Fernando Tinajero

La tarea más urgente

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Jueves 25 de octubre 2018

Mi memoria, que ya es larga, no registra una situación como la que estamos viviendo en estos meses. Cada día, al despertar, los noticieros nos sorprenden con una avalancha de sangre y menosprecio de todo lo que pueda aproximarse a una norma de convivir civilizado. La crónica roja va ganando más espacio en los periódicos y en los programas informativos de la radio y la televisión, hasta el punto de invadir el contenido de las noticias relativas a la política, la economía y la administración del estado. El propio estado ha empezado a hacer agua, con sus tres funciones clásicas invadidas por la mendacidad, el cinismo y la absoluta desvergüenza.

¿A dónde volver los ojos? En el pasado reciente, cuando atravesábamos momentos de desmoralización y de conflicto, la sociedad solía buscar referentes confiables que le dieran seguridad, y se acogía a la sombra de las Fuerzas Armadas o la Iglesia, únicas instituciones que gozaban de la confianza ciudadana. Ahora, para sorpresa nuestra, descubrimos que hasta las Fuerzas Armadas han sido infiltradas por el execrable negocio de la droga, y la Iglesia por la peor forma de violencia: aquella que se ejerce contra los niños, sus más frágiles e involuntarios seguidores.

Es evidente que la crisis de nuestra sociedad ha alcanzado niveles de extremo peligro. Hay, por supuesto instituciones y funcionarios que se salvan todavía, pero parecería que están batallando en retirada, y hemos empezado a sentir exactamente lo mismo que deben sentir los pasajeros de un buque amenazado de hundimiento. Si no somos capaces de reaccionar con urgencia, la descomposición que estamos padeciendo acabará por llevarnos, más pronto que tarde, a la destrucción total.

Nadie sabe, sin embargo, cómo debemos reaccionar. Unos predican la revolución de las conciencias, pero nadie ha definido a ciencia cierta en qué consistiría; otros proponen la abolición de ciertas normas restrictivas para eliminar el infame comercio de la droga, tenido como la fuente de toda corrupción y de toda violencia, pero su propuesta parecería una invitación a instalarnos en el borde del abismo. Para los más severos, la solución requiere la instalación de un gobierno de mano dura y amplias facultades, acompañado por un régimen legal sin resquicios: ocurre que no han entendido las lecciones del pasado inmediato que aún no ha desaparecido por completo. Para los más abiertos, la solución no será posible mientras no haya un verdadero imperio de la democracia liberal.

Ortega decía que, en materia de ideas, la línea recta es el camino más corto hacia el error. Por eso evito las soluciones precipitadas y las respuestas que se adelantan a la pregunta. Definir lo que debemos preguntar (o plantear el problema en lugar de limitarnos a describirlo) es la tarea más compleja: tratemos de ejecutarla sin desperdiciar el tiempo en acusarnos los unos a los otros.

ftinajero@elcomercio.org