la opinión pública y la labor legislativa y, sobre todo, porque cierran el espacio al populismo. Los movimientos políticos con los que contamos giran en torno a la figura y pensamiento del caudillo, y carecen de un sistema de valores compartidos.

Confiemos que el Gobierno abandone el lento gradualismo y la indecisión y construya las bases del cambio.

fchiriboga@elcomercio.org