Diego Araujo Sánchez

La toxina más destructiva

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Martes 02 de abril 2019

En su columna de El País, Moisés Naím describe seis toxinas que debilitan la democracia: la antipolítica o el rechazo a los políticos, el descrédito de los partidos tradicionales, la normalización de la mentira, la manipulación digital, la intervención extranjera al estilo de la trama rusa en las elecciones estadounidenses y el nacionalismo como bandera de ciertas reivindicaciones… El análisis toma tres muestras bastante distintas, pero con graves consecuencias para los países y el mundo: el Brexit, la administración Trump y el papel de Hugo Chávez y su modelo político en la tragedia venezolana.

Me parece que Naím olvidó la toxina más destructiva: la corrupción. Detrás del rechazo a los políticos y de consignas como “que se vayan todos”; de la anemia de los partidos y su fragmentación; de la manipulación de las redes sociales, la propaganda, el mercadeo político, las mentiras o las medias verdades en boca de caudillos populistas y de las demás toxinas que envenenan las democracias, se hallan los usos del poder y los recursos públicos en beneficio de individuos o grupos privados; y detrás de estos, la quiebra de la ética y la cínica indiferencia ante principios básicos y valores humanos y de convivencia social.

En la semana que pasó, en el país se vio un ejemplo de abyecta manipulación digital: el hackeo de fotos y de correos electrónicos de Lenin Moreno y su familia durante la estadía en Ginebra. Ciertamente, un recurso de repudiable bajeza y violación de la intimidad personal.

Los ataques vinieron precedidos por acusaciones de la existencia de una offshore panameña, la Ina Investment Corp, en la cual vinculan a familiares del actual mandatario. El asunto tuvo en los tuits del ex presidente Correa una de sus cajas más sonoras. Resulta paradójico que promueva esta campaña quien llevó al poder a Moreno primero como su vicepresidente y después lo escogió para sucederle en binomio con un cercano y alto colaborador, Jorge Glas, ahora preso por asociación ilícita en el escándalo de las coimas de Odebrecht. ¿Con qué credibilidad habla de la corrupción de este gobierno cuando en el suyo exhibe ese antecedente y los de otros altos funcionarios presos por corrupción o prófugos y los múltiples otros casos por la misma causa y en cuyo procesamiento se halla en abultada deuda la justicia? Tampoco se debe olvidar que el mandatario aprobó financiar los gastos de la estadía ginebrina de Moreno, en su papel de enviado especial de la ONU para Discapacidades.

Nada exime de la obligación de investigar la denuncia contra el Presidente. Pero ello no debe ser cortina de humo del cúmulo de escándalos en la década correísta. La corrupción, de cualquier lado que provenga, y hasta la sola sospecha de ella generan letales toxinas para la democracia.

daraujo@elcomercio.org