Susana Cordero de Espinosa

“Y vámonos al campo…”

Repito el título de un texto que escribí con la misma pesadumbre hace alrededor de ocho años, en circunstancias parecidas y distintas, porque nuestras vidas, que tan poco tienen de particular y coinciden con las de tantas personas en menudos detalles, anhelos y esperanzas, son, sin embargo, únicas, otras. Lo dijo el poeta, sobre diferencias y similitudes: “¿qué se hizo el rey Don Juan?/ los infantes de Aragón / ¿qué se hicieron? / ¿qué fue de tanto galán / que fue de tanta invención / como traxieron / las justas y los torneos / paramentos, bordaduras / y cimeras / ¿fueron sino devaneos? / ¿qué fueron, sino verduras de las eras?”.

Más allá de estas connotaciones, quienes dejan su huella buena y digna merecen el anhelo que Sancho expresaba acongojado hasta el llanto, a su amo don Quijote: “no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía… […] Levántese desa cama y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado”… Así lo habían hablado, cuando don Quijote, vencido por el Caballero de la Blanca Luna que era, en la realidad, el bachiller Sansón Carrasco, fue penado ‘a que volviese a su lugar y no saliese de él en todo un año en el cual tiempo podría ser curado’…

Y vámonos al campo… cada existencia es la de la otredad, de cuanto nos individualiza, pero queda en el recuerdo propio y en el que, ya más allá de nosotros, nos rebasa. En esta innumerable comunidad de seres humanos del presente, del pasado, de los que asistirán al porvenir, el orgullo está de más, pero quienes dejan su huella merecen oír “y vámonos al campo”…

En su actitud hasta el fin, Juan Valdano nos mostró que mientras tuviera palabra lucharía contra la muerte. Lo vivió, lo vivía. La palabra escrita seriamente, en búsqueda; la palabra que anhela llegar a los demás para mostrar, prevenir, anunciar, contar; dar lecciones de vida y muerte, no, a la manera presuntuosa del que poco sabe, sino en la forma sencilla del que está más allá; la palabra profunda que refleja sentimientos, sufrimientos y gozos de todos, forma de lucha contra cuanto es definitivo en nuestra vida, y solo la muerte lo es: lo demás, siempre puede cambiar. Escribía y escribió en lucha contra la muerte, y ganó la batalla.

La palabra que escribió, la que publicó queda, y también la que no publicó. Los suyos, su esposa, sus hijos, quizá alguno de sus amigos privilegiados irán a sus papeles íntimos, últimos, los leerán y releerán, encontrarán nuevos datos, otras esperanzas, distintos sueños que serán los suyos para siempre –los de él, porque al irse dejó cuanto fue, ese ‘fue’ que es ya un ‘es’, y no podrá cambiar ni anunciar nunca más otras búsquedas, pues todas las que le fue posible atisbar están en sus escritos, en ellos permanecen. A nosotros nos toca ir a buscarlas: Él ganó la batalla.

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