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Vargas Llosa y las dictaduras

Recientemente, el gran escritor Mario Vargas Llosa dijo que uno de los propósitos de sus novelas ha sido “mostrar cómo cierto tipo de política, como la de un régimen dictatorial, se infiltra en las vidas de las personas y las invade, las deteriora, las corrompe y puede llegar a destruirlas completamente”. Y añadió: “Creo que esa es la tragedia de América Latina. Las dictaduras son las que la han convertido en un continente muy atrasado, que ha estado perdiendo oportunidades con respecto al resto del mundo”.

La Academia Sueca atribuyó el premio Nobel a Vargas Llosa por haber defendido en todas sus obras la dignidad y la libertad, atributos esenciales del individuo. Este criterio se ve reflejado en la advertencia del escritor en cuanto a las perversidades de las dictaduras que, irrespetando a la persona, buscan doblegarla y someterla a una disciplina que solo reconoce valores en el movimiento o el partido, para exaltar al Estado.

El ejercicio del poder corrompe y va cambiando la contextura ética del espíritu con ideas que identifican lo bueno con aquello que favorece el éxito del “programa” o del “proyecto”. Lo que, en un principio, puede ser una honesta defensa de ciertas ideas, poco a poco va deteriorándose ante la necesidad de ser “leal”, frente a mayores y más frecuentes abusos. De tal manera, casi insensiblemente, los defensores del poder se ven progresivamente comprometidos y terminan radicalizándose hasta convertirse en cómplices de todas las posibles arbitrariedades.

Basta reflexionar sobre la forma en que los criminales de guerra nazis defendieron, ante el Tribunal de Nuremberg, sus inhumanos excesos, nacidos bajo el manto de la lealtad con el Fuhrer, convertidos luego en los más abyectos ejemplos de inhumanidad y de negación de todos los valores.

Esa historia de corrupción progresiva del alma, que llega a “destruirla completamente”, puede ocurrir y de hecho ocurre -salvando las obvias distancias- en todas las latitudes y todos los tiempos, como dice Vargas Llosa.

Cuando al Fiscal de Nuremberg se le pidió definir la esencia del mal, dijo que era la “falta de empatía”, es decir la incapacidad de sentir lo que sienten los otros, de apreciar lo que aprecian los otros, de considerar que los demás pueden tener una parcela de razón.

La lealtad con el líder no puede ser entendida como la incondicionalidad. La doctrina y la práctica de los tribunales no aceptan ya, ni siquiera en el ámbito militar, la excusa de la “obediencia debida” para justificar conductas que violan elementales derechos humanos.

Por eso, deben sorprendernos y alarmarnos, actitudes autoritarias que no solo pretenden obtener del “subalterno” la adhesión absoluta al líder sino -peor aún- negarle el derecho de pensar y decir, con toda libertad, su propia verdad.