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Tres horas en la Asamblea

Los caminos del Señor son inescrutables. No me pregunten por qué, pero terminé asistiendo a una sesión de la Asamblea Nacional (antes conocida como Congreso a secas), y estando en semejante trance, la revelación me fue concedida: en este país, nadie o casi nadie quiere escuchar. Y es una pena, porque, paradójicamente, aquí todo el mundo tiene algo que decir.

Bueno, aceptemos que formalmente sí nos escuchamos; armamos mesas redondas, foros, conferencias y cocteles de todo tipo, pero no para escuchar sino para ser escuchados. Es que cuando nos toca oír a los demás las cosas se complican.

Ahí están esos asambleístas inquietos y risueños de la Comisión de lo Económico y Tributario, presidida por Paco Velasco que no me dejan mentir. Mientras unos señores se afanaban lo indecible -tratando de condensar en 15 minutos de exposición cosas que llevan varios semestres universitarios entender-, dos asambleístas de la mesa conversaban lo más plácidamente de cualquier cosa ajena al tema que en el salón del ex Senado se trataba en ese momento, porque supongo que el Código de la Producción no genera precisamente risas.

Puede ser por un problema de déficit de atención o por ser importantísimos y no tener obligación de escuchar a nadie, pero el caso es que gente como la vicepresidenta de la Asamblea, Irina Cabezas, no tiene tiempo para disertaciones. Y por eso se levantó campante ni bien empezada la sesión, paseó con garbo su humanidad por el estrado y, ‘voilà’, desapareció.

Tampoco están para escuchar a nadie algunos asesores ministeriales, que muy callados y cejijuntos -como si estuviesen poniendo atención- se ubican detrás de una computadora como si tomasen nota (como si escuchasen), pero en realidad se dedican a ‘chatear’ alegremente, intercambiando caritas felices y corazones, mientras los expositores hablan -presentando cuadros y cifras- al cosmos. Seguro los asesores de los empresarios presentes en dicha sesión estuvieron en las mismas, pero a ellos no les pagamos su salario nosotros.

De los periodistas podemos hablar tranquilamente, porque obviamente no nos están escuchando. El enjambre inicial de jovenzuelos con micrófonos y cámaras que pululaba por la sala, durante los primeros 15 minutos (para tener el pantallazo, unas tomas de paso y/o alguna cita textual), menos de una hora después se desvaneció. ¿Cómo será capaz de transmitir un mensaje tan crucial, alguien que no ha escuchado nada?

En fin, tres horas de realidad nacional que son muy decidoras. Ahí estaban los empresarios oyéndose y hablándose entre ellos mismos, los revolucionarios de corazones ardientes y oídos tapados, los periodistas sordos de tanto correr de un lado a otro’ habitantes, todos ellos, de un país ensordecido a fuerza de haberse dejado de escuchar.

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