Simón Espinosa Cordero

No en la tierra, en mi corazón

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Domingo 07 de octubre 2018

“No enla tierra, en mi corazón / duermes ahora para siempre / pequeño hijo mío, / mi sangre como la savia a la flor / restituye tu hermoso rostro / que resiste al viento de la muerte, / tus ojos de miel profunda, / la leve cicatriz de tu mejilla, / tu sonrisa de potrillo”.

Jacinto Cordero Espinosa vio morir a su hijo de diez años. Juan Pablo se titula la Elegía de treinta y dos estrofas lloradas en su memoria. La primera, transcrita más arriba. Y la última: “Ahora un manto de flores amarillas, / como el polvo del pasado /cubre tu tumba / y apacigua mi corazón”. Y no volvió a escribir nada más en varios años.

El poeta acaba también de morir a los noventa y tres, en Cuenca, su ciudad natal. “Sin embargo fue hermoso vivir / y te canto vida: / el río discurre sin prisa / en la llanura, / el viento en la colina / despliega sus banderas, / pasan las nubes /en el delirante azul / del mediodía, / el sol vertical como una espada, / el mar apacienta en la playa / su rebaño de espumas, / el crepúsculo apaga / sus últimas lámparas / y la noche enciende las estrellas”.

Jacinto Cordero fue nieto paterno del polifacético presidente de la República, Luis Cordero Crespo, y nieto materno de Darío Espinosa, filántropo, a quien el presidente encargado Andrés F. Córdova calificó de “Santo” en sus Memorias.

Primo de Nela Martínez y tío en segundo grado del novelista Eliécer Cárdenas Espinosa. De Luis, heredó el don de la poesía y el quichua; de Darío, el amor a los indígenas y desvalidos, a la lectura y una propiedad en Charcay entre la muralla sur oeste del nudo del Azuay y el río Cañar. La vida de Jacinto Cordero era sencilla: durante la semana, secretario de la Casa de la Cultura y profesor de jurisprudencia en la Universidad de Cuenca; buen caminador cotidiano, coleccionista de antigüedades.

Los fines de semana, feriados y vacaciones, a Charcay a contemplar un paisaje de paraíso perturbado por ráfagas de viento, a conversar con indios y campesinos con los que abandonaba el empaque de caballero serio, casi rígido, pues se encontraba, a gusto, entre los suyos.

Y a montar a caballo, a su caballo alto, Relámpago de nombre. “He visto vuestros hogares de sacrificio / a donde os conducían atados, codo con codo, / piedra con piedra, el corazón golpeado”.

Su poesía se tradujo al alemán, francés, inglés, portugués y se publicó en Buenos Aires y España.

Y adentro, completa, en la Casa de la Cultura de Quito. La Academia de la Lengua te llora Jacinto, roquedal solitario.

“Muerte conozco los senderos/ que conducen a tu silencioso país. / Tus desfiladeros, tus laberintos / tus cordilleras si retorno, / tu noche permanente / tu tiniebla de obsidiana, / tus mareas negras. // Muerte bajo tu tierra profunda / nada germina, / deshaces tenazmente / las ligaduras de los huesos, / su fugaz arquitectura, / porque somos apenas / seres transitorios que el viento/ como una hoja arrastra”.