FAUSTO SEGOVIA BAUS

Teoría de las causas perdidas

En ‘Las metamorfosis’, Ovidio relata el mito griego de Pigmalión, quien fue rey de Chipre y buscó durante mucho tiempo a una mujer con quien casarse, pero con una condición: debía ser perfecta.

Frustrado en su búsqueda, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar la ausencia. Una de ellas -Galatea- era tan bella que Pigmalión se enamoró de la estatua. Y una noche soñó que Galatea cobraba vida. Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que respiraba. Al sentirla, Pigmalión se llenó de un gran gozo mezclado de temor. Al despertar, escuchó una voz que le dijo: ‘mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal’. Y así fue como Galatea se convirtió en humana.

La humanidad siempre ha pensado en utopías: en el cielo y el infierno, el bien y el mal. El cielo como el paraíso o reino de la felicidad eterna, y el infierno como escenario de la perdición y el mal. John Milton, en ‘El paraíso perdido, intentó justificar los caminos de Dios, y J. W. von Goethe, en ‘Fausto’, hizo un pacto con Mefistófeles a cambio de placeres mundanos y conocimientos.

En estas obras y otras de igual cuño subyacen la idea de las causas perdidas o causas ganadas, lo cual me hace especular que somos traficantes de sueños. Y no me refiero -necesariamente- a los literatos, pintores, escultores e intelectuales, sino a la gente del estado llano. Todos, sin excepción, somos Pigmalión: unos han alcanzado sus sueños, y otros, al menos, lo han intentado.

La búsqueda de la verdad y del sentido de la vida son importantes, aunque estos ideales -tan nobles y elevados como la paz y la justicia- sean quiméricos; pero es posible trabajar en nuestro entorno inmediato: la familia, el trabajo, la comunidad. Por eso, más allá de las disquisiciones filosóficas, pienso que no hay causas perdidas cuando existe amor y pasión, sacrificio, entrega y perseverancia. Y es posible recuperarse como personas y como país. ¡Por qué no!