Monseñor Julio Parrilla

Tierra sagrada

Parece que llega el momento de que los pájaros vuelen. Algunos ya traspasaron las rejas de sus ventanas, otros empiezan a agitar sus plumajes a fin de alzar el vuelo. Para todo hay justificación y olvido. El horizonte se va llenando de pájaros de mal agüero que disfrutan de la libertad y entonan su lindo canto a la impunidad.

Decía Emile Zola que “nada es peor que el silencio”. Quizá por ello ahorita todo se airea y se normaliza, fruto de pactos evidentes o encubiertos. Con la oposición hay que llegar a acuerdos que poco significan a fin de dejar la calle limpia de amenazas y de barricadas. Los que están en el poder desean, lógicamente, terminar la legislatura. Y a los aspirantes les interesa llegar cuanto antes a Carondelet, con o sin muerte cruzada.

¿Qué será? Lo de siempre: el triunfo de una democracia vendida antes de ser comprada, una democracia que, gobierne quien gobierne, no cuaja. ¿Qué hacer? Muchos se lo preguntan, mientras respiran el aire purificado de su burbuja, espectadores privilegiados y ajenos al dolor del pueblo. Las élites respiran mientras su plata esté a buen recaudo. Igual que los viejos romanos que seguían tocando la flauta mientras los pueblos germánicos estaban a las puertas de Roma.
Sería fantástico que la solución de nuestros problemas dependiera de los cambios de gobierno y de los administradores de nuestro peculio. Y no menos fantástico sería que el mesías de turno llegara con renovado entusiasmo gritando de nuevo aquello de “Ecuador ya cambió”. Lo más triste es que nuestros males son sistémicos y tercos, amén de tóxicos.

¿Qué hacer? Pues hay que empezar desde lo básico, desde la regeneración ética de la política, desde una clara opción por el valor del sistema democrático, desde una clara división de poderes, desde una eficaz economía social y solidaria y desde la recuperación de principios y valores fundamentales: la dignidad de las personas y de los pueblos y el bien común, tan vapuleados en estos tiempos del “sálvese quien pueda”. Los pájaros salieron de la jaula por la puerta grande. ¡Mal augurio!